Leer: recuperar la conversación
Edilberto Aldán

Escribo: estoy buscando al otro, tengo algo que decirle: Leo.

Escribir es iniciar el diálogo. La escritura es la taza de café frente a la que se disponen dos amigos para contarse, para encontrarse; es la señal íntima que dos se hacen cuando necesitan desaparecer para quedarse uno con el otro, la caricia en el lóbulo de la oreja que no requiere de palabras para iniciar el placer. La lectura es la respuesta del otro a esa invitación. Leo, estoy aceptando la mano tendida, el roce que incita. Escribir y leer, actos de correspondencia, una disposición a mirar y a ser mirado, a descubrirse; y sin embargo, ambos, oficio de solitarios.

Harold Bloom, en su libro Cómo leer y por qué (1) menciona: “Leer bien es uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, porque, al menos según mi experiencia, es el más saludable desde un punto de vista espiritual. Hace que uno se relacione con la alteridad, ya sea la propia, la de los amigos o la de quienes pueden llegar a serlo. La invención literaria es alteridad, y por eso alivia la soledad. Leemos no sólo porque nos es imposible conocer a toda la gente que quisiéramos, sino porque la amistad es vulnerable y puede menguar o desaparecer, vencida por el espacio, el tiempo, la falta de comprensión y todas las aflicciones de la vida familiar y pasional.”

Sobre este relacionarse con la alteridad, Octavio Paz señaló en 1943 (2): “El arte de escribir, como el arte de leer, son artes de solitarios, de seres que viven en soledad. A solas leemos y a solas escribimos. Y leemos y escribimos, cuando estamos solos, para romper esa soledad, para poblar esa soledad con un diálogo silencioso. Escribo para ese solitario que me lee. Y ese solitario que me lee, al hacerlo rompe su soledad y rompe esta soledad mía, esta soledad que ya lo presiente y en la que escribo algunas pocas cosas, sin gran substancia ni fundamento, no para asombrar a nadie, ni para instruir o aconsejar, sino para sentirme menos solo, para sentirlo a él en mi soledad.”

Leer es la disposición a escuchar y a ser escuchado, un aprendizaje de vida, de convivencia. Hay que dejar atrás esa imagen desgastada del lector como un ratón de biblioteca, como aquel que no sabe levantar la mirada del libro y se esconde en un cuarto, ese que rehuye compartir la vida que sucede afuera, al otro lado de la ventana, donde los atléticos y musculosos pasean su físico al sol, donde se divierten y forman parte de algo.

A pesar del zumbido constante e implacable del mensaje con que los medios designan pautas de vida, en el pasillo del autobús, el cartel de la esquina, a través de la radio o el rayo catódico de la televisión, no se vive a través de comer tofu, amanecer con kilos de menos, cocinar pasta en una olla con agujeros, levantarse los senos, o hacer las donas más perfectas del mundo. La vida, creo, está en el arte de la conversación, es ahí donde entra la lectura, ya que si bien es un arte de solitarios, es en su ejercicio donde se cosechan las experiencias de una vida plena, donde nos hacemos humanos. La vida está a ambos lados de la ventana, es el diálogo lo que construye el puente que les da sentido.

Así ocurre en uno de los momentos culminantes de la película Blade Runner (Ridley Scott, 1982), cuando el replicante Roy le dice a un atónito Rick Deckard: “He visto cosas que la gente no creería. Naves de ataque en llamas más allá del hombre de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tanhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es tiempo de morir”.

La Puerta de Tanhäuser

Leer es dialogar, la posibilidad de cruzar sobre el hombre de Orión y experimentar lo que nadie creería.

Leer el descubrimiento de un punto en el espacio que contiene todos los puntos es compartir el hallazgo de Borges; leer la búsqueda de una mujer es vivir la certeza de que a pesar de todo encontraremos a la Maga; o bien sufrir el incendio de una biblioteca rodeado por la risa liberadora del sinólogo Kien; es cabalgar por tierras agrestes para llegar a la ciudad de Isidora y sentarse con los viejos ahí donde los deseos ya son recuerdos; descubrir que incluso nuestros actos mínimos han sido fotografiados para la posteridad por la invención de Morel; es el inexplicable abandono de Dios cuando nos revolcamos en la cenizas con Job; desafiar los presagios, descubrir con Hamlet que si ha de ser ahora, no será luego y lo que importa es estar preparado; urdir complots para probarse cual villano junto con Ricardo III; leer que alguien renuncia al amor para fundar una civilización es vivir (me atrevo a decir: en carne propia) la decisión de Eneas al abandonar a la desdichada Dido; igual que se vive el fuego con que aprietan las sogas las muñecas cuando nuestros compañeros de viaje, los amigos que se cuentan con una sola mano, nos han amarrado al mástil para no sucumbir al canto de las sirenas. Sorprenderse al leer a T.S. Eliot por que el tiempo presente y el tiempo pasado están, quizá, presentes en el tiempo futuro, y éste contenido en el tiempo pasado. Leer es elaborar nuestra Puerta de Tanhäuser.

Leer es la posibilidad de abandonar las baladas melosas y los textos superficiales para lograr que otro nos preste sus palabras (que son de todos), para cantarle a la esposa con el Libro en la mano:

Tus dos pechos, como gemelos de gacela,
Que se apacientan entre lirios.
Hasta que apunte el día y huyan las sombra,
Me iré al monte de la mirra,
Y al collado del incienso.
Toda tú eres hermosa, amiga mía,
Y en ti no hay mancha.

Descubrir que todos los libros son un solo libro, pues se puede pasar del Cantar de los Cantares a los versos de Piedra de Sol:

amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, se encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado

Salir del ruido y regresar a la conversación, invitar a leer, no como una imposición, no como un deber, abrir la puerta de la casa a los seres queridos, invitarlos a dialogar.

Tengo hermanos menores, jamás les he dicho que tienen que leer la Odisea porque a mí me gustó, tampoco que es su obligación leerla porque es un clásico, ni porque los hará mejores... Lo que sí he hecho, con una copa de ron entre nosotros, es conversar, compartirle la infinita tristeza que sentí en el Tártaro, sin la posibilidad de abrazar a mi madre muerta o la melancolía que a veces me despierta ya en Itaca, la culpa de haber renunciado a Circe. Me ganó la arrogancia -le conté uno de esos días a mi hermano- de no haber presumido mi nombre al cíclope; hace veinte años que hubiera llegado a casa.

Esto es una profesión de fe, la búsqueda por recuperar la conversación.

Escribo: Estoy buscando al otro, tengo algo que decirle: Léeme.

(1) Bloom, Harold. Cómo leer y por qué. Editorial Anagrama, Colección Argumentos. Barcelona, 2000, p. 13
(2) Paz, Octavio. Miscelánea I. Primeros escritos. Obras completas, Tomo 13. Fondo de Cultura Económica, México, 1999, “Divagaciones en torno al lector”, p. 351.



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