La danzarina de Izu (continuación)
Yasunari Kawabata


Me resultaba incómodo permanecer de pie delante de ella, con toda mi estatura. El joven yacía bajo la misma manta que la mayor de las muchachas. ¡Jamás hubiera soñado que estuvieran casados!
De pronto, la mujer se levantó de su lecho y me dijo:

—Mil perdones. Habíamos convenido en partir hoy, pero como esta noche va a haber una reunión en la que tenemos que actuar, nos vemos obligados a aplazar la marcha un día. De todos modos, si usted prefiere partir hoy, nos encontraremos en Shimoda. Allí nos alojaremos en la hostería de Koshuya, de modo que le será fácil dar con nosotros.

Me pareció que con ello me despedían sin rodeos. Pero el joven añadió cordialmente:

—¿O prefiere esperar con nosotros hasta mañana? Nadie tendrá inconveniente. Todos somos buena gente. Sería muy hermoso poder volver a viajar juntos.
La mujer apoyó entonces sus palabras y dijo con entusiasmo:

-—¡Sí! ¡Eso es! Ya somos buenos amigos y, por lo tanto, debe ser indulgente con nosotros.
Saldremos mañana sin falta, (Aunque lluevan dardos! Además, pasado mañana se cumplirán cuarenta y nueve días de la muerte de mi hijito, que se nos murió durante el viaje. Desearía pasar ese día de luto dedicada a la meditación en Shimoda, y en realidad si nos hemos apresurado tanto durante el viaje es para estar en Shimoda ese día. Perdone que le hable de esto, pero ya que nuestro encuentro me parece cosa del destino, ¿no querría ir a orar con nosotros mañana? Se lo ruego.

Yo me mostré conforme en demorar mi partida y bajé al vestíbulo a esperarles. Cuando estaba charlando con un criado del albergue junto al sucio mostrador, bajó el joven y me invitó a dar un paseo. Nos encaminamos hacia el Sur hasta llegar a un hermoso puente, en cuya barandilla nos apoyamos. Durante unos momentos, contemplamos en silencio el paisaje que nos rodeaba; luego, el hombre empezó a hablarme de sí mismo. Con anterioridad, había pertenecido a la compañía de teatro Shimpa de Tokio, y en la actualidad aún trabaja alguna que otra vez en el teatro del puerto de Oshima. Entonces recordé que del fardo que llevaba a la espalda vi asomar una larga espada, y él me confió que aun durante sus actuaciones como cantante se sentía, sobre todo, actor. En los restantes cestos no había, según él, más que objetos de uso doméstico, vestidos, cacerolas, escudillas para el arroz y cosas así.

—He echado a perder mi vida- Mi hermano mayor, que vive en Koshu, es el que continúa la rama principal de la familia, en tanto que yo… ¡Bah! Yo ya no hago falta —dijo con
amargura.

—¿Ah, sí? Creí que era usted de Baños de Nagaoka.

—Oh, no. La mayor de las muchachas es mi esposa. Es un año más joven que usted. Desgraciadamente, durante este viaje tuvo un parto prematuro y al cabo de una semana el niño expiró. Ella no está aún del todo restablecida. La mujer es su madre y la pequeña bailarina es mi hermana menor.

—¿Y quién es la hermana de catorce años de quien antes me habló?

—Es ella, la bailarina. En un principio, quería que por lo menos mi hermana no se viera obligada a ganarse el sustento, pero por desgracia existen otras razones…

Me dijo también que se llamaba Eikichi, su mujer Chivoto y su hermana. Kaoru. La otra muchacha se llamaba Yuriko, tenía diecisiete años, era de Oshima y viajaba con ellos en calidad de sirvienta. Él se mostraba muy conmovido al contarme estas cosas, y mientras contemplaba el río brillaban las lágrimas en sus ojos.

Luego emprendimos el regreso. En el borde del camino, encontramos a la pequeña bailarina, que ya se había quitado del rostro todo el maquillaje de la víspera y estaba arrodillada acariciando cariñosamente a un perro.

