A propósito de Ulrica
Marcos Vieytes
I

“Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo.”

Mi encuentro con Borges ocurrió promediando la adolescencia y podría decir que fue gracias a Ulrica, fundamentalmente, como llegué a conocerlo. No sé, incluso, si prescindiendo de ella hubiera profundizado en su literatura. Es cierto que la amorosa erudición de El Aleph ya desplegaba sus tentáculos metafísicos en las páginas de mi memoria; que un endecasílabo preciso, a propósito del Martín Fierro, supo deslumbrarme en la vidriera de una librería de la calle Suipacha y que, debido a ello, la compra del volumen de tapa verde y blanda que reunía su obra poética ya ocupaba, casi sin interrupciones, el hueco de mi axila, la palma de mis manos y todas las horas libres –o no tanto- de aquellos días apocados. Pero el encuentro con Ulrica al comienzo del tercer tomo de las obras completas fue decisivo, singular en el contexto de mis lecturas.

El cuento que lleva por título tan remoto nombre es la elegía de un amor que se consumó fugazmente; tan fugazmente que ni parece real. Como en muy pocas ficciones de Borges, el cuerpo de los amantes es ostensible y delicioso. Su cálida presencia, recortada contra el telón de fondo de un paisaje tan septentrional que parece eslavo aunque no lo es, desnuda una sexualidad pudorosa y lábil, pero concreta. Esa mujer tan hermosa como inteligente y ese hombre tan inteligente como desgarbado, se aman con ternura y previsión de toda su fragilidad, conscientes de estar allí: solos donde se termina el mundo. Macedonio Fernández solía decir que el encuentro sexual es el saludo que intercambian dos almas, y a Borges –platón de aquel sócrates porteño- le gustaba repetir esa definición -de lacónica elegancia- que le va como un guante a la coincidencia amorosa de la pareja que protagoniza esta historia.

Casi quince años después de iniciarme en su lectura, persiste en mí la sensación de esa escritura translúcida que la caracteriza. La luz del encuentro amoroso atraviesa el paisaje asolado por inviernos últimos y escarchas insomnes, que quiere templar el exceso pasional y no hace otra cosa que concentrarlo, dirigir su haz como la lupa aplicada en una mañana de sol sobre las hojas húmedas del jardín. El hielo seco quema y la sublimación puede concebir una prosa ardiente y contenida con las huellas nunca exhaustas del amor imposible o ligeramente dado. Tampoco me extraña que estos párrafos vean la luz en este preciso momento, horas después de haber reseñado un libro de Yasunari Kawabata en el que el eco de las pasiones más inverosímiles parece oírse por entre el peso de cien almohadas, pero con todo su filoso dolor intacto.

Releo lo escrito y me doy cuenta de que a quien no haya leído Ulrica no le costará nada suponer el carácter erótico del relato. Es posible que me haya traicionado la memoria, o quien sabe si no fue demasiado fiel a mis inquietudes de entonces. Cabe aclarar que Javier Otálora y la joven consuman su amor en sólo dos o tres líneas que no por nada ocupan el último párrafo del cuento, aunque está claro que han empezado a amarse en el diálogo conciso y extenso que entablan a poco de conocerse y que continúan hasta el punto de nombrar y desnombrarse interminablemente durante el juego del amor, para encontrarle sentido al nombre original que les ha sido dado recién en ése instante en que el amado lo pronuncia.

II

“Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres.”

Más o menos para el invierno de 1997 supe que existía una Ulrica detrás de Ulrica y que se estaba muriendo en Málaga. Supe también que Ernesto Sábato se la había presentado a Borges y que Borges se había enamorado de ella; entonces sospeché que Sábato también la deseó. Ahora sé que era imposible no hacerlo. La noticia me conmovió más por el descubrimiento de una mujer detrás de la máscara -y por el conocimiento simultáneo del avance de la muerte sobre ella- que por la relevancia de los amantes involucrados. Y digo amantes porque, aunque no sabía, no sé y no me interesa ya saber si hubo o no hubo intimidad entre ellos, para ese tiempo ya sabía extender el significado del sustantivo más allá de las fronteras sexuales. En todo caso, si Ulrica y Borges nunca hicieron el amor, al menos uno de ellos había querido y con eso bastaba para mí. Luego de leer el cuento, cualquiera puede admitir que lo que el autor sentía por ella se ha ganado legítimamente el derecho a participar de la realidad, así sea tan sólo de la escrita.

