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| Al tata, no se le dice no, ternerita | |
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Marcos
Vieytes |
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“A mi, las palabras me cuestan” dice Lucrecia –y detrás de ella el autor-, la protagonista y esclava sexual del juez Bedoya, oligarca de fines del siglo 19, en la primera frase del libro que nos es dado leer. Quien sabe el valor de las palabras conoce su costo y Rivera es uno de esos intelectuales que sabe que no conviene despilfarrarlas, y por ello no utiliza a la literatura para ganar prestigio ni dinero atiborrando de datos históricos al lector sin tomarse siquiera el trabajo de construir personajes con autonomía dramática. Si hay una filiación literaria en la que pueda inscribirse Andrés Rivera, seguramente también debe ser parte de ella Roberto Arlt. El poder como elemento central de las relaciones y el sexo como herramienta de sometimiento hermanan a uno y a otro y atraviesan todos los planos de La Sierva. En ese único juego amoral y desamorado se envuelven los protagonistas de la novela. Con ellos podemos acceder oblicuamente a la naturaleza -en buena medida oculta- del vínculo entre el estado y la ciudadanía en la Argentina de los dos últimos siglos. La línea que da título a esta reseña bien pudo haber sido pronunciada por el señor Canning a cualquier ministro de hacienda –y enriquecido hacendado- latinoamericano de turno. Alfaguara publica al autor desde hace más de una década y aunque sería grato que los precios de sus libros fuesen accesibles para todos, conviene destacar la cómoda edición de estas novelas cortas en un tipo de hoja y un tamaño de letra que facilitan la lectura y el registro de apuntes en esos márgenes vastos que funcionan tal como los baches de silencio propicios a la participación del lector que Rivera se niega a pavimentar con definiciones preconcebidas o verdades de manual de historia. |
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La sierva, Andrés Rivera, 96 páginas, 1999, Edit. Alfaguara |
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