Yo le hablé.

—Ahora vamos a casa. ¿No querría hacerme una visita?

—Pero, ¿sola…?

—Sola no, con su hermano mayor.

—Sí; en seguida iremos —respondió el joven por ella.

Pero, al cabo de un rato, Eikichi se presentó en mi habitación, solo.

—¿Y las muchachas?

—La madre es muy severa con ellas —res pondió él, compungido.

Estuvimos jugando al juego de las cinco fichas durante un rato. De pronto, vi que las tres mujeres cruzaban el puente. Poco después subían a mi habitación. Me saludaron con una profunda y ceremoniosa reverencia y se arrodillaron en el pasillo, sin decidirse a entrar. Fue Chiyoko la primera en levantarse cuando yo les dije:

—Sí, ésta es mi habitación. Por favor, entren. Sin cumplidos.

Charlamos durante más de una hora. Después, las mujeres se dirigieron al baño de mi hostería. Me invitaron a acompañarlas, pero yo rehusé. Me bañaría después, cuando ellas hubieran salido.

La primera en volver a subir a mi habitación fue la pequeña bailarina, quien me traía un recado de Chiyoko:

—Dice mi hermana que puede usted ir al baño.

Pero yo no bajé al baño. Preferí quedarme con ella, jugando al juego de las cinco fichas. La pequeña jugaba con asombrosa habilidad.

Al principio, cada vez que movía las fichas, alargaba el brazo con timidez, pero poco a poco fue olvidándose de mí para concentrarse por completo en el juego, profundamente inclinada sobre el tablero de go. Su precioso cabello negro casi me rozaba el pecho. De pronto, enrojeció.

—Perdone. Tengo que irme.

Tiró las fichas y salió corriendo. A la puerta del baño estaba la madre, mirándonos. Pero antes de que Chiyoko y Yuriko pudieran subir a buscarla, la pequeña ya había desaparecido.

También aquel día Eikichi estuvo en mi hostería, desde la mañana hasta la noche, charlando conmigo. La posadera, mujer amable y virtuosa, me decía continuamente que era una lástima obsequiar a gente de aquella clase, pero yo no me dejaba engañar. Nos habíamos hecho buenos amigos.

Aquella noche, cuando fui al albergue donde se alojaban los músicos, la bailarina estaba aprendiendo a tocar el samisén. Su madre la enseñaba. Al verme, la muchacha se interrumpió, pero, siguiendo una indicación de su madre, y tras una leve vacilación, volvió a coger el instrumento.

Cada vez que levantaba excesivamente la voz, su madre la reprendía:

—No tan alto. ¿Cuántas veces he de decírtelo?

Entretanto, unos clientes del primer piso de la hostería de enfrente habían llamado a Eikichi. Ahora se le oía cantar con voz grave y ronca. Desde donde estábamos, se distinguía claramente su silueta.

—¿Qué está cantando?

—¡Una baladal

—Suena un tanto cómica esa balada —dije a la mujer, sonriendo.

Pero en aquel momento un hombre como de cuarenta años, comerciante en volatería, abrió la puerta corredera y nos dijo que había alquilado la habitación contigua, que estaba preparando un plato de ave y deseaba invitar a las dos muchachas.

La bailarina y Yuriko cogieron sus palillos y entraron en la habitación del vecino. El comerciante en volatería hasta rebañó las cacerolas, relamiéndose. Cuando las muchachas regresaron, el anfitrión dio una palmadita en unhombro a la pequeña bailarina, en señal de despedida. Pero la madre volvió inmediatamente hacia él un rostro encendido por la ira y le gritó:

—¿Qué se ha creído? No se atreva a volver a tocar a la muchacha. Es una niña pura e inocente.

La pequeña bailarina confirmó estas palabras, murmurando con una leve sonrisa:

—¡Sí, si!

Y le pidió que le leyera el Diario de los viajes de Mito-Komon. El hombre se cansó pronto, se levantó y se fue.

