PABLO
GAMBA

La utopía postmórtem de Rosa Fuguet * 
 

Lo primero que recordó Rosa en el bar de la fiesta de despedida que le hicieron a Carlos fue la capa de chocolate negro y la otra franja, roja, de un dulce que sabía a fresas. Luego imaginó la mano que en algún momento trazó las siglas sobre la línea divisoria entre los campos rojo y negro: "BUS-FMR", en crema pastelera. El resto de la escena fue reapareciendo progresivamente alrededor de la torta en su relato: la bandeja dentro de la caja de cartón; la tapa del mismo material, que acababa de ser retirada para descubrir el contenido de la caja; el escritorio del Centro de Estudiantes; Laura y Silvia, que para entonces seguían siendo fieles seguidoras de la barba rubia y los ojos azules de Carlos –"¡Sorpresa!", Silvia dijo "Chan-chán" y "¡Sorpresa!", antes de descubrir la torta–; el propio homenajeado, Carlos –"¡Guau, no lo puedo creer!"– y Rosa menos, aun cuando esta vez no se trataba de un producto de su imaginación sino de una escena que vio con sus propios ojos... y con sus propios oídos también, porque enseguida Radio Habana Cuba comenzó a transmitir en vivo uno de los grandes éxitos que el primer showman y mandatario del país solía interpretar en el programa Telegobierno, que se transmitía todos los domingos.

—¿Qué canción es esa? –preguntó Salvador.
—¡Coño, camarada! –exclamó José Luis–. El himno zamorano: Gelatina, temblad.
—Oligarcas, temblad –corrigió Carlos.
—Es verdad, perdón: "Oligarcas, temblad como gelatina aun cuando seáis indiferentes".

El termostato de Rosa se disparó de inmediato. Pero en ese momento era realmente incapaz de decir cosa alguna y sólo alcanzó a dirigir una mirada fulminante a José Luis, quien captó el mensaje e hizo silencio de inmediato. Sin habla quedaron también los demás, hasta que Silvia decidió continuar adelante con la ceremonia.
Sacó de su bolso un libro y se lo dio a Carlos.

—Este es un regalo de Laura y yo.
—¡Guerras del siglo XXI! Oh, gracias, gracias.

Carlos dio un fuerte abrazo a Silvia, que fue cálidamente correspondido, y después otro a Laura, de similar intensidad y tórrida respuesta.

—¡Que se besen!, ¡que se besen! –comenzó a canturrear bajito José Luis, marcando el ritmo con palmadas. Supongo que en ese momento Rosa quiso lanzarse sobre él y darle una paliza, pero lo más probable es que, además de muda, hubiera quedado paralizada por la escena, porque José Luis no mostraba señales de haber sufrido violencia física dos días después, cuando nos reunimos los tres en el bar.

Rosa recordó una vez más la capa de chocolate negro y la otra franja, roja, hecha con un dulce que sabía a fresas. Luego imaginó a los tipos que, en la pastelería, habían trazado las siglas, sobre la línea divisoria entre los dos campos: "BUS-FMR". Y después vio a Carlos, quien le tendió una mano y dijo:

—Vamos entonces, tú y yo.

Rosa frunció el ceño, cerró los ojos y agitó levemente su cabeza, pero cuando los abrió de nuevo, la mano todavía estaba allí y ella misma había dado un paso al frente y extendido también una mano hacia la otra, como si alguien más estuviera ocupando su lugar e hiciera ese gesto por ella. Los dedos se entrelazaron –la mirada de esa otra Rosa, para no poco asombro de la primera, parecía embelesada por la barba y los ojos de Carlos, sin reparar en la barriga, que solía ser motivo de reflexión para la primera– y, de un tirón, la chica fue arrancada del Centro de Estudiantes.

En el autobús, la caricia de la brisa en el rostro reconcilió a la primera Rosa con la felicidad de la segunda, aunque no del todo con la alegría de los estudiantes que la rodeaban. Casi todos ellos habían sacado los brazos por las ventanas, y cantaban y se acompañaban con sonoras palmadas que le daban a la carrocería. Rosa se volvió hacia Carlos, quien compartía asiento con ella, y no sólo se sorprendió al ver que la expresión de su rostro era de una felicidad búdica sino además al sentir, con casi total certeza, que el brillo de sus ojos y su sonrisa eran inspirados también por ella. Un mecanismo de funcionamiento parecido a su termostato se activó entonces y la hizo estrechar su cuerpo contra la cuantiosa humanidad de su compañero. Rosa reclinó dulcemente su cabeza sobre el pecho de Carlos y sintió que se unía a algo grande y fuerte, aunque un tanto esponjoso.

