Hasta el último round
Marcos Vieytes

 

El pasado sábado 5 de febrero a las 11:15 hs. de la mañana fui a ver Million Dollar Baby, dirigida y protagonizada por Clint Eastwood. Me había levantado apenas una hora antes, y no sabría decirles si la película acabó por despabilar el resto de sueño que traía o me acostó definitivamente. ¡Cuánto dolor hecho materia estética, señores, cuánta pena pura propicia para la catarsis! No me cuesta admitir que a mí esposa y a mí más de un lagrimón se nos piantó por la escollera del pómulo, porque todo el cine quedó en una especie de silencio velatorio similar al nuestro. Se darán cuenta, entonces, que no puedo analizar fríamente ni siquiera un fotograma de la película, salvo decir que logra lo que se propone con la honestidad brutal que caracteriza al director de Malpaso que, según algunos cuantos apresurados, había dado más que un paso atrás con Mystic River (Río Místico).

Pero ahora ni siquiera el cambio de rumbo al que nos somete un poco más allá de la mitad de la película es reprochable. Porque ya la descascarada precariedad de las locaciones y las sombras que desde un principio cierne su iluminador sobre los cuerpos contrastan con las apetencias victoriosas de la protagonista. En la Norteamérica trasnochada y solitaria de un par de exteriores urbanos, y especialmente cuando Morgan Freeman corre la cortina de su tapera para mostrársela a la cámara, se impone una tristeza sin atenuantes que funciona –aunque entonces no lo sepamos- como presunción de la derrota última. Hija del azar con el que vivimos cotidianamente, y al que un boxeador desafía en cada pelea, terminará por irrumpir con la lógica irreprochable de la fatalidad.

Todavía no he visto Mar Adentro -y admito que no tengo demasiadas ganas de hacerlo-, pero me imagino que lo que Amenabar filma programáticamente -el derecho a decidir sobre nuestra vida y nuestra muerte: el libre albedrío que nos confiere la terrible potestad de escoger el cielo o el infierno- está presente en la de Eastwood con toda la contradicción y el dolor que tal instancia genera. Más aún: con la repentina desubicación que se apodera de nosotros cuando un suceso inesperado exige tomar decisiones que van más allá del bien y del mal según los considera la letra fría del dogma, imponiendo la incertidumbre más absoluta sobre su significado.

Por más que lo intente, no puedo noquear el recuerdo de ese personaje gallardamente parado en la ventana del hospital, erguido y dándole la espalda a la mujer cuyo destino –glorioso y trágico- contribuyó a dar forma y que ahora está de nuevo en sus manos, o llorando ante el sacerdote en una secuencia sin un gramo -ni veintiuno- sentimental de más. Expresiva sólo como en aquella ocasión de Los Puentes de Madison en que, sentado en la cocina de la casa de Francesca, sonríe con todas las arrugas de un sexagenario todavía capaz de enamorarse.

Si en las últimas películas que dirigió y protagonizó, su propio cuerpo era foco de la imagen y campo de batalla de la voluntad individual contra los estragos del tiempo, en Million Dollar Baby esa pelea sigue librándose en el cuadrilátero ajado de su rostro, que cada primer plano expone entre sombras y claroscuros. Cohesión puede que sea la palabra que esté buscando para definir el derrotero fílmico de este hombre: la precisión práctica de los encuadres, el tiempo justo de cada secuencia, el tempo musical que las envuelve, la pertinencia de la voz en off -que sólo posteriormente convoca resonancias elegíacas- y el uso exacto de las convenciones genéricas revelan una sabiduría y continuidad estilísticas que se constituyen, con cada película que estrena, como variaciones enriquecidas de un universo que no se agota –a diferencia de lo que viene pasando, por ejemplo, con Woody Allen- en la mera repetición de neurosis domésticas e impostadas.

La tragedia que avanza como un tsunami fatal sobre nosotros promediando la película no hace más que instalar en el espectador la pregunta por su sentido. Se sabe que cuando el dolor adquiere las magnitudes de la catástrofe, se hace imperiosamente necesaria la búsqueda de explicaciones. Las respuestas que la religión solía dar son impugnadas aquí por la figura de un sacerdote que no es capaz de hacerse cargo de las demandas espirituales de su feligrés y desahoga su impotencia maldiciendo, a la vez que prohibiéndole la entrada a la iglesia. Entonces, en un primer plano silencioso y elocuente, la sonrisa, más resignada que cínica, de Eastwood es la confirmación de haber llegado a un límite detrás del cual no hay nada que -o nadie a quien- decir, sino la soledad del acto.

Esta presencia desteñida de lo religioso es otro argumento en contra de la supuesta arbitrariedad que altera el sereno fluir de la película para transformarla en un drama hecho y derecho. La pregunta por el sentido que Frankie Dunn le hace una y otra vez a la religión y cuya respuesta busca también en esa especie de conexión espiritual con el mundo que es la poesía –lo vemos ir de un lado a otro con un libro de Yeats-, es la misma que formula Maggie con sus puños mientras le pega durante largas horas a la bolsa de entrenamiento. Ambos persiguen un conocimiento –una técnica- que les permita dominar ese azar -el verdadero nombre de dios ante el silencio de Dios- que moldea sus vidas antojadizamente, pero cuando creen conseguirlo una nueva maniobra suya los despista. La hija de Frankie nunca contesta sus cartas y la victoria segura –y algo más con ella- de Maggie se desvanece por culpa de alguien que quiebra esa estabilidad precaria de la ley, o por una serie de casualidades impredecibles.

Esa fatalidad omnipresente evita que Million Dollar Baby sea una historia más de culpa y redención, un martirologio aleccionador sobre la importancia religiosa del sufrimiento. A diferencia de tantas películas con esa postura, en esta no hay mensaje explícito que justifique el sacrificio ni elementos formales que lo ensalcen: música en mayúsculas, suspenso durante la pasión o luz exacerbada posterior a la ceremonia de muerte. La gratuidad del dolor que padecen y la nula recompensa que reciben no hacen más que enfatizar el sin sentido de todo. Porque si es cierto que Frankie se siente culpable por su pasado, también es cierto que nunca logra redimirse. El plano final es explícito al respecto. Si ese retiro es la paz espiritual, más vale seguir batallando con la culpa de estar vivo y leyendo poemas en gaélico.

Sólo de vivir –y morir- con la conciencia de los límites -pero luchando contra el miedo que esa certidumbre impone- habla Million Dollar Baby. Límite que podrá ser el cuerpo del otro –en el ring o en la cama-, el propio –ante la vejez o la enfermedad-, la incertidumbre existencial –ante la ausencia de certezas-, el pasado –y su serie de causas como eslabones tercos de una cadena cuyos efectos padecemos-, la ley, la soledad, etc. En este contexto, no está de más decir que tanto Eastwood como nosotros sabemos que cada película puede ser el último round de la pelea. Y que preferimos seguir peleando hasta perder por knock out a que nos obliguen a tirar la toalla.


Million dollar baby (EE.UU. – 2004). Dir.: Clint Eastwood. Guión: Paul Haggis, sobre una historia de F.X. Toole. Prod.: Paul Haggis, Albert S. Rudy, Clint Eastwood y Tom Rosenberg. Mús.: Clint Eastwood. Montaje: Joel Cox. Dir. de Arte: Henry Bumstead. Ilum.: Tom Stern. Int.: Clint Eastwood, Hilary Swank, Morgan Freeman.


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