Como la niña no se atrevía a rogarme directamente que siguiera yo la lectura, instó a su madre para que me lo pidiera. Yo tomé entonces el libro, con cierto nerviosismo y curiosidad. La pequeña bailarina se acercó a mí, y mientras yo leía su cara llegaba casi a rozar mi hombro. Escuchaba con una total entrega y sus ojos brillaban de emoción y alegría. Me miraba fijamente, olvidándose de sí misma, y durante todo el tiempo ni siquiera pestañeó. Pero, por lo visto, ésta era su forma de escuchar cuando alguien le leía en voz alta. Antes, cuando leía el comerciante en volatería, también acercó su rostro al del hombre. Yo bien lo advertí. Sus grandes ojos negros y brillantes eran lo más hermoso en ella, y su risa era como el abrirse de las flores. Se me ocurrió la expresión de «risa florida» y comprendí que sólo para ella era adecuada.

Al poco rato, vino la criada de la posada de enfrente a buscar a la bailarina para que divirtiera a los clientes. Ella se arregló rápidamente el kimono y me dijo:

—En seguida vuelvo. Por favor, espere un poco y después siga leyendo para mí. Se lo ruego.

Salió al corredor e hizo una profunda reverencia, con los brazos extendidos hacia abajo, mientras decía:

—Hasta pronto.

—Espero que no te pidan que cantes —dijo la mujer con gesto de preocupación, pero la pequeña ya había cogido con presteza su tambor y nos saludaba con una leve inclinación de cabeza
—. Está cambiando la voz —se creyó obligada a explicar la madre.

Desde donde estábamos, la vimos acomodarse sobre la alfombra, en actitud rígida y ceremoniosa, y empezar a tocar el tambor. A cada percusión, mi corazón daba un angustiado vuelco.

—El dulce sonido del tambor anima esa reunión —comenté, por decir algo.

Pero la madre sólo lanzó una rápida ojeada a la sala de enfrente.

Al poco rato, también Chikoyo y Yuriko se encaminaron hacia la posada, y al cabo de una hora los cuatro estaban ya de vuelta.

—¡Esto es todo!

Con expresión iracunda, la pequeña bailarina arrojó un billete de cincuenta yens, que la madre recogió. Pero al poco yo estaba otra vez leyendo las aventuras de Mito-Komon. Después, las mujeres volvieron a hablarme del niño que se les había muerto durante el viaje.
Según me dijeron, la criatura era transparente como el agua y ni para llorar tenía fuerzas. Sin
embargo, resistió una semana entera.

Mi natural cordialidad, que no estaba alimentada por la curiosidad ni encerraba la menor condescendencia y que les hacía olvidar que no eran más que unos pobres músicos ambulantes, había causado en ellos honda impresión, De improviso, quedó decidido que debía instalarme en su casa de la isla de Oshima.

—La casita del abuelo es muy indicada. Es también muy grande. Llevaremos al abuelo a algún otro sitio, de modo que pueda usted estar completamente tranquilo. Quédese todo el tiempo que desee. Allí podrá trabajar a gusto.

Al parecer, habían hablado ya del asunto entre ellos y ahora me lo comunicaban con caras radiantes.

—En Oshima tenemos dos casas. La de la montaña es preciosa, clara y ventilada...

En enero, con mi ayuda, pondrían en escena una obra de teatro en Habuminato.

El continuo viajar no había endurecido sus corazones, como yo esperara en un principio. Ahora podía darme cuenta de que habían conservado su natural lozanía y había en ellos una alegre despreocupación. Advertí también que todos, madre y hermanos, unidos como estaban por los lazos familiares, se encontraban también unidos en su afecto hacia mí. Sólo Yuriko, la criada, me trataba invariablemente con rigurosa reserva. Pero tal vez fuera por timidez.

Era más de medianoche cuando salí del albergue. Las muchachas me acompañaron hasta la puerta, donde la bailarina me ayudó a calzarme las sandalias. Luego asomó la cabeza y contempló el claro cielo del Sur.