Con el transcurso de los días o de las semanas posteriores al descubrimiento –ya no recuerdo bien cuánto tiempo pasó-, maduraron –aunque admito que no lo suficiente- unos versos precoces y telegramáticos que intentaban dar cuenta de la existencia carnal de Ulrica y del impacto que me produjo saberla. Los escribí una tarde lluviosa de febrero mientras esperaba el 710 en la esquina de Alvear y French, un par de horas después del mediodía. Las lluvias pueden ser particularmente tristes en el gran Buenos Aires. Aquella, sin dudas, lo era. La soledad de un joven introvertido y moroso, que la cultivaba como si consumiese estupefacientes, contribuía a acentuarla. Subí al colectivo acompañado por un íncubo argentino y un súcubo alemán que, para ese entonces, puede que ni reconocieran su propia sombra.

Por aquellos años, yo escribía sonetos que eran unas imposibles –e ilegibles- versiones de los de Borges. Querían ser precisos y apenas si lograban ser vanamente meticulosos; mal disimulaban su inexistente erudición y sólo conseguían la piadosa indiferencia de sus contados –y cantados- lectores . Pero escribir, o la perspectiva de conseguirlo algún día, me mantenía vivo. No podía dejar de hacerlo sin pensar en los rostros -y sus reacciones- de aquellos a quienes imaginaba leyéndome, y que no eran otros que los de mis amigos o los de las mujeres que apetecía. Ahora, en cambio, ya no siento la necesidad de someterme a la tiranía pretenciosa de provocar o evangelizar a un auditorio determinado, y ni siquiera de conseguirlo. Lidiar conmigo mismo -y con la forma nunca lograda del todo que intento darle a la materia verbal- es más que suficiente tarea como para andar preocupándome por un lector ideal tan esquivo –e incierto- como la identidad de Ulrica.

Claro que esto puede que se deba a que ella –a diferencia de algunos de mis pretendidos lectores de entonces- sigue aquí conmigo, pero transformada en compañía cotidiana; en parte de una realidad más o menos objetiva, si existe algo parecido a tal cosa; en integrante de un espacio y de un tiempo específicos, ajenos a los míos pero accesibles a la definición física, a la fijación de la mirada sobre unas formas precisas que, lo sé, habitarán ya para siempre en mi memoria.

III

“Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica.”

En una de las dos fotografías que conozco de ella, la veo sentada junto a una amiga y sonriendo. Tiene al menos setenta años y la silla es una silla de ruedas, pero hay dos fuentes notorias de luz: la matinal que las rodea al difundirse por unas ventanas que están fuera de campo y uno supone anchas y mediterráneas, y la amable de sus labios entreabiertos. Una cierta desazón se infiere, pero no eclipsa la mirada ni llega a coagular en sombra alguna. Su natural cortesía nos la evita. No podríamos, ni aunque mucho quisiéramos, imaginarla resentida o frívola.

Esa mujer definida ilusamente por los años y la cámara es Ulrica von Kuhlmann. Nació en 1913 en Alemania y morirá en Benalmádena, Torremolinos el 29 de noviembre de 1997. Entre ambas fechas, habrá residido en Buenos Aires apenas por un par de años y caminado largamente con Borges. Luego de marcharse, será a la vez personaje y traductora de La otra muerte; recibirá sus cartas y leerá esta línea de despedida en una de ellas: “Me gustas, casi demasiado. Tuyo, J.L.”

María Esther Vázquez añade en su biografía Borges, esplendor y derrota que tras la muerte del patrón de célebre ceguera, Ulrica decide dejarle a Fani una pensión para su mantenimiento. Es agradable pensar que aquella que fuera generosa con su belleza, también lo haya sido con su dinero. A los ojos de un tercero, recién en la vejez suelen brillar los gestos que, durante la juventud, opaca la hermosura.

