La misteriosa fiamma della regina Loana
(La misteriosa llama de la reina Loana)
fragmentos

Umberto Eco
traducción: Fernando Acevedo

A mediadios de junio, Umberto Eco publicó "La misteriosa fiamma della regina Loana" cuya traducción al castellano está prevista para el próximo año. Les ofrecemos parte del texto de presentación y uno de los dos fragmentos traducidos en exclusiva para Zona Moebius.

Presentación


Esta novela, si bien ilustrada a colores, está dominada por la niebla. En la niebla se despierta Yambo, luego de un accidente que le ha hecho perder la memoria. No la memoria que los neurólogos llaman "semántica" (Yambo recuerda todo acerca de Julio César y sabe recitar todos los poemas que ha leído en su vida), sino la memoria "autobiográfica": ya no sabe el propio nombre, no reconoce a la esposa y a las hijas, no recuerda nada de sus padres ni de su infancia.
Acompañándolo en la lenta recuperación de sí mismo, la esposa lo convence de regresar a la casa de campo donde ha conservado los libros y revistas leídos cuando niño, los cuadernos de escuela, los discos que escuchaba entonces.
(...)


(...)

Me desperté de nuevo. Quizá porque en el sueño me estaba rascando la ingle y el escroto. Sudé bajo las sábanas. ¿Plagas de decúbito? La ingle es húmeda, pero al pasarse las manos en modo demasiado enérgico, luego de la primera sensación de placer violento, se siente una fricción desagradable. Con el escroto es más bonito: se pasa entre los dedos, diría delicadamente, sin llegar a hacer presión en los testículos, y se siente algo granuloso y ligeramente peludo: es bonito rascarse el escroto; no es que la comezón se vaya de inmediato, es más, se hace más fuerte, pero así da más gusto continuar. El placer es la cesación del dolor, pero la comezón no es un dolor, es una invitación a procurarse placer. La comezón de la carne. Al condescender se comete pecado. El joven prevenido se duerme boca arriba con las manos cruzadas sobre el pecho para no cometer actos impuros en el sueño. Extraña cosa, la comezón. Y mis cojones. Eres un cojonudo. Aquél tiene un par de cojones así.
Abrí los ojos. Delante de mí estaba una señora, no jovencísima, más de cincuenta, me pareció, con pequeñas arrugas alrededor de los ojos, pero con un rostro iluminado, aún fresco. Algún mechón blanco, casi imperceptible, como si lo hubiera hecho aclarar a propósito, una coquetería, como diciendo no quiero pasar por una muchachita pero porto bien mis años. Era bella, pero de joven debió haber sido bellísima. Me estaba acariciando la frente.
"Yambo", me dijo.
"¿Iambo quién señora?"
"Tú eres Yambo, así te llaman todos. Y yo soy Paola. Soy tu esposa. ¿Me reconoces?"
"No señora, disculpa, no Paola, lo siento tanto, el doctor te habrá explicado."
"Me lo ha explicado. No sabes lo que te sucedió, pero sabes muy bien lo que le ha pasado a los demás. Como yo formo parte de tu historia personal, ya no sabes que estamos casados desde hace más de treinta años, Yambo mío. Y tenemos dos hijas, Carla y Nicoletta, y tres nietos maravillosos. Carla se casó joven y tuvo dos hijos, Alessandro de cinco años y Luca de tres. Giangio, Giangiacomo, el hijo de Nicoletta, tiene también tres. Primos gemelos, decías tú. Y has sido... eres... serás un abuelo maravilloso. Has sido también un buen padre."
"Y... ¿soy un buen marido?"
Paola alzó los ojos al cielo: "Aquí estamos, ¿no? Digamos que en treinta años de vida hay altas y bajas. Todos te han considerado siempre un hombre guapo..."
"Esta mañana, ayer, hace diez años en el espejo he visto una cara horrenda."
"Con lo que te ha pasado es lo mínimo. Pero has sido, eres un hombre guapo, tienes una sonrisa irresistible y alguna no ha resistido. Ni siquiera tú, decías siempre que se puede resistir a todo, menos a las tentaciones."
"Te pido perdón."
"Eso, como aquellos que tiraban los misiles inteligentes sobre Baghdad y luego se disculpaban si morían algunos civiles."
"¿Los misiles en Baghdad? Eso no está en Las Mil y una Noches."
"Hubo una guerra, la guerra del Golfo, ahora ya terminó, o quizá no. Iraq invadió Kuwait, los países occidentales intervinieron. ¿No recuerdas nada?"
"El doctor dijo que la memoria episódica -aquella que parece que se me fue en tilt- está ligada a las emociones. Quizá los misiles sobre Baghdad fueron una cosa que me emocionó."
"Y cómo. Siempre has sido un pacifista convencido y esta guerra te había puesto bastante en crisis. Hace casi doscientos años Maine de Biran distinguía entre tres tipos de memoria: ideas, sensaciones y costumbres. Tú recuerdas ideas y costumbres pero no las sensaciones, que además han sido las cosas más tuyas."
