El hombre que dormía con las palabras
Marcos Vieytes
 
Ser poeta hasta el punto de dejar de serlo.
Poemas en prosa, pag. 91
 

Murió mi eternidad y estoy velándola es, no solamente, un vistoso verso final sino también el corolario a la suma de muertes cotidianas de la que se va poblando nuestra vida. Como el ronroneo de un gato o el de un motor afinado, la violencia de las horas impone la poderosa rusticidad de su sonido. César Vallejo, viudo de sus hijos políticos, la escuchó como pocos y hasta la última sílaba del último verso del último de sus poemas póstumos, dictado ya durante la lactancia de su muerte.

Así podríamos seguir, en un remedo de la escritura automática de los surrealistas, redactando asombros interminablemente después de leer cualquier libro de Vallejo, incluso estos dos que datan de la segunda mitad de la década del 30 y no ostentan la celebridad de Trilce o la difusión de España, aparta de mí este cáliz.

Si es cierto que cuando transcribí el verso que inicia esta reseña, pensé en aquel otro de Pavese en el que identificaba la venida de la muerte con la de los ojos amados, lejos están estos poemas en prosa de la tensa fatalidad misógina del italiano. Aunque los heraldos negros escogieron a Vallejo como portador de sus agorerías desde el primero de sus poemarios, jamás se resignó a ser un mero recitador de parlamentos velatorios. De allí viene el juego de exabruptos formales que practicó para dinamitar las convenciones semánticas cristalizadas en el lenguaje, y que en un verso como este

el tiempo tiene hun miedo ciempiés a los relojes

le debe menos al ingenio que al humano temor por el final, manifestado en la mullida y aún no mutilada 'h' que intenta atemperar el filo asesino de la vocal, y en La muerte de la muerte, título de uno de sus poemas en prosa. Vecino del verso anterior es este otro

todo el médano aciago y faraónico

en el que, mediante una hipálage anacrónica, una sustancia atemporal como la arena adquiere las características humanas del paisaje sin resignar, empero, un grano de su innumerable anonimato. Esta asignación vital la extiende Vallejo también al hombre neutralizado por la técnica. Por eso hablará del derecho animal de la pareja y describirá al filósofo en el momento de sorprender una verdad como una bestia completa. Toda su poesía cumple con un ademán extemporáneo a la vez que emocional, sin ser nunca elitista ni sentimental.

En los dos libritos –Poemas en prosa y Contra el secreto profesional- y en el anexo escrito por su esposa Georgette -Apuntes biográficos- que integran este volumen, hay unas cuantas virtudes heterodoxas dignas de mención, de las cuales citaré tres, una por cada libro.

La primera tiene que ver con el título del primero de ellos, pues de los 19 textos que lo componen, la tercera parte son poemas escritos en verso y no en prosa. La segunda es una sucinta teoría del actor-autor cinematográfico que toma a Chaplin como ejemplo y promueve la preponderancia autoral de los actores, hoy evidente en las películas que Adam Sandler protagoniza y que denotan una puesta en escena homogénea, e independiente de los directores rotativos que la ejecutan. La tercera consiste en la revelación de las ambiciones políticas de Neruda y el papel ornamental que éste habría jugado durante la guerra civil española. Si fue o no fue así, termina importándonos menos en este contexto –quizás porque, literariamente, es más la relevancia del peruano- que la sabrosa escritura de la mujer de Vallejo, quien hace atractivo lo que mal podría ser un soporífero resumen cronológico.


Poemas en prosa. Contra el secreto profesional. César Vallejo. Editorial Laia, Barcelona, 1977.


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