A
mediadios de junio, Umberto Eco publicó "La
misteriosa fiamma della regina Loana" cuya traducción
al castellano está prevista para el próximo año.
Les ofrecemos parte del texto de presentación y uno de los dos
fragmentos traducidos en exclusiva para Zona Moebius.

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Presentación
Esta novela, si bien ilustrada a colores, está dominada
por la niebla. En la niebla se despierta Yambo, luego de un accidente
que le ha hecho perder la memoria. No la memoria que los neurólogos
llaman "semántica" (Yambo recuerda todo acerca
de Julio César y sabe recitar todos los poemas que ha leído
en su vida), sino la memoria "autobiográfica":
ya no sabe el propio nombre, no reconoce a la esposa y a las hijas,
no recuerda nada de sus padres ni de su infancia.
Acompañándolo en la lenta recuperación de
sí mismo, la esposa lo convence de regresar a la casa de
campo donde ha conservado los libros y revistas leídos
cuando niño, los cuadernos de escuela, los discos que escuchaba
entonces.
(...) |
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(...)
Me desperté
de nuevo. Quizá porque en el sueño me estaba rascando
la ingle y el escroto. Sudé bajo las sábanas.
¿Plagas de decúbito? La ingle es húmeda,
pero al pasarse las manos en modo demasiado enérgico, luego
de la primera sensación de placer violento, se siente una
fricción desagradable. Con el escroto es más bonito:
se pasa entre los dedos, diría delicadamente, sin llegar
a hacer presión en los testículos, y se siente algo
granuloso y ligeramente peludo: es bonito rascarse el escroto;
no es que la comezón se vaya de inmediato, es más,
se hace más fuerte, pero así da más gusto
continuar. El placer es la cesación del dolor,
pero la comezón no es un dolor, es una invitación
a procurarse placer. La comezón de la carne. Al
condescender se comete pecado. El joven prevenido se duerme boca
arriba con las manos cruzadas sobre el pecho para no cometer actos
impuros en el sueño. Extraña cosa, la comezón.
Y mis cojones. Eres un cojonudo. Aquél tiene un par
de cojones así.
Abrí los ojos. Delante de mí estaba una señora,
no jovencísima, más de cincuenta, me pareció,
con pequeñas arrugas alrededor de los ojos, pero con un
rostro iluminado, aún fresco. Algún mechón
blanco, casi imperceptible, como si lo hubiera hecho aclarar a
propósito, una coquetería, como diciendo no quiero
pasar por una muchachita pero porto bien mis años. Era
bella, pero de joven debió haber sido bellísima.
Me estaba acariciando la frente.
"Yambo", me dijo.
"¿Iambo quién señora?"
"Tú eres Yambo, así te llaman todos. Y yo soy
Paola. Soy tu esposa. ¿Me reconoces?"
"No señora, disculpa, no Paola, lo siento tanto, el
doctor te habrá explicado."
"Me lo ha explicado. No sabes lo que te sucedió, pero
sabes muy bien lo que le ha pasado a los demás. Como yo
formo parte de tu historia personal, ya no sabes que estamos casados
desde hace más de treinta años, Yambo mío.
Y tenemos dos hijas, Carla y Nicoletta, y tres nietos maravillosos.
Carla se casó joven y tuvo dos hijos, Alessandro de cinco
años y Luca de tres. Giangio, Giangiacomo, el hijo de Nicoletta,
tiene también tres. Primos gemelos, decías tú.
Y has sido... eres... serás un abuelo maravilloso. Has
sido también un buen padre."
"Y... ¿soy un buen marido?"
Paola alzó los ojos al cielo: "Aquí estamos,
¿no? Digamos que en treinta años de vida hay altas
y bajas. Todos te han considerado siempre un hombre guapo..."
"Esta mañana, ayer, hace diez años en el espejo
he visto una cara horrenda."
"Con lo que te ha pasado es lo mínimo. Pero has sido,
eres un hombre guapo, tienes una sonrisa irresistible y alguna
no ha resistido. Ni siquiera tú, decías siempre
que se puede resistir a todo, menos a las tentaciones."
"Te pido perdón."
"Eso, como aquellos que tiraban los misiles inteligentes
sobre Baghdad y luego se disculpaban si morían algunos
civiles."
