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En
el penúltimo Festival de Cine Independiente de Buenos Aires pude
asistir a una de las funciones de la sección El club de las
películas perdidas, coordinada por el crítico norteamericano
Jonathan Rosenbaum. En cada una de ellas otro crítico internacional
proyectaba una película sorpresa no necesariamente en fílmico
y argumentaba las razones de su elección, además de contextualizarla
dentro de un marco –histórico, formal, temático, emotivo-
que permitiera acceder más fácilmente a ella. Me tocó
ver The dead father -la opera prima que un director canadiense
llamado Guy Maddin filmó en 1986- en el costado derecho de la segunda
fila y sin subtítulos (no está de más decir que mi
inglés brilla por su ausencia, o chilla por su mudez).
La
experiencia fue, sin duda alguna, ardua pero no tanto como para querer
olvidarla. La película era muda, usaba intertítulos y las
imágenes remitían continuamente al cine de las primeras
dos décadas del siglo pasado, aunque la historia fuese un policial
negro ambientado en Canadá, la femme fatale estuviese
a cargo de un salón de belleza y el héroe fuera un jugador
de hockey sobre hielo. Diecisiete años después
de aquella –y entre otras cosas con un documental sobre el peinado
en la Edad Media a cuestas-, es posible constatar en La canción
más triste del mundo la fidelidad estética y temática
de Maddin al universo de su primera película, más la afinación
en el manejo de los materiales que constituyen la materia prima de su
escritura fílmica.
Este melodrama
sobre los amores desencontrados de un padre y sus dos hijos gira alrededor
de otra mujer fatal que, después de abandonar al padre –que
quería casarse con ella- de su amante y ser abandonada por este
último, pierde también las piernas en un accidente automovilístico
y monta un imperio de cerveza en Winnipeg, Canadá, aprovechando
la ley seca para contrabandear alcohol a los Estados Unidos. Como en la
más clásica tragedia griega el destino hará lo suyo,
si es preciso, de la manera más inverosímil y lo anunciará
mediante un oráculo que abre y cierra la película. El concurso
para definir cuál es la canción más triste del mundo,
patrocinado por la compañía cervecera de Lady Port-Huntley
(Isabella Rossellini), servirá para el reencuentro de los involucrados
en una competencia de músicas dolientes estructurada al modo de
un mundial de fútbol o de un partido de hockey.
Como
en muy pocos otros casos, aquí el cine bebe de sus fuentes y en
una matriz de cerveza con forma de piernas da a luz una película
absolutamente original y emotiva, un musical que no hace duelo por el
cine mudo, porque toma de él su extraordinaria capacidad emotiva
para dotar a una historia de amores a contramano y muertes no resueltas
de una alegría tan ligera como la de los copos de nieve que pincelan
la pantalla. Su modernidad, paradójicamente, radica en la recuperación
de los recursos y texturas originales del cine, no con el afán
necrofílico del coleccionista, sino con la ambición creadora
de un Frankenstein desencadenado. Así nos permite repensar la capacidad
onírica y la enorme potencia del cine como creador de universos
autosuficientes aún desde las carencias primitivas de la etapa
muda. Porque la singularidad del método de
Maddin está en la reconstrucción –no en la reproducción
porque el avance de la técnica ya no lo permite- de los efectos
visuales y sonoros que las limitaciones técnicas originales le
imponían a los primeros cineastas de la historia.
Hija fetichista
de las nupcias entre el ojo rasgado por la navaja de Buñuel y el
muñón enamorado de un freak de Browning (dicen
también que el romanticismo de Stroheim anduvo por ahí),
la radical originalidad de La canción más triste
del mundo la distingue y aleja de los normalizadores del buen
gusto, entre otras razones por castigar el cinismo y la voracidad de los
mercaderes y por enaltecer la pasión conyugar del violonchelista
y la ninfómana. No se le puede pedir más, no se le debe
pedir otra cosa. |
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The
saddest music in the world (La canción más triste
del mundo). Canadá. 2003. Dir: Guy Maddin. Guión: Guy Maddin
y George Toles sobre un guión original de Kazuo Ishiguro. Prod:
Niv Fichman. Mus: Jerome Kern. Intérpretes: Mark McKinney, Isabella
Rossellini, Maria de Medeiros, David Fow, Ross McMillan
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