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| Hasta
el último round
Marcos
Vieytes |
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Todavía no he visto Mar Adentro -y admito que no tengo demasiadas ganas de hacerlo-, pero me imagino que lo que Amenabar filma programáticamente -el derecho a decidir sobre nuestra vida y nuestra muerte: el libre albedrío que nos confiere la terrible potestad de escoger el cielo o el infierno- está presente en la de Eastwood con toda la contradicción y el dolor que tal instancia genera. Más aún: con la repentina desubicación que se apodera de nosotros cuando un suceso inesperado exige tomar decisiones que van más allá del bien y del mal según los considera la letra fría del dogma, imponiendo la incertidumbre más absoluta sobre su significado.
Si en las últimas películas que dirigió y protagonizó, su propio cuerpo era foco de la imagen y campo de batalla de la voluntad individual contra los estragos del tiempo, en Million Dollar Baby esa pelea sigue librándose en el cuadrilátero ajado de su rostro, que cada primer plano expone entre sombras y claroscuros. Cohesión puede que sea la palabra que esté buscando para definir el derrotero fílmico de este hombre: la precisión práctica de los encuadres, el tiempo justo de cada secuencia, el tempo musical que las envuelve, la pertinencia de la voz en off -que sólo posteriormente convoca resonancias elegíacas- y el uso exacto de las convenciones genéricas revelan una sabiduría y continuidad estilísticas que se constituyen, con cada película que estrena, como variaciones enriquecidas de un universo que no se agota –a diferencia de lo que viene pasando, por ejemplo, con Woody Allen- en la mera repetición de neurosis domésticas e impostadas.
Esta presencia desteñida de lo religioso es otro argumento en contra de la supuesta arbitrariedad que altera el sereno fluir de la película para transformarla en un drama hecho y derecho. La pregunta por el sentido que Frankie Dunn le hace una y otra vez a la religión y cuya respuesta busca también en esa especie de conexión espiritual con el mundo que es la poesía –lo vemos ir de un lado a otro con un libro de Yeats-, es la misma que formula Maggie con sus puños mientras le pega durante largas horas a la bolsa de entrenamiento. Ambos persiguen un conocimiento –una técnica- que les permita dominar ese azar -el verdadero nombre de dios ante el silencio de Dios- que moldea sus vidas antojadizamente, pero cuando creen conseguirlo una nueva maniobra suya los despista. La hija de Frankie nunca contesta sus cartas y la victoria segura –y algo más con ella- de Maggie se desvanece por culpa de alguien que quiebra esa estabilidad precaria de la ley, o por una serie de casualidades impredecibles.
Sólo de vivir –y morir- con la conciencia de los límites -pero luchando contra el miedo que esa certidumbre impone- habla Million Dollar Baby. Límite que podrá ser el cuerpo del otro –en el ring o en la cama-, el propio –ante la vejez o la enfermedad-, la incertidumbre existencial –ante la ausencia de certezas-, el pasado –y su serie de causas como eslabones tercos de una cadena cuyos efectos padecemos-, la ley, la soledad, etc. En este contexto, no está de más decir que tanto Eastwood como nosotros sabemos que cada película puede ser el último round de la pelea. Y que preferimos seguir peleando hasta perder por knock out a que nos obliguen a tirar la toalla.
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Million dollar baby (EE.UU. – 2004). Dir.: Clint Eastwood. Guión: Paul Haggis, sobre una historia de F.X. Toole. Prod.: Paul Haggis, Albert S. Rudy, Clint Eastwood y Tom Rosenberg. Mús.: Clint Eastwood. Montaje: Joel Cox. Dir. de Arte: Henry Bumstead. Ilum.: Tom Stern. Int.: Clint Eastwood, Hilary Swank, Morgan Freeman. |
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