Pero de inmediato frunció el ceño, cerró los ojos y sacudió levemente la cabeza, con un movimiento que fue acompañado, como siempre, por el de la hueste rebelde de sus trenzas. Luego, enfocó los binoculares de su padre sobre la edificación que, sin la ayuda de ellos, era apenas una mancha de colores brillantes, vista desde la ventana de su cuarto. La bandera roja y negra ondeaba junto al tricolor nacional, lo cual le produjo una sensación que hubiera sido perfecta para abortar un ataque de hipo. Esa misma reacción la obligó, sin embargo, a echar un vistazo alrededor. No pudo percibir signo alguno de cambio social, apenas una mujer que colgaba a secar una ropa recién lavada, y dos jóvenes que estaban encima de un techo, ocultos detrás de un tanque de agua, uno de los cuales llevaba una pistola en la mano y apuntaba para disparar hacia un lugar que Rosa no pudo distinguir.

Quizás por eso, cuando bajaron del autobús e iniciaron la marcha, divididos en dos columnas, como si se tratara de pelotones militares, Rosa sintió que algo dentro de ella había comenzado a perder el entusiasmo. De todos modos, se consoló al pensar que su papel consistía en acompañar a los revolucionarios hasta cierto punto, hasta una de esas fronteras invisibles que están muy claramente trazadas en la ciudad, y marcan el comienzo de la urbe de escaleras y viviendas rústicas a la cual había entrado solamente una vez en su vida, en un intercambio de su colegio de monjas con una escuela de Fe y Alegría. Se dio ánimos con la idea de que, al llegar a ese lugar, simplemente se detendría y, con los pies justo al borde de la raya que sobre el suelo estaba seguramente allí trazada, se inclinaría un poco hacia Carlos para darle el fuerte abrazo que sus facultades racionales no podrían en ese momento negarle, e inmediatamente después lo vería desvanecerse por completo en el aire, devorado por la burbuja que mantenía estrictamente separados el más allá del siempre invocado futuro, que pertenece al pueblo, y el más acá de nuestro desordenado presente, que tiene pocos dueños. Pero...

—Vamos entonces, tú y yo –repitió él en ese momento, todavía visible desde el otro lado de la barrera transparente, y extendió una mano hacia Rosa, que ella, sin saber por qué razón, inspiración o desvarío, tomó una vez más y que comenzó a guiar sus vacilantes pasos hacia el lugar donde las escaleras comenzaban a trepar cerro arriba.

Jadeando llegó con la columna al TOSU por la falta de costumbre de subir escaleras, aunque una multitud los estuvo aupando a lo largo de todo aquel breve ascenso, y a cada rato les ofrecían agua, refrescos, limonada y hasta café. Los niños les hacían fiestas y les cantaban. Tampoco faltaron los muchachos más grandes que le echaban broma a aquellos jóvenes de su misma edad, al ver lo perdidos que se sentían muchos al entrar por primera vez a un barrio, ni otros que le silbaran a las chicas, y les dijeran piropos y cosas por el estilo, que Rosa aceptó con tímidas sonrisas.

El TOSU se parecía mucho a una escuela, y en realidad eso era, incluido el patio con tableros de baloncesto, postes para colgar la malla del voleybol y altavoces. Allí se celebró la ceremonia de bienvenida.

—Los cadáveres que durante tantos años plantamos han comenzado a florecer –dijo un oficial del Ejército desde el improvisado podio a los estudiantes de la brigada, que formaban una larga fila en el patio, uniformados con botas, pantalones verde oliva y franelas rojas que llevaban estampada la bandera brigadista sobre el pecho. Frente a ellos estaban formados alrededor de 20 voluntarios cubanos. Médicos, alfabetizadores, ingenieros, promotores culturales, poetas... era difícil identificar la especialidad de cada uno, porque todos llevaban puesto un uniforme bastante similar al de los estudiantes, con franelas que lucían en cambio la efigie del Che y decían: "Cuba exporta solidaridad". Dos pioneros del barrio, un niño y una niña, ataviados con pantaloncitos azules, camisas blancas y un pañuelo rojo al cuello, cruzaron la fila de los cubanos y caminaron hacia los estudiantes con cestas llenas de flores, frutas y dulces criollos en las manos. Tras ellos avanzaron dos chicas de largas cabelleras, sandalias, y vaporosos vestidos blancos, que bien pudieran haber sido las animadoras de un tercer festival de Woodstock en el Estadio Nacional de Chile. Silvia y Laura –¿eran Laura y Silvia de verdad?– comenzaron a cantar:

Sé qué hay en tus ojos con sólo mirar,
que estás cansado de andar y de andar
y caminar girando siempre en un lugar.

El coro de cubanos y algunos estudiantes se unieron en la segunda estrofa:

Sé que las ventanas se pueden abrir,
cambiar el aire depende de ti,
te ayudará, vale la pena una vez más.

