uno
dos
tres
cuatro
cinco
seis - Biombo

I

el amor ocurre siempre más acá de los actos -fuera de campo-: en el antes íntimo de la actitud que los atraviesa, y sólo será posible que lo huelas durante el descanso de la imagen, por entre los poros de la conciencia suspendida


II

la mano derecha ya no escribe a la voz del espectro que vanamente me implora su limosna: ocho fantasmas del japón anterior a occidente lloran su amor encenizado cada vez que el viento del sudeste aflauta su silbido por entre las hojas de un fresno que se muerde los brotes de su pálpito más húmedo: y hay algo que no cuaja: como el horror desarticulado por el paso de la violencia atravesando el sentido, lugosi y la morfina hiriendo la persiana con alfileres como hechizados de luz


III

esa mujer –una de ellas- es esa mujer entre mis manos vecinas de abismos: acontecida mientras muerdo los bordes de su vientre entretenido. Airosa sobre el sueño de las noches de enero -los pechos erguidos, el corazón invalidado- mi mano saborea la consistencia de sus miradas mientras palpa la carne del verano entre la sombra imposible de todos los muslos. Armada contra todo candor: exuberante de estériles victorias enterradas bajo el campo santo de su sexo, marcha como si la noche –húmeda y satisfecha- la violentara indefinidamente. El compás de sus tacos astilla las baldosas y bajo las veredas se espasman las raíces con un orgasmo verde de savia estremecida. La seda de sus miembros es hueco del sentido, un ojo se me asfixia en el centro de la palma y todo cuanto toco con la uña del párpado es apenas despojo de planeta conquistado, o rémora de asomo, o lúcido astro muerto. Después de ella -vale decir, antes de todo- todo será más que lo de ayer: como variaciones de una fuga exquisita, como el sexo donde muere la calumnia


IV

ese vértigo de la posibilidad siempre distinta que en el erotismo se avizora, esa inminencia de la posibilidad siempre otra: advenimiento de lo nuevo en la materia carnal de las palabras, en el cuerpo que la insatisfacción transfigura en ficciones mientras transcurren las mil y una noches que dura el minuto... ese mareo distinguido del espíritu –vertiginoso punto de fuga del ser- parece exigir decepcionarse en la carne o postergarse sin cesar en las infrecuencias del deseo

Marcos Vieytes

© zonamoebius.com 2003-2004