Amor, humor y apostasías similares
Marcos Vieytes
 

Si hay algo que me llama la atención de un diario de viaje es ese movimiento entre el adentro más íntimo que es la materia prima del diario y el afuera público que el viaje impone y que pugna por dejar registro en la escritura. De este conflicto que se establece entre el paisaje exterior a los ojos y el paisaje que está detrás de la mirada parece depender el éxito del género. A Heine le interesa escribir lo que el paisaje le suscita, y este detalle aparentemente menor hace a la modernidad de su diario. En lugar de las frondosas descripciones -tan características de los románticos menos talentosos- o del sumario enumerativo y moroso del escribiente, prefiere seducirnos con la graciosa violencia de sus opiniones, la pericia narrativa aplicada a la relación de las anécdotas –propias o recolectadas durante el trayecto- y el punzante contrapunto de los diálogos que recrea.

La escritura de Heine, como la de los otros grandes prosistas de hace dos siglos, luce toda su elegante irreverencia y el sentido, aunque claro, evita la obviedad. Debido a ello, estos textos son preciosos y cuidados cuadros en vez de instantáneas. No ceden jamás a la peligrosa tentación objetiva con que una cámara seduce al ojo impaciente; más bien, reconstruyen el instante de la mirada y lo estiran como una tela hasta imprimir en el paisaje de la memoria la escritura de los ojos. Bastarán estas líneas suyas a propósito del catolicismo y su influencia en la temperatura del cuerpo para ilustrar lo antedicho:

El crujir de mis zapatos distrajo a algunas bellas devotas, y unos grandes ojos católicos me miraron con una mezcla de curiosidad y de amabilidad, como invitándome a prosternarme también y a dormir la siesta del alma. Verdaderamente, una catedral, con su luz tamizada y su ambiente fresco, es un reposo agradable cuando fuera pica el sol y pesa el calor. No se tiene idea de esto en nuestra protestante Alemania septentrional, donde las iglesias no están tan confortablemente construidas, donde la luz se dispara cruda por unos vidrios racionalistas sin calor, y donde aún los frígidos sermones no bastan a calmar el excesivo calor. Dígase lo que se quiera, el catolicismo es una buena religión de verano.

Alfonso Daudet supo decir que es preferible, entre el sustantivo y el adjetivo, una relación de amantes a una matrimonial. Esa virtud típicamente poética brilla en el párrafo anterior y en el libro todo. La aplicación de un adjetivo filosófico a las ventanas de una iglesia, y de uno sexual a los sermones protestantes no persigue únicamente el escándalo. Son opiniones políticas expresadas con gracia incomparable, pero también una carga explosiva presta a dinamitar las convenciones del lenguaje y, con ellas, la pobreza sináptica propia del dogma y la doctrina. Leyéndolo, se entremezcla el aire fresco de la libertad con la brisa mediterránea, hasta perfumar el viaje metafórico del lector. Para su más intenso goce, recomiendo la lectura de este libro mientras vuelve del trabajo en colectivo, enfermo de tedio, harto de los abusos de su patrón y sudado hasta la médula. Le juro que nada lo hará más feliz que la inteligente complicidad de este hombre.


Cuadros de viaje (Viaje de Munich a Génova – Los baños de Lucca – La ciudad de Lucca), de Enrique Heine. Trad.: M.G.Morente, J. Pérez Bances. Colección Austral, Espasa-Calpe. Bs. As., 1950. 212 págs.


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