—¡Oh, la luna! ¡Y mañana estaremos en Shimoda! ¡Qué contenta estoy! Es el cuadragésimo nono día de la muerte de nuestro pequeño. Le pediré a mi madre que me compre un peine. ¡Oh, y las muchas cosas nuevas que me esperan aún!

El puerto de Shimoda era para aquellos músicos trashumantes que recorrían los baños de las regiones de Izu y Shagami, la querida y añorada estrella que, en el cielo de su infatigable peregrinar, señalaba el camino del hogar.

—Cada cual llevaba el mismo equipaje que cuando cruzaron el paso de Amagi. El perrito, con su cara habituada a las penalidades del camino, se apoyaba en el pecho de la mujer, con las patas delanteras en el codo de ella. Muy pronto dejamos atrás a Yugano y nos adentra mos en las montañas. Sobre el mar brillaba el sol de la mañana, caldeando hasta lo más profundo de los valles. Todos lo contemplamos con silenciosa admiración. En dirección al río Kawazu, hacia el que nos encaminábamos, se extendían las blancas playas de Kawazu.

—¡Y allí está Oshima! —dijo la bailarina. volviéndose hacia mí—. ¡Fíjese qué grande es nuestra isla! Tiene que ir a vernos —añadió luego. E1 cielo de otoño tenía ya una diáfana claridad y el mar brillaba uniformemente, como cubierto de una plateada niebla primaveral. Nos quedaban apenas quince millas hasta Shimoda. Durante un trecho, perdimos de vista el mar. Chiyoko, llena de una alegría incontenible, empezó a cantar una canción.

Para llegar a Shimoda lo antes posible, dejamos, a instancias mías, el camino principal, más cómodo pero también más largo, y tomarnos por un atajo que cruzaba la montaña.

Era un sendero empinado, alfombrado de hojas de vivos colores. Pronto me faltó el aliento, de manera que apreté el paso y empecé a trepar apoyando las manos en las rodillas. Los otros quedaron rezagados y no tardé en perderlos de vista. La única que me seguía, a unos dos metros de distancia, era la bailarina, que se había subido ligeramente el borde del kimono para poder andar con más rapidez. En ningún momento aumentaba ni disminuía la distancia. Una vez me volví y le grité algo. Ella se detuvo, con una sonrisa asustada, y me contestó desde donde se hallaba. Naturalmente, yo le había hablado con el propósito de que ella me alcanzara. El camino, cada vez más escarpado, serpenteaba interminablemente por la montaña. Yo aceleraba el paso cada vez más y la bailarina trepaba infatigablemente detrás de mí, pero siempre a dos metros de distancia. Reinaba en la montaña una paz prodigiosa. Los músicos habían quedado muy atrás. Ya ni oíamos sus voces.

—¿Dónde vive en Tokio? —me preguntó.

—En el albergue de mi escuela.

—Yo también conozco Tokio. Fui una vez, para ver los cerezos en flor; pero era todavía
muy pequeña y no lo recuerdo bien.

Y luego volvía a empezar:

—¿Vive su padre todavía?

O:

—¿Ha estado alguna vez en Kofu?

Me hacía las más diversas preguntas y, poco a poco, íbamos acercándonos el uno al otro.

Me dijo también que cuando llegase a Shimoda quería ver una película, y luego volvió a hablarme largamente de la muerte del niño.

Por fin llegamos a la cima de la montaña. La bailarina dejó el tambor en el suelo, para sentarse, y se secó el sudor de la frente con un pañuelito. Luego se limpió el polvo de los pies. Pero, de pronto, se arrodilló delante de mí, y realmente, me sacudió el polvo de los bajos de mi túnica hakama. Instintivamente, di un paso atrás, pero ella se arrastró sobre las rodillas y golpeó el borde de mi hakama. Luego lo soltó, suspiró y me dijo:

—Ahora siéntese, por favor.

