El loto en llamas
Marcos Vieytes
 

Si es cierto que el acto de la escritura no es transparente sino opaco, problemático, incluso impenetrable de tan concreto, no es menos cierto que Yasunari Kawabata hace de esa cuestión algo tan imperceptible y elegante como el trazo de sus paisanos calígrafos. Con esto no quiero decir que al autor no le haya costado la confección del libro. Parece, más bien, como si hubiera borrado los rastros de tales dificultades. Vale decir que a nosotros tampoco nos cuesta en lo más mínimo leerlo.

No obstante, la sola enumeración de los hechos puede espantar al buscador de liviandades. Un hombre casado con aspiraciones de escritor seduce a una joven, la embaraza y la abandona para no verla durante veinte años. En el transcurso del tiempo, él alcanza la fama novelando esa historia mientras ella intenta suicidarse, pierde al niño, es internada en un psiquiátrico, se recupera, logra notoriedad con sus pinturas y convive con una alumna y amante tan inestable como talentosa. Aunque todo eso haya pasado antes de iniciarse la novela, durante su transcurso no se disipa la amenaza de nuevas desgracias ni el peso de los remordimientos.

El argumento es deliberadamente melodramático y cargado de situaciones extremas, como si el autor se hubiera impuesto la tarea de lograr que el peso de tales acontecimientos no le impidiera desplegar la leve maestría de su estilo. Con todo, el resultado no es un mero ejercicio de pericia literaria. En el recuerdo, la tercera persona ondulante del relato adquiere los rostros cambiantes del novelista, la pintora y su discípula de modo tal que es imposible desprendernos de cada una de esas identidades. Con inquietud, nos damos cuenta de que somos quiénes somos y también cada uno de ellos, coautores de monstruosidades tan increíbles al oído como ineludibles mientras duren nuestras vidas.

Los títulos de la novela y sus secciones –Primavera temprana, Un cielo cargado de lluvia, Mechones de pelo negro- participan de esa exquisita belleza que sólo la literatura clásica japonesa no hace parecer trivial. Los objetos –campanas, templos, cuadros- y parajes de Kyoto y de Yokohama en los que los protagonistas se detienen -y a los que regresan una y otra vez como peregrinos- están poblados de esa ausencia majestuosa, propia de la naturaleza, a la que el hombre inquiere por el significado de su condición cuando desespera. Sin embargo, no campea jamás el patetismo ni la pose artificial del existencialista angustiado, pues la distancia que Kawabata impone -entre el narrador y los personajes- durante los fragmentos más intensos de la novela evita la inmediata identificación sentimental o la reacción compasiva.

El final parece abrupto, pero no lo es. Si la vida es un ciclo interminable de iniquidades y desencuentros –y tal concepción parece desprenderse de esta novela, pero como la hoja liviana de un árbol otoñando- dos cortes transversales efectuados sobre su materia permitirán la extracción de un segmento que contendrá las venturas y desventuras propias de toda existencia. Lo fundamental, entonces, no serán los argumentos que habiten dicho extracto, sino la destreza manifiesta en la disección del mismo.


Lo bello y lo triste. Yasunari Kawabata. Ultramar ediciones, Madrid, 1979.


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