Giovanni Papini
Traducción: Fernando Acevedo
Había
comprado en Londres, hacía dos meses, un hermoso mármol
griego de la época que representa, según los arqueólogos,
a Narciso. Sabiendo que dos días antes Freud había cumplido
setenta años —nació el 6 de mayo de 1856—
le envié la estatua como regalo, con una carta de homenaje al
"descubridor del Narcisismo".
Este regalo
bien escogido me valió una invitación del patriarca del
Psicoanálisis. Vuelvo ahora de su casa y quiero anotar de inmediato
lo esencial de la conversación.
Me pareció
algo desesperado y melancólico. «Las fiestas de los aniversarios»,
me dijo, «se parecen demasiado a las conmemoraciones y recuerdan
demasiado a la muerte».
Me ha impresionado
la forma de su boca: una boca carnosa y sensual, algo satírica,
que explica visiblemente la teoría de la libido. Pero estaba
contento de verme y me ha agradecido calurosamente por el "Narciso".
«Su visita
es para mí un gran consuelo. ¡Usted no es ni un enfermo,
ni un colega, ni un discípulo, ni un pariente! Vivo todo el año
entre histéricos y obsesivos que me cuentan sus obscenidades
—casi siempre las mismas—; entre médicos que me envidian
cuando no me desprecian; y con discípulos que se dividen entre
papagayos crónicos y ambiciosos cismáticos. Con usted
puedo, al fin, hablar libremente. Enseñé a los demás
la virtud de la confesión y no he podido nunca abrir por entero
mi alma. He escrito una pequeña autobiografía más
que nada con fines de propaganda y si acaso me he confesado, por fragmentos,
en la Traumdeutung. Nadie conoce o ha adivinado el verdadero
secreto de mi obra. ¿Tiene una idea del Psicoanálisis?»
Respondí que había leído algunas traducciones inglesas
de sus obras, y que únicamente para verlo me entretuve en Viena.
«Todos creen», prosiguió, «que tengo el carácter
científico de mi obra y que mi objetivo principal es la cura
de las enfermedades mentales. Es un enorme malentendido que ha durado
muchos años y que no he logrado disipar. Soy un científico
por necesidad, no por vocación. Mi verdadera naturaleza es la
del artista. Mi héroe secreto ha sido siempre, desde la juventud,
Goethe. Hubiera querido, en aquel entonces, convertirme en un poeta,
y toda la vida he deseado escribir novelas. Todas mis aptitudes, reconocidas
incluso por mis maestros del Gimnasio, me llevaban hacia la literatura.
Pero si usted piensa cuáles eran las condiciones de la literatura
en Austria en el último cuarto de siglo pasado, entenderá
mi perplejidad. Mi familia era pobre y la poesía, por testimonio
de los más célebres contemporáneos, rendía
poco o demasiado tarde. Además era hebreo, lo que me ponía
en condiciones de inferioridad manifiesta en una monarquía antisemita.
El exilio y el mísero fin de Heine me desanimaban. Escogí,
siempre bajo la influencia de Goethe, las ciencias de la naturaleza.
Pero mi temperamento permanecía romántico: en 1884, para
volver a ver con unos días de anticipación a mi novia,
lejos de Viena, hice sin cuidado un trabajo sobre la coca y me dejé
robar por otros la gloria y las ganancias del descubrimiento de la cocaína
como anestésico.
En 1885 y '86 viví en París; en 1889 estuve algún
tiempo en Nancy. Esta permanencia en Francia tuvo una influencia decisiva
sobre mi espíritu. No tanto por lo que aprendí de Charcot
o de Bernheim sino porque la vida literaria francesa era, en aquellos
años, riquísima y ardiente. En París, como buen
romántico, pasaba las horas sobre las torres de Notre Dame, pero
por las noches frecuentaba los cafés del Barrio Latino y leía
los libros sobre los que más se rumoreaba en aquellos años.
La batalla literaria estaba en pleno desarrollo. El Simbolismo alzaba
su bandera contra el Naturalismo. Al predominio de Flaubert y de Zola
se lo estaba sustituyendo, entre los jóvenes, por aquel de Mallarmé
y de Verlaine. Hacía poco que había llegado a París
cuando salió el À Rebours de Huysmans, discípulo
de Zola, que pasaba al Decadentismo. Y estaba en Francia cuando fue
publicado el Jadis et Neguère de Verlaine y se recogieron
las poesías de Mallarmé y las Illuminations de
Rimbaud. No le doy estas noticias para presumir de mi cultura, sino
porque estas tres escuelas literarias —el Romanticismo muerto
hacía poco, el Naturalismo amenazado y el Simbolismo en alza—
fueron las inspiradoras de todo mi trabajo posterior.
Literario por instinto y médico por fuerza concebí la
idea de transformar una rama de la medicina —la psiquiatría—
en literatura. Fui y soy un poeta y novelista bajo la figura de un científico.
El psicoanálisis no es otra cosa que la transferencia de una
vocación literaria en términos de psicología y
patología.