A la amiga de la foto supieron preguntarle, también, si Ulrica había sido feliz. “Era demasiado inteligente como para serlo”, contestó. La respuesta no es original y puede ser falsa. Los muchos testimonios, sin embargo, insisten en validarla tanto como lo hace de un modo indirecto –que es como siempre debería manifestarse la inteligencia- la otra fotografía.

En ella, la hermosura germánica de Ulrica es irrefutable. La hierba, su cuerpo inclinado sobre el agua, el sol bifurcándose a través de los árboles y el traje de baño no pueden, con todo, atenuar el gesto de melancolía creciente que la navega. Inexplicable como la felicidad, en ese rostro hay tristeza. Eso sí, tenue y elegante como la nostalgia que pudiera tener cualquier espectador de la fotografía, por no habitar ese instante junto a ella. Pero voraz e implacable como la enamorada del muro.

Antes de ayer, una amiga me escribió acerca del hondo deseo suyo que a veces la acecha de ser sólo palabras, librándose de la viscosa magnitud de la carne. No digo que ello fuera lo que usurpó la mirada de Ulrica en el momento de la foto. Costaría creerlo –aunque si bien se piensa, no tanto- de alguien cuyo cuerpo se adivina espléndido. Me limito a escribir lo más cercano que se me ocurre a la desazón apenas perceptible –pero innegable- de esa mujer clara y esbelta que toca el agua con su mano, mientras descubre a la cámara entre las plantas del jardín con no fingida ni sobre actuada sorpresa.

Quién sabe si no fue sólo esa la razón de su desencanto. Quién sabe si no esperó encontrarse con algo -o alguien– más que la precaria y excéntrica inmortalidad que hoy la expone, por ejemplo, a ser carne de palabras de una mano ignota que goza impunemente con la posibilidad de invocarla a su gusto y placer. Tal vez en ese instante padeció la sabiduría de verse fuera de sí, cuando lo que esperaba era al otro que la restituyera devolviéndole la mirada. Puede que por eso esté sonriendo en la primera fotografía: porque ya no está sola, porque ya no está afuera. Y porque en la vejez, la inminencia del amor -y la consecuente posibilidad del desengaño- ya son historia(s), desprendimientos que el recuerdo elude con destreza o gestos que la paciencia decanta.

Epílogo

Entre las muchas cosas que Leopoldo Marechal me legara -y escribo me legara, como si a mí solamente las diera, porque cada lector es heredero de una parcela singular que el encuentro con el autor le depara solamente a él- están el humor y el amor encandilados; una Arcadia llamada Balvanera que ya poco tiene que ver con el barrio del mismo nombre; un libro inacabable y adánico que una tarde, lamentable y quedamente acabé; un puñado de camaradas salidos de ese libro que han sido más amigos que mis amigos y, entre otros muchos, este fragmento que -no sé muy bien la razón- se ha negado a marcharse desde que empezara a escribir sobre Ulrica: A los que se inclinaban demasiado a los retozos de Venus, el filósofo Samuel Tesler les decía: “Dormid con las mujeres, pero soñad con las diosas.”

Triste destino el de una diosa: cristalizada en la inmutable imaginación de sus cultores, inmune al tiempo y su marcha gradual hacia el descanso, incapaz de la contradicción y del error. Pero ¿habrá sido solamente ése el destino de Ulrica? ¿O es ése el único destino que un idólatra puede imaginar para su objeto? ¿No es todavía más melancólico, entonces, el destino de esos extáticos –y estáticos- adoradores que pretenden, negándolo, detener el tiempo y su transcurso, condenados por propia (in)voluntad a la contemplación de sí mismos en el reverso de lo que adoran, inválidos de todo movimiento, ajenos a la diaria batalla del contacto, temerosos de cometer el herético pecado de acortar la distancia con la piel del tiempo?

Por mi parte, ignoro si estos textos revelan una irrenunciable afición a las fantasías, o exactamente lo opuesto. Sólo puedo decir que pocas cosas me han alegrado tanto como saber que Ulrica vivió -cosa que supe enterándome de su muerte-, que tuvo un cuerpo –es decir un rostro determinado y cambiante, pero carnal-, y que no fue solamente palabras.



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