Antes del estribillo aparecieron por una puerta lateral los tres integrantes de un grupo musical del barrio, quienes caminaron coreográficamente en dos filas hacia el centro del patio del TOSU tocando guitarra, cuatro y maracas a su paso. El coro dijo:

Saber que se puede, querer que se pueda,
quitarse los miedos, sacarlos afuera.
Pintarse la cara color esperanza,
tentar al futuro con el corazón.

Los binoculares resbalaron de las manos agarrotadas de Rosa y quedaron colgando de su cuello. Sus lentes de montura dorada, que tan hermoso contraste hacen con su piel, acompañaron con un leve movimiento el desconcierto de su rostro. Preocupada se agitó también la trenza que suele pender en rebeldía frente a los cristales.

—¿Por qué la objetividad se parece tanto al pesimismo? –me había preguntado en el bar, angustiada, antes de que llegara José Luis.

Cuando logró sobreponerse del autoprovocado shock, y mientras buscaba qué ponerse en el clóset, Rosa pensó que el gordo Carlos, con su acto de fe comprometida, se había despedido de muchas cosas que constituían gran parte de su vida y les había dado la espalda, ¿para siempre? ¿Se puede dejar todo atrás, y cambiar la vida de una buena vez y para siempre? Rosa volvió a ver con su imaginación la habitación que acababa de dejar atrás en su camino hacia el baño: los binoculares que había agregado al montón de libros y papeles en perpetuo desorden sobre su escritorio; la huella que dejó sobre las sábanas, cuando se levantó de la cama, sobre la cual se había sentado un momento; la puerta del clóset, no del todo cerrada, y las perchas que en él quedaron libres de la ropa que llevaba en sus manos; el imperceptible rastro que habían dejado sus pies descalzos sobre la alfombra... Pensó también en su padre, en las tantas veces que había desaparecido en plena madrugada, y en su madre y en ella misma, de quienes una y otra vez él se había despedido con rápidos besos de culpa, para permanecer ausente durante días enteros dedicados a las actividades del partido. Recordó el día en que su madre tomó la decisión de ser fiel a su propio destino e igualmente dio la espalda al hogar, que en buena medida ella sola había construido; al apartamento que había pagado con su dinero y que puso a nombre de Rosa cuando se divorció... Todas esas grandes y pequeñas despedidas, ¿revelarán algo acerca de ese otro gran día, en el que tendremos que decirle adiós a todo para siempre?

Rosa había meditado muchas veces acerca de lo que podía ocurrir después de la muerte, bien sea por una causa noble como la de Carlos o por un resbalón en la ducha, atragantamiento con un hueso de pollo o una semilla, etcétera. Dos cosas estaban claras para ella: la primera, que no cabía esperar, razonablemente, que existiera un cielo o cualquier otro mundo más allá de este. Sin embargo, tenía la certeza de que morir consistía en una especie de descoordinación entre el cuerpo, que por una razón u otra dejaba de funcionar, y eso otro que somos cuando pensamos, sentimos, imaginamos, queremos o no queremos, etcétera, llámese espíritu, alma, mente, fantasma o lo que sea. Estaba de acuerdo, además, con Miguel de Unamuno: nos es imposible concebirnos como no existentes. En consecuencia, pensaba que morir debería ser algo instantáneo y completamente indoloro –la muerte en sí, no la agonía–, que básicamente significaba el fin de la comunicación entre el cuerpo y aquello otro, fuera lo que fuera. ¿Qué ocurría después? Al principio, seguramente, un gran anonadamiento por lo sorpresivo y radicalmente distinto de la nueva situación, sobre todo para la mayoría de las personas, que probablemente no han meditado con suficiente detenimiento y profundidad acerca del problema. Y después... Bueno, Rosa había vivido algunas de las llamadas grandes experiencias de la vida: hacer el amor por primera vez; una operación de emergencia por el apéndice; a su padre lo secuestró la policía, estuvo desaparecido y lo torturaron hasta casi matarlo; su madre se divorció de él, y no de una manera amistosa... Sabía que, cuando esas cosas pasaban, además del dolor de las heridas, las correspondientes cicatrices, el sufrimiento emocional o la alegría del amor, no quedaba mucho más. Así que, pensaba, lo más probable es que, después de morir, permanezcamos por ahí, flotando alrededor de nuestra casa, de nuestro trabajo, de la universidad, de las personas que siempre estuvieron cerca de nosotros, y seamos para los demás algo próximo pero a la vez imperceptible, como todos aquellos pequeños desórdenes que vamos dejando a nuestro paso.