"¿Cómo haces para saber estas cosas tan bonitas?"
"Trabajo como psicóloga. Pero espera un momento: has dicho apenas que tu memoria episódica se te fue en tilt. ¿Por qué usaste esa expresión?"
"Así se dice."
"Sí, pero es una cosa que sucede con el flipper y tú estás... estabas loco por el flipper, como un niño."
"Sé qué cosa es un flipper. Pero no sé quién soy yo, ¿comprendes? Hay niebla en val Padana. A propósito, ¿dónde estamos?"
"En val Padana. Vivimos en Milán. En los meses de invierno se ve desde nuestra casa la niebla en el parque. Tú vives en Milán y eres librero anticuario, tienes un estudio de libros antiguos."
"La maldición del faraón. Si me apellidaba Bodoni y me bautizaron Giambattista no podía terminar sino de esa manera."
"Terminó de la manera justa. Eres considerado bueno en tu trabajo, no somos millonarios pero vivimos bien. Te ayudaré, te recuperarás poco a poco. Dios mío, si pienso que podías no volver a despertar y estos doctores han sido muy buenos, te atendieron a tiempo. Amor mío, ¿puedo darte la bienvenida? Parece que me conoces por primera vez. Bien, si yo te conociera, ahora, por primera vez, igualmente me casaría contigo. ¿Está bien?"
"Eres muy buena. Te necesito. Eres la única persona que me puede contar mis últimos treinta años."
"Treinta y cinco. Nos encontramos en la universidad, en Turín, estabas por graduarte y yo era la principiante perdida en los pasillos de Palazzo Campana. Te pregunté dónde estaba cierta aula, tú me enganchaste de inmediato y sedujiste a la estudiante indefensa. Luego, una cosa y otra; yo era muy joven, tú pasaste tres años en el exterior. Después vivimos juntos diciendo que era por probar, al final quedé embarazada y nos casamos, pues tú eras un caballero. No, perdona, también porque nos queríamos mucho, y además porque te gustaba convertirte en padre. Ánimo, papá, te haré recordar todo, verás."
"A menos que no sea todo un complot, yo en verdad me llamo Felicino Grimaldelli y soy un ladrón de cajas fuertes, y tú y Gratarolo me están contando un montón de mentiras, yo qué sé, quizá son de los servicios secretos, tienen necesidad de construirme una identidad para enviarme a espiar más allá del Muro de Berlín, Ipcres Files, y..."
"Ya no existe el Muro de Berlín, lo derrumbaron y el imperio soviético está yéndose al carajo..."
"Jesús, te volteas un momento y mira qué cosa te arman. Está bien, bromeaba, me fío. ¿Qué cosa son los stracchini de Broglio?"
"¿Cómo? El stracchino es un queso suave, pero lo llaman así en Piemonte; aquí en Milán se llama crescenza. ¿Por qué hablas de los stracchini?"
"He estado apachurrando el tubo del dentífrico. Espera, había un pintor que se apellidaba Broglio; no lograba sobrevivir con sus cuadros pero no quería trabajar porque decía que tenía la neurosis. Parece que era una excusa para hacerse mantener por la hermana. Finalmente los amigos le encuentran un empleo en una compañía que hacía o vendía quesos. Él pasaba delante de una fila de stracchini, todos envueltos en paquetes de papel encerado semitransparente, y no lograba resistir a la tentación, por vía de la neurosis (decía): los tomaba uno por uno y chiak, los apachurraba haciendo salir el stracchino del paquete. Luego de haber arruinado un centenar de stracchini fue despedido. Todo por culpa de la neurosis, decía que para él sgnaché i strachèn era libidinoso. ¡Por Dios, Paola, pero si esto es un recuerdo de infancia! ¿No había perdido la memoria de mis experiencias pasadas?"
Paola se echó a reír: "Ahora lo recuerdo, perdona. Es cierto, es una cosa que supiste de niño. Pero frecuentemente contabas esta historia, se había convertido en parte de tu repertorio, hacías siempre reír a tus comensales con la historia de los stracchini del pintor, y ellos luego la contaban a otros. Desgraciadamente no estás recordando una experiencia tuya, sabes simplemente una historia que has recitado muchas veces y que, para ti, se ha convertido (¿cómo puedo decirlo?) en un bien público, como la historia de Caperucita Roja."
"Estás siéndome ya indispensable. Estoy contento de tenerte como esposa. Te doy gracias por existir, Paola."
"Dios mío, hace apenas un mes hubieras dicho que era una expresión kitsch de telenovela..."
"Me debes perdonar. No logro decir nada que me venga del corazón. No tengo sentimientos, sólo tengo citas memorables."
"Pobre querido."
"También ésta me parece una frase hecha."
"Cabrón."
Esta Paola me quiere de verdad.
(...)