Pasó cerca de nosotros una bandada de pajarillos. Las resecas hojas de la rama en que se posaron crujieron levemente; luego, volvió a hacerse el silencio en torno a nosotros.

—¿Por qué andaba tan aprisa? —me pre- guntó.

Parecía muy acalorada. Confuso, golpeé suavemente el tambor con los dedos, con lo que asusté a los pájaros, que alzaron el vuelo.

—Sería magnífico si tuviéramos algo que beber —dije.

—Veré si encuentro una fuente.

Pero a los pocos minutos volvió, después de una infructuosa búsqueda.

—¿A qué se dedica en Oshima? —le pregunté.

Entonces me enumeró varios nombres de muchachas y empezó a contarme algo cuyo significado no llegué a comprender del todo. Pero parecía referirse más a Kofu que a Oshima. Era la historia de amigas del colegio al que había ido hasta la tercera clase.

La contaba desordenadamente, según se le iba ocurriendo.

Esperamos unos diez minutos. Entonces aparecieron las otras dos muchachas y, con ellas, el hombre-.Al cabo de otros diez minutos, llegó la madre.

En el descenso, Eikichi y yo nos retrasamos deliberadamente, para poder charlar a gusto. No habíamos andado mucho cuando la bailarina volvió apresuradamente sobre sus pasos.

—¡Abajo hay una fuente! ¡Vengan, de prisa! Les espero para beber.

Apenas oí la palabra «fuente», eché a correr cuesta abajo. Efectivamente, a la sombra de unos árboles, entre unas peñas, brotaba un hilo de agua fresca y transparente. Alrededor, estaban las tres muchachas y la mujer.

—¡Beba usted primero! Cuando hayamos hundido nuestras manos en el agua, quedará sucia. Después de beber nosotras, las mujeres, el agua no estará ya lo bastante limpia para usted —me dijo la madre.

Yo tomé ávidamente con mis manos calientes aquella agua fría y bebí. Después saciaron su sed las mujeres.

Seguimos bajando la montaña y salimos al camino de Shimoda. No lejos de la carretera, en muchos lugares, se elevaban columnas de humo. Eran sin duda hornos de carbón vegetal. Nos sentamos en grandes troncos de madera que yacían junto al camino. La bailarina se arrodilló delante de nosotros y con su peine color melocotón empezó a peinar el hirsuto pelo del perro que descansaba en los brazos de la mujer.

—¡Vas a romper las púas! —le reconvino su madre.

Pero ella respondió alegremente:

—Mañana me comprarás uno en Shimoda. Desde Yugano tenía yo el propósito de pedirle, cuando nos despidiéramos, aquel peine que tan magníficamente lucía en su espléndida cabellera, por lo que resultaba amargo para mi verla peinar con él al perro.

Luego, reanudamos la marcha. En una ocasión, ella volvió sobre sus pasos para darme una hermosa vara de bambú, para hacerme más cómodo el camino y, poco después, cuando Eikichi y yo nos adelantábamos, la oí hablar de mi con Chiyoko.

—Es una buena persona.

—Sí, ciertamente.

—¡Buena en verdad!

Estas sencillas palabras de confianza me conmovieron profundamente. En su voz de niña vibraba la sinceridad de sus sentimientos. De manera que a partir de entonces yo podía considerarme como una buena persona. Abrí bien los ojos y miré las soleadas montañas. Sentía un ligero escozor bajo mis párpados.

A pesar de mis veinte años, hacía ya mucho tiempo que vivía atormentado por mi carácter retraído y solitario hasta que, cuando ya no pude seguir soportando la opresión de mi melancolía, me decidí a emprender aquel viaje a Izu. De manera que me pareció que la divina Providencia me otorgaba un inefable consuelo al permitirme escuchar cómo alguien me llamaba buena persona en el sentido corriente y humano de la palabra.

La creciente claridad que envolvía las montañas se debía a que estábamos acercándonos a la costa de Shimoda. Agité violentamente la vara de bambú que me había dado la pequeña bailarina, y azoté la hierba que crecía al borde del camino.