En ese sentido, había filosofado Rosa, nuestro tránsito por el mundo traza el destino de cada cual en esa otra vida eterna que nos está destinada. Si el horizonte de nuestras posibilidades estuvo limitado a ir de la casa al trabajo y del trabajo a la casa por un salario risible, lo más probable es que después de muertos continuemos yendo a la oficina, a la fábrica o a los puestos de los buhoneros en la calle, para ver cómo siguen las cosas y cómo les va a las personas que durante tanto tiempo nos acompañaron, y regresaremos de noche al que fue nuestro hogar, para continuar con nuestros ojos puestos en los hijos y vigilando a nuestro marido –¿cuánto tiempo tardará en conseguir otra mujer?; ¿o es que ya tenía otra?; ¿cómo hará con ella el amor?–. Pero pronto descubriremos, también, que nuestra nueva situación ofrece muchas alternativas que antes no teníamos: podemos ir detrás de esa amiga nuestra que se levantó al tipo que siempre nos había gustado, y colarnos en su habitación, y sentarnos junto a su cama en una silla, y masturbarnos cada vez que ellos hagan el amor, o introducirnos sin que se dé cuenta en la mente de él y hacer que se masturbe mientras imagina que está dentro de nosotras o que se lo chupamos...

Con estos pensamientos se entretuvo Rosa, según me dijo, mientras se daba una ducha muy caliente, antes de salir a reunirse con José Luis y conmigo en el bar. Por eso, continuó meditando mientras se secaba, es importante tener acceso a experiencias que expandan nuestros horizontes en esta y en la otra vida. Porque, si uno ha tenido la oportunidad, no sólo de conocer y anhelar esos placeres sino también otros, más elevados, es muy posible que, al darse cuenta de que está muerto, se ponga muy contento, y corra de inmediato al aeropuerto, y se monte en el primer avión que salga para Alemania, y vaya a la universidad y se meta en una clase de Habermas –si no sabes alemán, podemos dedicarle todo el tiempo del mundo a aprender y, si Habermas se muere antes de que uno logre entender lo que dice en su idioma, lo perseguiremos también en la muerte hasta encontrarlo, para hablar con él a perpetuidad–. También podremos ir al cine en Nueva York o al video-club, para ver las películas que siempre quisimos ver y todas las nuevas que valgan la pena, o pasarnos el día entero revisando y escuchando CD en una discotienda. Rosa se había enamorado de una enorme, en Caracas, no sólo porque solía estar ambientada con música que siempre le gustaba y porque permitían escuchar los discos antes de comprarlos, sino por un verdadero amor hacia la arquitectura del establecimiento, su iluminación, la agradable atmósfera del aire acondicionado, y pensó que su fantasma muy bien podría pasarse la otra vida entera revoloteando por ese local, que tenía música suficiente para escuchar durante siglos, especialmente de noche, cuando los vivos se marchan y comienzan las horas más felices de las almas que, vaya usted a saber en comparación con qué, llaman "en pena".

Yo traté de contener la tos que mi terco intento por seguir el ejemplo de mi jefe y convertirme en aficionado a los habanos solía causarme. Cuando pude hablar, dije:

—Creo que la infografía de la torta terminó siendo mucho más acertada de lo que supones, Rosa.
—¿En qué sentido? –se entrometió José Luis.
—Yo también tengo revelaciones que hacer en el programa de hoy –continué–. Estoy casi 100% seguro de que Carlos en realidad no fue al teatro ese social, urbano, solidario, de liberación nacional, como se llame...
—¿Por qué dices eso? –preguntó Rosa.
—Porque lo he estado viendo con cierta regularidad en estos días, merodeando por la oficina que tiene la compañía de su abuelo, en la cual trabaja toda su familia, y que queda en el mismo edificio donde está la agencia. Lo vi también una noche en Las Mercedes. Al salir de la oficina me topé en la calle con Carlos, que andaba montado en su jeep, en compañía de dos chicas que no eran exactamente de esas que encargan torticas, dan regalitos y se dejan despedir con un besito en la mano, mientras les da vuelta y vuelta en la cabeza el mismo casete de "Color esperanza". Éstas eran de las que requieren mucho fogueo en esa liga para poder montarlas así en el jeep, como reinas de Carnaval. Y tiene que haber una contradicción antagónica irresoluble entre esa vida y la otra, la del compromiso, creo yo.
—Es decir, que lo de "patria libre o morir"...

Con un "no" de la cabeza respondí al comentario de José Luis.

—"Hasta la victoria siempre, venceremos"...
—Tampoco.
—"Juntos como hermanos, miembros de una Iglesia"...
—Cállate, Kaczynski –dijo Rosa.
—No callaré jamás. El silencio no es una mercancía.

 
* Capítulo de la novela inédita Pez en el aire.


Pablo Gamba
Venezuela

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