El primer impulso
para el descubrimiento de mi método me vino, como era natural,
de mi querido Goethe. Usted sabe que él escribió el Werther
para liberarse del íncubo morboso de un dolor: la literatura
era, para él, catarsis. ¿Y en qué consiste mi método
para la cura de la histeria si no en el hacer contar todo al paciente
para liberarlo de una obsesión? No hice otra cosa que forzar
a mis enfermos a actuar como Goethe. La confesión es liberación,
o sea cura. Lo sabían desde hacía siglos los católicos,
pero Victor Hugo me había enseñado que el poeta es también
sacerdote y así me sustituí descaradamente al confesor.
El primer paso había sido dado.
Me di cuenta de inmediato de que las confesiones de mis enfermos constituían
un repertorio precioso de "documentos humanos". Yo hacía,
por lo tanto, un trabajo idéntico al de Zola. Él obtenía,
de aquellos documentos, novelas —yo estaba obligado a tenerlas
para mí. La poesía decadente atrajo entonces mi atención
hacia la semejanza entre sueño y obra de arte y sobre la importancia
del lenguaje simbólico. Había nacido el Psicoanálisis
—no, como dicen, de las sugestiones de Breuer o de los indicios
de Schopenhauer y de Nietzsche, sino de la transposición científica
de las escuelas literarias amadas por mí.
Me explicaré más claramente. El Romanticismo, que retomando
las tradiciones de la poesía medieval había proclamado
el primer lugar de la pasión y reducido toda pasión al
amor, me sugirió el concepto de la sexualidad como centro de
la vida humana. Bajo la influencia de los novelistas naturalistas, di
del amor una interpretación menos sentimental y mística,
pero el principio era ese.
El Naturalismo, y sobre todo Zola, me habituó a ver los lados
más repugnantes pero más comunes y generales de la vida
humana: la sexualidad y la avidez bajo la hipocresía de las buenas
maneras; en resumen, la bestia en el hombre. Y mi descubrimiento de
los vergonzosos secretos que cela el inconsciente no son otra cosa que
la evidencia del acto de acusación sin prejuicios de Zola.
El Simbolismo,
al final, me enseñó dos cosas: el valor de los sueños,
comparados con las obras poéticas, y el lugar que ocupan el símbolo
y la alusión en el arte, o sea en el sueño manifestado.
Fue entonces que emprendí mi gran libro sobre la interpretación
de los sueños, como reveladores del inconsciente —de ese
mismo inconsciente que es la fuente de la inspiración. Aprendí
de los simbolistas que cada poeta debe crear su lenguaje y yo he creado
de hecho el lenguaje simbólico de los sueños, el idioma
onírico.
Para completar el cuadro de mis fuentes literarias agregaré que
los estudios clásicos —cumplidos por mí como el
primero de la clase— me sugirieron los mitos de Edipo y de Narciso;
me enseñaron con Platón que el estro, o sea el fluir del
inconsciente, es el fundamento de la vida espiritual, y al final con
Artemidoro que cada fantasía nocturna tiene su recóndito
significado.
Que mi cultura sea esencialmente literaria lo prueban abundantemente
mis citas de Goethe, de Grillparzer, de Heine y de otros poetas: la
forma de mi espíritu está encausada hacia el ensayo, a
la palabra, a lo dramático, y no tiene nada de la rigidez pedante
y técnica del verdadero científico. Y existe una prueba
irrefutable: en todos los países donde ha penetrado el psicoanálisis,
éste ha sido comprendido y aplicado mejor por los escritores
y los artistas que por los médicos. Mis libros, de hecho, se
parecen bastante más a obras de imaginación que a tratados
de patología. Mis estudios sobre la vida cotidiana y sobre las
ocurrencias graciosas son prácticamente literatura y en Tótem
y Tabú me puse a prueba incluso en la novela histórica.
Mi deseo más antiguo y tenaz sería el de escribir verdaderas
novelas y poseo un tesoro de materiales de primera mano que harían
la fortuna de cien novelistas. Pero temo que ya sea demasiado tarde.
De cualquier modo he sabido vencer, por una vía alterna, mi destino
y he alcanzado mi sueño: permanecer literato a pesar de hacer,
en apariencia, el médico. En todos los grandes científicos
existe la levadura de la fantasía, madre de las intuiciones geniales,
pero nadie se ha propuesto, como yo, traducir en teorías científicas
las inspiraciones ofrecidas por las corrientes de la literatura moderna.
En el Psicoanálisis se encuentran y se compendian, transportadas
en jerga científica, las tres mayores escuelas literarias del
siglo diecinueve: Heine, Zola y Mallarmé se reúnen en
mí, bajo el patronato de mi viejo Goethe. Nadie se ha dado cuenta
de este misterio obvio y no lo hubiera revelado a nadie si no hubiese
tenido la óptima idea de regalarme la estatua de Narciso».
La conversación, en este punto, se desvió —hablamos
de América, de Keyserling, e incluso de las costumbres de las
vienesas. Pero la única cosa que vale la pena conservar en papel
es la que he escrito ya. En el momento de despedirme Freud me recomendó
silencio en torno a su confesión:
«Usted no es escritor ni periodista, por fortuna, y estoy seguro
de que no divulgará mi secreto».
Lo tranquilicé —y con sinceridad: estos apuntes no están
destinados a la imprenta.