La invasión de los usurpadores de cuerpos
Manuel Trancón
Casi inmediatamente, la realidad cedió en más de un punto.
Lo cierto es que anhelaba ceder.
Tlön, Uqbar, Orbis Tertius / Jorge Luis Borges
 

¿Somos nosotros mismos? ¿Quiénes somos? Dos mujeres en Praga, la última novela del español Juan José Millás, es un juego de muñecas rusas donde a cada pregunta le corresponde, no una respuesta, sino otra pregunta. Los protagonistas (Luz Acaso, Álvaro Abril, María José y el Periodista) son misterios andantes, enigmas que nunca terminan de develarse, sobre todo ante sí mismos. Cuatro personas que se unen por azar y van tejiendo una serie de relaciones entre sí. Cada uno miente al otro sobre sí mismo al punto que no se puede saber, ni importa, cuánto de lo que dicen es verdad y cuánto no. Se forma un territorio intermedio donde las categorías se entremezclan, creando otro estado, uno donde la pregunta sobre la autenticidad de lo narrado se vuelve secundaria.

Una de las tantas preguntas que deja abiertas el libro es: ¿Quién narra la novela? El narrador parece ser el periodista. Pero el autor -que es y no es Millás- es en verdad cada una de las criaturas que habitan el libro. Construyen un personaje que se va superponiendo con el “real” hasta que ambos se mezclan tanto que es imposible marcar fronteras entre ellos. ¿Qué es más ficticio? ¿El cuento Nadie, escrito supuestamente por el periodista, o el periodista, escrito supuestamente por Millás? ¿Existe Millás? ¿Existo yo, que supuestamente escribo sobre ese supuesto escritor español, o soy una más de las piezas de una novela y me voy conformando en mi irrealidad por contacto con otras irrealidades? Cada personaje, al construir otro personaje dentro suyo, se convierte en su propio escritor y convierte a su vez a quien lo escribió en un eslabón de una cadena de realidades y ficciones imposibles de separar. Un universo en apariencia caótico que mantiene una secreta coherencia. Coherencia detrás de la cual se intuye la presencia de un Dios desconocido. Pero Millás no está interesado en ese Dios, sino en el mecanismo de ficciones infinitas que ese supuesto Dios crea.

¿Por qué al leer Dos mujeres en Praga sentía como si Millás me hubiese estado espiando para escribir ese libro triste y hermoso? ¿Cómo se siente la orfandad de padres que nunca se tuvieron? ¿Y la de hijos que nunca se engendraron? ¿Y la ausencia de mujeres con las que nunca nos cruzamos? ¿Sentirá un ciego de nacimiento nostalgia de esa visión que nunca tuvo? Todos hijos bastardos, todos huérfanos: Millás y sus personajes, que saben cuan grande es la deuda que el mundo tiene con ellos.

Millás -al igual que el cineasta Wong Kar-Wai- construye tramas a partir de detalles que cualquier otro pasaría por alto. Si el director hongkonés logra que sus personajes filosofen con un jabón como si cobrara vida, o masajeen a un cadáver de chancho como si retozara en un spa, Millás puede convertir el rescate de una mosca caída accidentalmente al agua en un acto de piedad hacia los otros y hacia uno mismo.

Dos mujeres en Praga es una novela habitada por usurpadores de cuerpos, body snatchers que, en un momento de sus vidas apacibles y monótonas, descubren una brecha en la realidad aparente y se cuelan por ella: la súbita revelación de que la existencia tiene más opciones que ir a la oficina todos lo días de 9 a 18. Pero esa brecha no es un hecho anormal o mágico exterior, se halla dentro de ellos. Empiezan a moverse en un universo paralelo, donde lo maravilloso se convierte en cotidiano. Millás mueve a sus creaciones en un territorio ambiguo y no se ocupa en diferenciar qué es fruto de la imaginación de cada uno y qué es verdad. Está interesado en la creencia en lo maravilloso, más que en lo maravilloso en sí mismo.

Dos mujeres en Praga enseña muchas cosas. Enseña que existen dos escrituras, la del hijo legítimo y la del hijo bastardo. La escritura que está segura en su posición y asienta datos sin cuestionarlos como la del escribano; y la que narra desde la duda, desde la incertidumbre de no estar cómodo con el papel que le toca. Enseña que se puede escribir desde lo que se conoce o animarse frente al abismo de todo lo que no sabemos. También puede leerse como un manual para escribir lo que Millás llama una novela zurda. Como hace María José, al taparse el ojo derecho con un parche para mirar y escribir desde el lugar menos fácil. Enseña, también, que no sabemos nada de nosotros mismos ni de los que nos rodean. Detrás de cada rostro familiar se esconde un pozo donde moran espíritus.

Saber quién es el padre o el hijo que nunca tuvimos es saber también quién no somos. O como lo dijo el mismo Millás: No estoy seguro de que acabemos sabiendo quiénes somos, pero al menos vamos día a día averiguando a quiénes no nos queremos parecer de ningún modo, lo que constituye un excelente modo de construirse y de colaborar a la construcción del universo.

Dos mujeres en Praga. Una novela que justifica, por no decir reclama, ser transmutada en película. Julio Medem cumple, Emma Suárez dignifica.


Dos mujeres en Praga. Juan José Millás. Espasa. Madrid, 2002.
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