 
 

(...)

Domingo. "Ve a dar una vuelta," me dijo Paola, "te hace bien. No salgas de las calles que conoces. En plaza Cairoli está aquel puesto con flores que de costumbre permanece abierto aun cuando es día de fiesta. Hazte confeccionar un buen ramo "primavera", o de rosas; esta casa parece un funeral."
Bajé a la plaza Cairoli y el puesto estaba cerrado. Vagué por vía Dante hasta la Cordusio, giré a la derecha hacia la Bolsa y vi que los domingos allí se dan cita los coleccionistas de todo Milán. Por vía Cordusio puestos de timbres postales; a lo largo de toda la vía Armorari viejas postales, estampas; después todo el cruce del Passaggio Centrale ocupado por vendedores de monedas, soldaditos, imágenes sacras, relojes de pulso, incluso tarjetas telefónicas. El coleccionismo es anal, debería saberlo; la gente está lista a coleccionar de todo, hasta tapas de Coca-Cola; en el fondo las tarjetas telefónocas cuestan menos que mis incunables. En plaza Edison, a la izquierda puestos con libros, periódicos, manifiestos publicitarios y, de frente, incluso algunos que venden pacotilla varia, lámparas Liberty, seguramente falsas, bandejas con flores sobre fondo negro, bailarinas de porcelana.
En un puesto había cuatro recipientes cilíndricos, sellados, donde en una solución acuosa (¿formalina?) se encontraban en suspensión siluetas color marfil, ya redondas, ya como frijoles, ligadas por filamentos blanquísimos. Eran criaturas marinas, holoturias, jirones de pulpo, corales desteñidos, y hubieran podido ser incluso el parto morboso de la fantasía teratológica de un artista. ¿Yves Tanguy?
El dueño me explicó que eran testículos: de perro, de gato, de gallo y de otro animal, completos con todo y riñones y esas cosas. "Mire, es cosa de un laboratorio científico del Ochocientos. Uno por cuarenta mil. Sólo los recipientes valen el doble, son cosas que tienen al menos ciento cincuenta años. Cuatro por cuatro dieciséis, le doy todos los cuatro por ciento veinte mil. Una ganga."
Aquellos testículos me fascinaban. Por una vez era algo que no hubiera debido conocer por memoria semántica, como decía Gratarolo, y ni siquiera habían hecho parte de mi experiencia pasada. ¿Quién ha visto testículos de perro, es decir, sin el perro alrededor, al estado puro? Hurgué en mis bolsillos, tenía cuarenta mil en total y en un puesto no puedes pagar con cheque.
"Me llevo los de perro."
"Hace mal en dejar los otros, era una ocasión única."
No se puede tener todo. Regresé a casa con mis bolas de perro y Paola palideció: "Es curioso, parece de verdad una obra de arte, ¿pero dónde lo tenemos? ¿En la sala, donde cada vez que le ofreces a un huésped cacahuates u olivas de Ascoli éste nos vomita la alfombra? ¿En la recámara? Disculpas, no. Lo tendrás en el estudio, quizá al lado de ese bello libro del seiscientos de ciencias naturales."
"Creí haber dado un buen golpe."
"¿Pero te das cuenta que eres el único hombre en el mundo, el único sobre la faz de la tierra de Adán en adelante, al que la esposa lo manda a comprar rosas y regresa a casa con un par de cojones de perro?"
"Al menos es cosa del Guiness de récords. Y además, estoy enfermo."
"Disculpe usted. Estabas loco desde antes. No es por casualidad que pediste un ornitorrinco a tu hermana. Una vez querías meter en casa un flipper de los años sesenta que costaba como un cuadro de Matisse y hacía un ruido infernal."
Pero aquel mercadillo Paola lo conocía ya, es más, dice que yo hubiera debido conocerlo también; una vez había encontrado la primera edición del Gog de Papini, cubiertas originales, intonso, por diez mil liras. Así que el domingo siguiente quiso acompañarme; no se sabe, dijo, me arriesgo a que regreses a casa con testículos de dinosaurio y sea necesario llamar al albañil para ensanchar la puerta y hacerlos entrar.

 

 


Umberto Eco
La misteriosa fiamma della regina Loana
Romanzo illustrato
Bompiani Ed.
ISBN 88-452-1425-7


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