Hacer
una película como un suspiro y en ese suspirar llorar y reír
incrementando paso a paso y suavemente la tensión del impulso
vital; pasar de la oscuridad inicial de la sala a un único, luminoso
instante de oscuridad final; y que el puente de imágenes por
el que cruzamos de una a otra nos haga más leves, posando la
inteligencia en brazos de la emoción y llevando la emoción
al umbral de la más encendida desnudez: esto es lo que sucede
en Melinda y Melinda, tal vez esa obra maestra que,
como el mismo Woody Allen ha reconocido en varias ocasiones, no había
logrado hasta ahora.
En escena los conflictos sentimentales, la desesperación en la
ruptura y la ilusión del inesperado encuentro, las afinidades
sorprendidas, la desapasionada costumbre, es decir, aquellas cuestiones
que el director, film tras film, ha rodeado desde ángulos distintos
procurando la búsqueda del sentido, de ese sentido falto a las
clases medias occidentales, perplejas ante la confusión sentimental
en la que se desenvuelve una vida de pequeñas y grandes tragedias
e interrogantes eternamente postergados.
Melinda
y Melinda encuentra el sentido, no como un lema expresable,
sino en el ejercicio de su maestría artística. Cabría
preguntarse cuál de las dos lo encuentra, si la Melinda trágica
o la Melinda cómica. Y extendernos sobre la vieja cuestión
de si no hay acaso comedia en la tragedia, tragedia en la comedia. Sospechamos
que Allen se ha estado planteando a lo largo de su obra, de un modo
tal vez no muy evidente, la pregunta acerca de la esencia de la comedia,
y es probable que este aspecto nos haya pasado inadvertido a los espectadores.
En el presente film nos transmite lo que ha logrado saber sobre esa
esencia, descubrimiento de naturaleza artística indisolublemente
asociado a la noción de sentido.
No
es posible desvelar el hilo conductor de la trama sin privar al futuro
espectador de uno de los mayores alicientes del film, por lo que nos
abstendremos de comentarlo. Se puede señalar, no obstante, que
en Melinda se emplea una serie de técnicas de las que ha hecho
uso el director en anteriores películas, si bien no de un modo
tan suelto, con tan suave transición y tan a tiempo,
que logren imprimir al conjunto su naturalidad característica.
El espectador entra en el juego de la verosimilitud con una historia
que habla a su vez de dos historias, en las cuales un elemento mágico
—que nos es familiar desde la infancia— produce el giro
imprevisto del destino; la supuesta intervención del deus
ex machina hace humorístico acto de presencia; el flashback
se insinúa en la mente del espectador y cuando esperamos casi
por instinto las escenas del pasado porque el clima general parece conducir
a ellas, se omiten, lo cual refleja tal vez con mayor exactitud la impresión
que dejan los hechos en la memoria con el paso del tiempo: un logro
magistral.
Junto al Bach más intimista del clave bien temperado, el jazz,
que nos retrotrae a la época dorada de Hollywood, la de las grandes
comedias, ya no es nostalgia o cita como sucediera en otras películas
de Allen, sino que se entrelaza con el film prestándole apoyo
ambiental a la vez que obtiene en él su propia revitalización.
Observando con cierta perspectiva el planteamiento argumental, hay momentos
en que, salvando las distancias, parece como si estuviéramos
presenciando una película heredera de Frank Capra, con la diferencia
de que Woody Allen bromea en serio sobre el más allá,
pero encuentra un valor intrínseco a la vida. ¿Dónde?
No se sabe, pero está ahí.
La
interpretación de la actriz principal, Radha Mitchell, es formidable
y el resto del reparto no le va a la zaga. El ritmo carece de interrupciones,
el final tiene una fuerza tremenda, mas sin violencia y sin desconcertarnos
salvo lo justo para comprender… Todo aquello que Woody Allen ha
ensayado y buscado en películas anteriores encaja en ésta
a la perfección, tanto desde el punto de vista técnico
como del referencial. Y aún así, la película da
más.
Melinda y Melinda es un gran film, el de un director
que ha seguido fiel a su propia línea, con breves ex cursos,
buscando ininterrumpidamente perfeccionarla. Pero además, hay
en ella una sabia visión integradora del caos, por completo inédita
hasta para los incondicionales del director y a la vez muy antigua.
Después de verla uno tiene la sensación de haber comprendido
la belleza de la vida en su más hondo y lúdico sentido;
y luego de muchas emociones, llantos, desesperación, ansiedad,
amor y risas, nos hace partícipes en el recuerdo de una hermosa
y misteriosa serenidad.
