Punto de partida
Marcos Vieytes
 
“Para James, el examen de un fragmento cualquiera de
realidad es siempre un punto de partida: de lo manifiesto
pasa a lo implícito, de los gestos a las actitudes morales
y emotivas que pueden inspirarlos, de los monumentos
visibles de una cultura a la calidad peculiar de la vida que
en ellos ha cristalizado.”

El laberinto de la apariencia
, pág. 18

En la crítica –literaria- a un libro de crítica –cinematográfica- del crítico español Jaime Pena, el crítico argentino de cine Diego Trerotola escribió lo que sigue: 'Su gran mérito está en que si bien es un esmerado formalista, nunca cae en la aridez enumerativa ni se queda varado en un bosque de detalles técnicos. Esta atención a la forma puede servir como un haz de guía para los críticos que imponen el adjetivo fácil y la mirada calificadora al análisis preciso y la reflexión lúcida.'

No sé con exactitud la razón, pero en cuanto terminé de leer este fragmento pensé en El laberinto de la apariencia. Quizás porque, al fin y al cabo, ese también es un libro de crítica literaria o tal vez porque Cozarinsky es un cineasta que sabe hacer crítica cuando filma. Lo cierto es que le aplican todos y cada uno de los elogios previos. Me animo a añadir otro: después de leer este ensayo los ojos nos exigen releer a Henry James, y ello es mérito exclusivo del autor. Y digo releer en vez de simplemente leerlo porque uno pregusta los nuevos horizontes de sentido que sólo en la relectura puede otear una mirada que ya no es virgen.

En la primera parte –La elaboración de la ambigüedad- Cozarinsky analiza el complejo universo de James tomando breves segmentos semánticos de uno de sus cuentos. En la segunda parte –La imaginación simbólica y la tradición norteamericana- lo hace dialogar con su entorno poético y teológico. En ambas el análisis, aunque intenso y comprimido, no es tortuoso ni siquiera para un lector que sólo haya tenido entre sus manos Los papeles de Aspern y Otra vuelta de tuerca en alguno que otro doble volumen mal tipografiado y peor traducido. Huelga decir que tampoco es ingenuamente didáctico.

Más cerca del sueño y de la pesadilla –y por ello de la realidad- que de la razonada vigi-lia, la prosa de Henry James tiene el don de la analogía al que tiende toda experiencia religiosa o poética. Como ellas, intuye la realidad por medio de símbolos y su órgano de conocimiento es la imaginación. Esa fe estética –hija bastarda de la fe religiosa de su padre sacerdote- en la experiencia humana y en el valor de su representación, sería la piedra fundamental de esa vasta arquitectura narrativa que mantiene la tensión necesaria para continuar en pie sin envejecer a pesar de su extensión, y que no cae jamás en el pecado de alegoría.

Si la crítica también recorriera un camino que la vinculase lo más fraternalmente posible a la poesía en la génesis de su razonar, la usual descripción de argumentos o afirmación de sentencias valorativas, cedería lugar a una (re)escritura original –no precisamente descriptiva- de la película o del libro en cuestión.

Y esto que acabo de escribir es la razón por la que vinculé el fragmento citado al comienzo de esta reseña con el libro de Cozarinsky. Recuerdo que cuando lo leí por primera vez redacté, casi inmediatamente, el párrafo anterior en una de las hojas finales del ejemplar. Rescato ese impulso –independientemente del magro resultado a la vista- porque El laberinto de la apariencia es una invitación a la escritura de las manos o a esa reescritura continua de los ojos que es la lectura.


El laberinto de la apariencia. Edgardo Cozarinsky. Edit. Losada S. A., Bs. As.,1964.

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