En varios de los pueblos que encontramos a nuestro paso había un letrero en el que se leía: «Prohibida la entrada en el pueblo a mendigos ambulantes.»

El albergue Koshuya estaba muy cerca de la entrada norte de Shimoda. Subí con los músicos al primer piso, que más parecía una buhardilla. Carecía de cielo raso, y cuando fui a asomarme a la ventana me golpeé la cabeza con las inclinadas vigas.

—¿No te duele el hombro? —preguntó a la bailarina la madre solicita—. ¿Ni tampoco la mano?

La bailarina esbozó un movimiento elegante, como si tocara el tambor.

—No, no duele. Puedo tocar. Está muy bien.

Yo traté de levantar el tambor.

—¡Cómo pesa!

—Sí, sí pesa. Más de lo que usted creía.

¡Y más que su cartera!

Y se echó a reír.

Luego, los músicos saludaron con profundas reverencias a los restantes huéspedes del albergue. No eran sino músicos como ellos, trashumantes, pequeños comerciantes de tenderete y gentes de esta especie. El puerto de Shimoda parecía ser un nido de semejantes aves de paso. La bailarina repartió unas monedas entre los hijos del dueño del albergue, que entraron en tropel en la habitación. Cuando me dispuse a salir de la casa, en busca de alojamiento para mí, ella se apresuró a seguirme y amistosamente me ayudó a calzarme las sandalias.

—¿Me llevará al cine? —preguntó en voz baja, como si hablara consigo misma.

Un hombre de aspecto desastrado y no muy tranquilizador nos indicó el camino y, en compañía de Eikichi, llegué a la posada cuyo propietario había sido alcalde de la ciudad. Entré en el baño y, luego, para cenar, consumimos un par de pescados frescos.

Cuando me despedí de Eikichi, le entregué un poco de dinero envuelto en un papel.

—Por favor, compre unas flores para el funeral de mañana.

Al día siguiente, debía regresar a Tokio sin falta, pues había agotado el dinero que llevaba para el viaje. Dije a mis acompañantes que tenía que volver a casa porque las vacaciones habían terminado, de manera que no pudieron detenerme.

Tres horas después de la comida, había ce nado ya y, en solitario, crucé el puente en dirección a la parte norte de Shimoda. Subí a la montaña Shimoda-Fuji y contemplé a mis pies la ciudad y el puerto. A mi regreso, entré de nuevo en el albergue de Koshuya, donde encontré a los músicos cenando. Tenían ante sí una única cacerola.

—Tome algo con nosotros. Tal vez no esté muy limpio, pues las mujeres hemos metido ya los palillos, pero con un poco de buena voluntad podrá pasarlo por alto.

La madre sacó de la cesta una escudilla y unos palillos y los dio a Yuriko para que los lavara y me los pasara.

Como el día siguiente era el siete veces siete de la muerte del niño, todos trataron de convencerme para que retrasara el viaje, pero yo, lamentándolo muy de veras, tuve que rehusar, invocando las exigencias de mi escuela. Entonces la madre me dijo cordialmente:

—Está bien; pero cuando lleguen las vacaciones de invierno, esperamos recibirle en el puerto de Oshima. Escríbanos para decirnos la fecha exacta de su llegada. Le esperaremos. Y en modo alguno consentiremos que se aloje en un albergue. Vivirá con nosotros. Sí, puede estar seguro de que iremos todos a buscarle.

Invité a Chiyoko y Yuriko a que nos acompañaran al cine a Kaoru y a mi. Pero Chiyoko rehusó. Muy pálida y con aspecto fatigado, me dijo:

—No me encuentro bien. Estoy agotada de tanto andar.

Y Yuriko tenía la mirada fija en el suelo. Busqué a mi pequeña bailarina y la vi jugando con los chiquillos del albergue al pie de la escalera. Al verme, se colgó del brazo de su madre y con ojos suplicantes le pidió que la dejara ir al cine conmigo. Pero al poco rato me seguía muy pálida y, en silencio, me preparaba los zuecos en la puerta.

