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| Horror express Marcos Vieytes |
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Les cuento
la película que vi: América (los Estados Unidos de América,
se entiende) es un tren que va al país de Santa Claus (la nueva
tierra, el nuevo orden mundial, “un mundo sin terrorismo”)
a través de múltiples y peligrosas vías (entre
ellas la tercera, por supuesto). No importa si tu crees o no crees en
Papá Noel, en las vías o en el tren; si eres pobre o integrante
de la clase media; inteligente o medio lelo. Importa que te subas a
él, te acomodes y te dejes llevar a destino: en el trayecto entenderás
(y si no, ya compraste el buzón o, dado el caso, el boleto).
Porque por sobre todas las cosas, es imprescindible que no pierdas ni
el boleto (visa, billete o cualquier documento que acredite tu legalidad)
ni el tiempo (verdadera materia prima capitalista).
Para colmo, dos o tres hiatos denuncian por omisión el sentido de la historia. Hay un vagón de primera clase en el que no viaja nadie (¿porque no hay ricos?, ¿porque los ricos son creyentes?), salvo el chico pobre al que demagógicamente le dan el mejor lugar del tren; jamás vemos funcionando la estructura industrial del país de Santa Claus (¿porque ya terminó la producción de regalos o porque la riqueza del imperio es una abstracción financiera que puede prescindir, incluso, de la mano de obra humana?); y el desempleado -hijo de la ya remotísima crisis del treinta- que vive sobre el techo del tren y consume un café detestable suele aparecer y desaparecer sin dejar rastros (¿porque los pobres en realidad no existen, o porque el recuerdo de ellos sólo sirve para exorcizar la culpa intermitente de las buenas conciencias?).
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De modo que lo que comienza con todo el encanto de un paseo en locomotora a vapor y continúa impresionándonos casi físicamente con el entretenimiento de una montaña rusa, acaba siendo un viaje en tren fantasma por entre los vestigios de una sociedad que intenta legitimar su aislamiento publicitando su pasado como la Arcadia aséptica y colorida de una ilustración de las Selecciones del Reader´s Digest. Para lo cual, y en vez de limitarse a hechizar a sus espectadores-infantes con la belleza directa —y a todas luces innegable— de la reproducción, opta por aleccionarlos santurronamente —y a turronazo limpio— nombrando a la niña Condoleeza Rice como futuro conductor y guardia del Expreso Imperial.
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The Polar Express (El expreso polar). EE.UU, 2004. Director: Robert Zemeckis. Guión: William Broyles Jr. y Robert Zemeckis sobre un libro de Chris van Allsburg. Producción: Gary Goetzman, William Teitler, Steve Starkey, Jack Rapke y Robert Zemeckis. Mus: Alan Silvestri. Intérpretes: Tom Hanks, Leslie Zemeckis. |
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