La seguridad de los objetos
Mauricio Mex Faliero

Alex le pregunta a Ariane, su hermana, “¿cómo viste a papá?”. Ariane responde: “en un Volvo y con lentes de marco dorado”. La joven no adjetiva a su padre, pero lo identifica con un par de objetos que en el marco de las disputas internas de las dos Alemanias, la oriental y la occidental, serán fundamentales para dibujarlo desde uno de los lados del Muro como un “cerdo capitalista”.
Alex (Daniel Brühl) y Ariane (María Simón) son hermanos en la ficción de Good bye Lenin!, la película de Wolfgang Becker, en la que una madre ultra comunista sufre un infarto y queda en coma meses antes de la caída del Muro de Berlín en 1989. Tiempo después se recupera, pero con una Alemania unida, hecho que deberá serle ocultado para evitar una recaída en su salud, a decir de los médicos. En el pasado de la familia está la huída del padre al Oeste, donde según los dichos de su esposa, se juntó con otra mujer y nunca volvió. Hecho condenado más como una traición ideológica, que como un desengaño amoroso.

Pero lo significativo de Good bye Lenin! es la parodia reconstructiva que montará el idealista Alex para mantener el espíritu comunista de otrora en el interior de su departamento, lugar al que retornará Christiane, su madre, luego de varios meses de internación. Lo que propone el director entonces es un juego que deja en claro que un sistema, fuere cual fuere, se ve regido por las formas que le confieren sus objetos, en este caso por el diseño capitalista de los muebles que invadió el departamento. Entonces las ideas políticas del film por ejemplo están sugeridas mediante marcas de gaseosas o de pepinos. Y una bandera de Coca-Cola puede significar la caída de una forma de gobierno, sí, pero también de la vida entendida por Christiane.

En este caso, la representación de un sistema político se sostiene por una serie de pragmatismos ideológicos, pero también por sus objetos. O también por la negación de estos mismos, en el caso del comunismo y su resquemor a la producción capitalista. “El oeste nos invade con sus feos productos”, se escucha por ahí. Pero a la vez el comfort que proporcionan y la seguridad de aquellas cosas reconocibles y cercanas son el bálsamo necesario para forjar la identidad, sea esto positivo o negativo.

En un momento determinado, Alex debe conseguir a pedido de su madre un frasco de pepinos que ya no se producen en el Este. Por eso revuelve en los tarros de basura del vecindario para hallarlo, a lo que un viejo camarada del barrio comenta: “mira lo que nos han hecho, ahora buscamos comida en la basura”. El frasco podía ser conseguido en una góndola de supermercado o en un contenedor para los residuos, no importa si no era el hambre lo que acuciaba a Alex, pero lo que cada objeto simboliza -góndola y tarro de basura- cambia la perspectiva de un mismo hecho. La comodidad de recostarnos en los objetos y sus significados para la formación inconsciente de una realidad.

Por eso cuando Ariane desde su puesto en el Burger King, su trabajo capitalista, vea a su padre en un “Volvo y con lentes de marco dorado” Alex no podrá escapar al prejuicio que conllevan ambos sustantivos.

Los objetos y su tangibilidad; el ver para creer. Good bye Lenin! nos dice que la realidad se puede modificar y alterar, pero sólo será aceptada como verdad cuando esté acorde a la puesta en escena preestablecida por las imágenes que llevamos incorporadas como propias. Alex montará a escalas que sobrepasarán la capacidad de su departamento la Alemania del Este que él hubiera querido. Y si en esta ficción Becker muestra a la vez el fracaso de dicho empirismo, la imposibilidad no descarta que la mentira más cierta es la que termina por subyugar a su propio creador (¿Estamos hablando del cine?). No obstante Alex no es cínico y sabe -y perdonen que vuelva a citar a Sabina-, que “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”.


Good bye Lenin!, Alemania 2003. Dirección: Wolfgang Becker. Guión: Wolfgang Becker y Bernd Lichtenberg. Fotografía: Martín Kukula. Montaje: Peter R. Adam y Tom Tykwer. Dirección de arte: Matthias Klemme. Música original: Yann Tiersen. Intérpretes: Daniel Bruhl (Alex), María Simón (Ariane), Katrin Sab (Christiane), Alexander Bayer (Rainer).

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