—¿Cómo? ¿Y qué hay de malo en que vayan los dos solos? —terció el hombre.

Pero la madre se mostró inflexible. Yo no alcanzaba a comprender por qué la niña no podia ir al cine conmigo. Cuando salí de la casa, la bailarina acariciaba la cabeza del perro. Pasé junto a ella erguido y reservado. Tenía la impresión de haber sido objeto de una severa censura. Ella mantuvo la cabecita inclinada sobre el perro, como si no tuviera fuerzas para mirarme.

De modo que me fui al cine solo. Una mujer leía las explicaciones a la luz de un pequeño quinqué. Me aburría y me marché pronto. Al volver al hotel, me acodé en el alféizar de la ventana y me quedé contemplando las luces de la ciudad. Me parecía oír a lo lejos el suave sonido de un tambor, y casi sin darme cuenta dejé caer unas lágrimas.

A la mañana siguiente, a eso de las siete, mientras me desayunaba, Eikichi me llamó desde la calle. Llevaba una negra túnica de fiesta con el emblema de la familia. Cuando subió a mi habitación no mencionó a las mujeres y yo sentí en mi corazón una abrasadora sensación de soledad. Él dijo:

—Queríamos haberle acompañado todos al barco, pero desgraciadamente nos hemos dormido. Discúlpenos, por favor, pero en nombre de todos debo decirle que le esperamos el próximo invierno.

Soplaba en la ciudad una fresca brisa de otoño. Como regalo de despedida. Eikichi me compró cuatro paquetes de cigarrillos «Shikishima», fruta de caqui y unos caramelos refrescantes llamados Kaoru (1).

—Porque Kaoru es también el nombre de mi hermana —dijo con una leve sonrisa—. Las mandarinas que venden en el barco no son muy buenas. Además, el caqui es bueno para prevenir el mareo.

—¡Y yo, como regalo de despedida, quisiera darle esto! —dije, poniéndole mi gorra de deporte.

Saqué de la cartera mi arrugada gorra de estudiante y traté de alisarla.

Los dos nos echamos a reír, un poco cohibidos.

Cuando nos acercábamos al muelle, mi corazón se alegró súbitamente. Junto al agua, en cuclillas, descubrí la silueta de la bailarina. Estaba inmóvil, y cuando llegué a su lado y le hablé ella siguió callada y bajó suavemente la cabeza. Su rostro, cubierto todavía con el carmín de la víspera, me conmovió profundamente. El rojo de los labios le daba una expresión casi huraña, amarga.

—¿Vienen ya las demás? —preguntó Eikichi en voz baja.

Ella negó tristemente con la cabeza.

—¿Duermen todavía?

Asintió en silencio.

Mientras Eikichi compraba mi pasaje, yo traté de entrar en conversación con la muchacha; pero ella mantenía los ojos fijos en una mancha oscura, donde el canal desemboca en el mar, y no pronunció una sola palabra. Sólo movía la cabeza afirmativamente una y otra vez antes de que yo pudiera terminar lo que estaba diciendo.

De pronto, alguien gritó a mi lado.

—Madre, hablaremos con ese joven.

Y un hombre, que por su aspecto parecía un peón caminero, me dijo:

—¡Un estudiante! ¿Va a Tokio? Quisiera pedirle un gran favor. ¿Podría acompañar a esa anciana hasta Tokio? Es una pobre mujer digna de compasión. Su hijo, que trabajaba en las minas de plata de Rendaiji, y su nuera han muerto de una epidemia, dejándole a esos tres niños. Son sus nietos. Yo le tengo afecto a la anciana y quisiera enviarla a su casa, en Mito. Por favor, acompáñela hasta el tren de Ueno. Ella no sabe orientarse. Es una tarea difícil y pesada, pero yo se lo suplico, señor. ¡Tenga piedad!

