El inquebrantable
Marcos Vieytes
 

A Rafael Barrett –me atrevo a decirlo sin suponer por ello que abuso de la hipérbole- no lo conoce nadie. Aseveración que incluye mi ignorancia sólo develada hace apenas unos meses cuando encontré este librito modestamente impreso en la mesa de saldos de un local poco iluminado, profundo y angosto, cuyos ejemplares a la venta suelen acumular una capa de polvo de tono amarillento –debido al uso de tenues bombitas en vez de tubos fluorescentes- sobre las portadas. Con esto quiero decir que es prácticamente imposible hallar una buena edición de este escritor español radicado en Paraguay, que falleció cuando llegaba a París para curarse de su tuberculosis durante los últimos días de 1910, y con apenas 34 años de vida a cuestas.

A excepción de unas palabras laudatorias de Abelardo Castillo sobre su violenta escritura, ninguna otra referencia había llegado a mis oídos antes de comprar este libro irónico, fragmentario y heterogéneo, compuesto mayormente por notas breves publicadas en el diario anarquista Germinal, pero capaz de incluir también un poema, una carta sobre fracciones matemáticas que dirigiera a la Academia de Ciencias francesa, un artículo espléndido sobre las implicancias simbólicas del corsé, unos cuantos epigramas y unos textos de extensión poco mayor que dio en llamar epifonemas, o moralidades benignas.

Cuatro o cinco temas reinciden a través de sus páginas: la explotación de los obreros paraguayos; la connivencia del clero, el poder ejecutivo y los legisladores para que aquella fuera posible –y rentable-; las relaciones entre iglesia y estado; la invasora influencia europea en la cultura y en la política de los países americanos; y el valor relativo de las leyes cuando son manipuladas por una plutocracia. Pero más allá de la pertinencia temática de dichas cuestiones, se impone siempre su escritura de barricada tan elegante como precisa.

Luego de leer estos textos se adivina la presencia de un hombre enérgico pero bondadoso, intransigente con los poderosos pero tolerante, ateo pero cristiano, iracundo pero lleno de afecto hacia sus semejantes. La escritura de los mismos obedece a una poética sencilla de postular, pero difícil de conseguir. Más me convenzo de que la única regla, el único consejo que nos podemos dar unos a otros es el de ver claro y decir clara y brevemente lo que hemos visto.

Al postulado anterior puede objetársele la pretensión –y el riesgo- de darle a una opinión personal el carácter inalterable de una verdad. Pero a dicha objeción puede objetársele, a su vez, su vago –y peligroso- relativismo. Rafael Barrett no hizo más que observar ciertas injusticias fundamentales, investigar cuáles eran sus causas y quiénes los culpables de las mismas, y denunciarlas para acabar con el abuso de unos y la resignación de los otros. Además, lo hizo escribiendo bella y correctamente. No es poca cosa.


Marginalia, de Rafael Barrett. Edic. Germinal. Asunción-Montevideo, 1991, 191 págs.


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