El hombre que está atento y espía
Marcos Vieytes

Las leyes argentinas parecen lucubraciones literarias.
Política británica en el Río de la Plata, pág.12.

Escribir no pasa de ser un gesto las más de las veces invisible y solitario. Que perdure en la memoria de los otros dependerá menos del escribiente que de una serie de azares que casi siempre escapan a su control. Pero ese gesto –esa actitud desplegada en la escritura más íntima y recóndita- es portador de una moral que impugna la ingenua o maliciosa noción de neutralidad esgrimida por los ingenuos, o por los poderosos.

Escribo esto para decir que Política es un libro –además de oculto durante demasiado tiempo- admirable, tanto como el desafío que significó para el autor desentrañar la madeja política que la cabeza británica del imperio bicéfalo había tejido sobre América Latina. Se me hace preciso aclarar rápidamente que este libro es tan importante para un lector uruguayo o argentino como para cualquier otro, pues los mecanismos de dominación financiera que descubre fueron y son aplicados sistemáticamente en todos aquellos países concebidos desde su origen como estados tributarios permanentes.

Scalabrini Ortiz lo estructuró en tres partes: la historia del primer empréstito argentino, que es la historia de la bicicleta financiera ilícita que fue la base y el modelo de la deuda externa; la historia de la creación del Banco Nacional, que es el antecedente del actual Banco Central, organismo encargado de regular la moneda y en consecuencia la marcha de la economía del país, y que desde su mismísima fundación estuviera conformado por conspicuos comerciantes ingleses que moraban en Buenos Aires; y la historia de la creación de la República Oriental del Uruguay, cuña política introducida en el corazón del Virreinato del Río de la Plata para conseguir “la libre navegación de los ríos” por parte de las embarcaciones británicas y evitar la unidad de los países a colonizar financieramente (verdaderos motivos, estos últimos dos, de la guerra librada contra el Paraguay por Brasil, Uruguay y la Argentina).

Entre las sombras del triple relato que se articula a lo largo de las páginas y de los años, se mueve uno de los villanos más complejos y astutos que hayan podido concebir la historia y la literatura de la historia. Porque Scalabrini, en vez de hacer literatura cuando no había que hacerla –nefasta actitud que crítica en el acápite que extraje y encabeza esta nota-, prefirió hacer lo que hoy llamaríamos periodismo de investigación, prefigurando incluso al Rodolfo Walsh de Operación Masacre. Mejor que en cualesquiera de las ficciones rutinarias o pasatistas que juegan a poner en escena el pasado, iluminó la densa figura intelectual de Canning, el gestor del plan de colonización financiera británico, y puso en evidencia a los cómplices nacionales que facilitaron la concreción del mismo.

Para hacerlo, desechó de antemano la retórica de batalla y se abocó a la investigación minuciosa de documentos económicos y diplomáticos. El resultado es un libro de argumentos contundentes sin chicanas ideológicas, y de una pasión por la verdad que estremece a todo aquel que se precie de su honestidad intelectual.

Una anécdota me servirá para ilustrar el valor político de este libro: después de publicado -y a lo largo de las décadas- una importante avenida de Buenos Aires alternó los nombres de Sacalabrini Ortiz y Canning según el gobierno de turno. Ya la equiparación de un ensayista sudamericano con un ministro de la monarquía británica es de por sí llamativa e indica el protagonismo desusado que tuvo el autor –y este libro en particular- en la relación político económica de ambos países.

Pero hay todavía otra relevante asociación simbólica que no conviene pasar por alto. Una avenida es una calle, un camino, un derrotero, y no es lo mismo ir por uno que por otro. No es igual decir voy por Scalabrini Ortiz, que voy por Canning. Aquí no todos los caminos llevan a Roma. Como en la hípica, son apuestas diferentes, distintos modelos de país. La dirigencia americana, en su mayoría, lo empeñó todo sin siquiera conocer el estado de los caballos; peor aún, decidió apostar por un caballo ajeno y afrontar las consecuencias de la derrota con un capital que no le pertenecía. Entonces, que alguien revelara con pelos y señales la maniobra, resultó ser tan inesperado como insoportable.

La renuncia de Scalabrini a gozar del prestigio de la “literatura” –en la que ya ocupaba un lugar destacado con El hombre que está solo y espera, un ensayo lírico notablemente expresivo- para dedicarse a la oscura y ardua tarea de investigar y dar a luz lo que hasta entonces sólo conocían los involucrados directamente en el delito, sumada al fanatismo anti peronista que se apropia del poder en el ´55, condenaron al autor a un ostracismo público que recién en la última década y media se ha trocado en irrefutable reconocimiento.

Que este libro haya sido publicado recientemente por un medio masivo tan engañoso como Clarín me hace pensar que el poder supone que el estado de las cosas es tan inamovible que puede dar por neutralizado el contenido de este ensayo, pero también que en las grietas que nunca dejan de abrirse en el paradigma de la objetividad -que el periodismo nos vende hace más de un siglo y medio- se filtra siempre, luminosa y arisca, buena parte de la verdad.


Política británica en el Río de la Plata, de Raúl Scalabrini Ortiz. Edit. Plus Ultra, Bs.As, 2000, 283 págs.
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