La anciana, que parecía estar completamente alelada, llevaba un niño de pocos meses atado a la espalda y dos niñas, de unos tres y cinco años, cogidas de la mano. De un sucio hatillo asomaba un cestito de arroz y unas cuantas ciruelas secas. Otros cinco o seis peones la rodeaban y trataban de animarla. Yo me hice cargo de ella sin vacilar.

—De acuerdo. Con mucho gusto.

—¡Oh, gracias! Debía acompañarla yo mismo, pero me es totalmente imposible.

Y, uno tras otro, los trabajadores fueron saludándome con una profunda reverencia.

La lancha se balanceaba violentamente. La bailarina, con los labios apretados, tenía los ojos fijos en un punto. Al extender la mano hacia la escala de cuerda, me volví ligeramente para decir adiós, pero sólo pude saludar con un movimiento de cabeza. Luego, la lancha nos llevó al barco y volvió al muelle. Eikichi agitaba incesantemente la gorra que yo le había regalado.

Entonces, a lo lejos, la pequeña bailarina empezó también a agitar algo blanco.

Hasta que el vapor salió de la bahía de Shimoda y dobló la punta sur de la península de Izu, permanecí apoyado en la borda, sin dejar de mirar la isla de Oshima, que se alzaba en el inmenso mar. De pronto, tuve la sensación de que hacía ya mucho tiempo que me había despedido de mi pequeña amiga. Luego, entré en el camarote, para atender a la anciana. La encontré rodeada de personas que le hablaban en tono amistoso y consolador.

Tranquilizado, me fui al camarote contiguo. En el tempestuoso mar de Sagami había fuerte oleaje que nos zarandeaba violentamente a derecha e izquierda. Me tendí en la colchoneta, con la cabeza apoyada en la cartera. Sentía un extraño vacío en la cabeza. Lentamente, resbalaron por mis mejillas unas lágrimas, que cayeron en la cartera. Sentí un escalofrío y di la vuelta a la cartera.

Cerca de mí viajaba un muchacho, hijo de un fabricante de Kawazu, que iba a Tokio para examinarse de ingreso. Mi gorra de la Primera Escuela Superior pareció infundirle respeto y
me habló con gran cortesía:

—¿Ha sufrido alguna desgracia?

—No, no. Sólo fue una despedida —respondí con franqueza.

Me tenía sin cuidado que me vieran llorar. No pensaba en nada. Pero sentía que las lágrimas me devolvían la paz de espíritu.

De improviso, empezó a anochecer en el mar. Brillaban a lo lejos las luces de Baños de Amishiro y Baños de Atami. Sentí frío y mi estómago, acuciado por el hambre, se rebelaba. Fue una suerte que el joven abriera su atadijo de corteza de bambú y me lo tendiera con una sonrisa. Yo lo tomé sin más, como si hu biera olvidado que le pertenecía, y me comí todo el arroz de pescado, envuelto en algas secas. Luego, me envolví en el abrigo de estudiante del joven. Me invadió un profundo bienestar al aceptar, con la mayor naturalidad, aquellas amabilidades, como también me parecía perfectamente natural que a la mañana siguiente tuviera que acompañar a la anciana hasta la estación de Ueno y comprarle su billete hasta Mito. Una dulce armonía reinaba en mi corazón.

Las luces del camarote se apagaron. Se hacía cada vez más penetrante el olor del pescado fresco que transportaba el barco y el aroma del mar. En la oscuridad, al calor de la proximidad del joven, dejé correr las lágrimas que repentinamente brotaron de mis ojos. Me parecía que toda mi cabeza se diluía en agua clara, que iba goteando lentamente dejando tras sí la dulzura de una dicha incomparable.

FIN

(1) Aroma. -


'La Danzarina de Izu' se publicó junto con 'Kioto'. El libro lleva el título de esta última obra.

KIOTO, Lib Reno, Ediciones G.P.
Barcelona, 1982, 5a. ed.
ISBN: 84-01-43350-9

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