El olvido de Babel
Marcos Vieytes
 
No existe un atajo que conduzca a la verdad.
El devenir de la religión, pag. 41
 

Si un hombre busca su salvación personal está perdido de antemano. Si concibe a la verdad como un conjunto de afirmaciones mnemotécnicas, dogmáticas y de una vez por todas asimilables, su búsqueda será, desde el vamos, improcedente. Fracasará el mecánico que en la diestra manipulación de las herramientas crea encontrar el motor de su vida; el poeta que le rinda culto a las palabras que lo reflejen; el propietario de una de esas casitas del barrio alto que espere hallarse a sí mismo por el sólo hecho de acudir a su terapeuta cada semana, y el feligrés que deposite su fe en la epidermis de las ceremonias.

Será así para todos aquellos, nos dice Whitehead, que carezcan de la virtud fundamental del verdadero espíritu religioso. La creencia religiosa es una fuerza que purifica interiormente. Por eso la virtud religiosa primordial es una profunda sinceridad. (Tomaría demasiado tiempo discutir aquí aquello que supo decir Aníbal Troilo de que es mejor ser veraz que ser sincero.) La fe, entonces, sería un bien adquirido casi a medias por la gracia católica y la voluntad individual protestante, pero en casi todos los casos prescindente de la institución.

Contrario a la impresión que pueda causar esto que escribo –y cómo lo escribo- el libro es ameno y jamás admonitorio. No nos olvidemos de que lo escribió un filósofo que, además de físico, matemático e inglés –lo que, literaria y sólo literariamente hablando, no deja de ser una virtud- fue amigo personal y compañero de investigación de Bertrand Russell.

Luego de leerlo persiste en nosotros la sensación de que el autor se refiere a la religión menos como a una entidad histórica que como a un atributo del ser. Los entusiasmos colectivos, las iglesias, los ritos, las biblias, los códigos morales, serían los ornamentos de la religión, sus formas pasajeras. Podrán ser útiles o nocivas, estar impuestas por autoridad o constituir meros expedientes provisorios. Pero el fin de la religión está más allá de todo eso.

El desprestigio terminal de la cristiandad, la cínica descalificación de Oriente y sus creencias por 'bárbaras' y 'terroristas', y la afirmación cada vez más acentuada de Occidente sobre los pies de barro de sus idolatrías laicas, hacen pensar que la existencia misma de las instituciones religiosas pende de un hilo en ambos hemisferios.

De los cuatro capítulos que componen el libro, el primero, el segundo y el cuarto son consistentes, accesibles y hasta brillantes. Enumero sus títulos: La religión en la historia, La religión y el dogma y La verdad y la crítica.

Finalmente, transcribo algunos fragmentos singulares:

El carácter común de todos los males es que su realización efectiva implica la concurrencia de un propósito que tiende a su eliminación.

Toda experiencia estética es lo sensible que surge de la realización del contraste en el seno de la identidad.

y uno más, tan actual como no poco malicioso:

La costumbre de leer las conminaciones más exaltadas de los profetas es apropiada para acallar en nosotros la voz del sentido común de la clase media independiente.


El devenir de la religión. Alfred North Whitehead. Edit. Nova, Bs.As., 1961


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