Horror express

Marcos Vieytes

 

Les cuento la película que vi: América (los Estados Unidos de América, se entiende) es un tren que va al país de Santa Claus (la nueva tierra, el nuevo orden mundial, “un mundo sin terrorismo”) a través de múltiples y peligrosas vías (entre ellas la tercera, por supuesto). No importa si tu crees o no crees en Papá Noel, en las vías o en el tren; si eres pobre o integrante de la clase media; inteligente o medio lelo. Importa que te subas a él, te acomodes y te dejes llevar a destino: en el trayecto entenderás (y si no, ya compraste el buzón o, dado el caso, el boleto). Porque por sobre todas las cosas, es imprescindible que no pierdas ni el boleto (visa, billete o cualquier documento que acredite tu legalidad) ni el tiempo (verdadera materia prima capitalista).

Ustedes dirán que la interpretación ideológica de una película es siempre bastarda y estoy en líneas generales de acuerdo con ello, pero si tenemos en cuenta que Zemeckis frecuentó explícitamente la alegoría política en Forrest Gump y que son muchos los puntos de contacto formales entre aquella y The Polar Express (El expreso polar) (el boleto-pluma volante es sólo uno, y de no poca importancia en el falso azar que rige la historia) espero que sepan disculpar la tentación a la que cedí en el párrafo precedente y en la que quizás incurra de nuevo más tarde.

Sucede que el viaje que nos propone la película —hasta el momento en que los chicos ven la aurora boreal y explicitan, cantando, el sermón navideño— tiene todo el vértigo mecánico de la vieja montaña rusa del Italpark —o de la del Parque Rodó— más la delectación nostálgica por un pasado de libro de lecturas. El cuidadoso tratamiento con que se reproducen los objetos —los vagones del tren, la máquina de chocolate, la chaqueta del boletero— emociona y conquista a fuerza de fidelidad a los originales de la memoria emotiva y precisión en el uso dramático. El tren, mientras tanto, rueda vertiginosamente y uno se deja llevar por la aventura de viajar sin saber a dónde.

Los problemas aparecen cuando entran a decirnos una y otra vez que el viaje importa por el lugar a dónde vamos —el país de Santa Claus— y no por el goce de viajar. Y resulta que el tan mentado país de Santa Claus a donde nos llevan —la tierra prometida en la que podremos volver a ser niños otra vez, oculta significativamente detrás de una montaña que llega al cielo (¿una Sión o una Babel contemporánea?)— se parece tanto a una república de la ex URSS dispuesta para un desfile estalinista —o para un cierre de campaña de San Bush— que uno no puede menos que sorprenderse ante tan involuntaria transparencia política (¡parece que se nos vino la glasnost neoliberal!). ¿Entonces era ése el paraíso prometido? ¿Una patria de enanos uniformados que trabajan durante todo el año para producir las mercancías que Papá Noel ha de exportar a los creyentes —en no se sabe bien qué Dios— de todo el mundo?

Para colmo, dos o tres hiatos denuncian por omisión el sentido de la historia. Hay un vagón de primera clase en el que no viaja nadie (¿porque no hay ricos?, ¿porque los ricos son creyentes?), salvo el chico pobre al que demagógicamente le dan el mejor lugar del tren; jamás vemos funcionando la estructura industrial del país de Santa Claus (¿porque ya terminó la producción de regalos o porque la riqueza del imperio es una abstracción financiera que puede prescindir, incluso, de la mano de obra humana?); y el desempleado -hijo de la ya remotísima crisis del treinta- que vive sobre el techo del tren y consume un café detestable suele aparecer y desaparecer sin dejar rastros (¿porque los pobres en realidad no existen, o porque el recuerdo de ellos sólo sirve para exorcizar la culpa intermitente de las buenas conciencias?).

De modo que lo que comienza con todo el encanto de un paseo en locomotora a vapor y continúa impresionándonos casi físicamente con el entretenimiento de una montaña rusa, acaba siendo un viaje en tren fantasma por entre los vestigios de una sociedad que intenta legitimar su aislamiento publicitando su pasado como la Arcadia aséptica y colorida de una ilustración de las Selecciones del Reader´s Digest. Para lo cual, y en vez de limitarse a hechizar a sus espectadores-infantes con la belleza directa —y a todas luces innegable— de la reproducción, opta por aleccionarlos santurronamente —y a turronazo limpio— nombrando a la niña Condoleeza Rice como futuro conductor y guardia del Expreso Imperial.


The Polar Express (El expreso polar). EE.UU, 2004. Director: Robert Zemeckis. Guión: William Broyles Jr. y Robert Zemeckis sobre un libro de Chris van Allsburg. Producción: Gary Goetzman, William Teitler, Steve Starkey, Jack Rapke y Robert Zemeckis. Mus: Alan Silvestri. Intérpretes: Tom Hanks, Leslie Zemeckis.


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