"¿Los misiles en Baghdad? Eso no está en Las
Mil y una Noches."
"Hubo una guerra, la guerra del Golfo, ahora ya terminó,
o quizá no. Iraq invadió Kuwait, los países
occidentales intervinieron. ¿No recuerdas nada?"
"El doctor dijo que la memoria episódica -aquella
que parece que se me fue en tilt- está ligada a las emociones.
Quizá los misiles sobre Baghdad fueron una cosa que me
emocionó."
"Y cómo. Siempre has sido un pacifista convencido
y esta guerra te había puesto bastante en crisis. Hace
casi doscientos años Maine de Biran distinguía entre
tres tipos de memoria: ideas, sensaciones y costumbres. Tú
recuerdas ideas y costumbres pero no las sensaciones, que además
han sido las cosas más tuyas."
"¿Cómo haces para saber estas cosas tan bonitas?"
"Trabajo como psicóloga. Pero espera un momento: has
dicho apenas que tu memoria episódica se te fue en tilt.
¿Por qué usaste esa expresión?"
"Así se dice."
"Sí, pero es una cosa que sucede con el flipper y
tú estás... estabas loco por el flipper, como un
niño."
"Sé qué cosa es un flipper. Pero no sé
quién soy yo, ¿comprendes? Hay niebla en val Padana.
A propósito, ¿dónde estamos?"
"En val Padana. Vivimos en Milán. En los meses de
invierno se ve desde nuestra casa la niebla en el parque. Tú
vives en Milán y eres librero anticuario, tienes un estudio
de libros antiguos."
"La maldición del faraón. Si me apellidaba
Bodoni y me bautizaron Giambattista no podía terminar sino
de esa manera."
"Terminó de la manera justa. Eres considerado bueno
en tu trabajo, no somos millonarios pero vivimos bien. Te ayudaré,
te recuperarás poco a poco. Dios mío, si pienso
que podías no volver a despertar y estos doctores han sido
muy buenos, te atendieron a tiempo. Amor mío, ¿puedo
darte la bienvenida? Parece que me conoces por primera vez. Bien,
si yo te conociera, ahora, por primera vez, igualmente me casaría
contigo. ¿Está bien?"
"Eres muy buena. Te necesito. Eres la única persona
que me puede contar mis últimos treinta años."
"Treinta y cinco. Nos encontramos en la universidad, en Turín,
estabas por graduarte y yo era la principiante perdida en los
pasillos de Palazzo Campana. Te pregunté dónde estaba
cierta aula, tú me enganchaste de inmediato y sedujiste
a la estudiante indefensa. Luego, una cosa y otra; yo era muy
joven, tú pasaste tres años en el exterior. Después
vivimos juntos diciendo que era por probar, al final quedé
embarazada y nos casamos, pues tú eras un caballero. No,
perdona, también porque nos queríamos mucho, y además
porque te gustaba convertirte en padre. Ánimo, papá,
te haré recordar todo, verás."
"A menos que no sea todo un complot, yo en verdad me llamo
Felicino Grimaldelli y soy un ladrón de cajas fuertes,
y tú y Gratarolo me están contando un montón
de mentiras, yo qué sé, quizá son de los
servicios secretos, tienen necesidad de construirme una identidad
para enviarme a espiar más allá del Muro de Berlín,
Ipcres Files, y..."
"Ya no existe el Muro de Berlín, lo derrumbaron y
el imperio soviético está yéndose al carajo..."
"Jesús, te volteas un momento y mira qué cosa
te arman. Está bien, bromeaba, me fío. ¿Qué
cosa son los stracchini de Broglio?"
"¿Cómo? El stracchino es un queso suave, pero
lo llaman así en Piemonte; aquí en Milán
se llama crescenza. ¿Por qué hablas de los stracchini?"
"He estado apachurrando el tubo del dentífrico. Espera,
había un pintor que se apellidaba Broglio; no lograba sobrevivir
con sus cuadros pero no quería trabajar porque decía
que tenía la neurosis. Parece que era una excusa para hacerse
mantener por la hermana. Finalmente los amigos le encuentran un
empleo en una compañía que hacía o vendía
quesos. Él pasaba delante de una fila de stracchini, todos
envueltos en paquetes de papel encerado semitransparente, y no
lograba resistir a la tentación, por vía de la neurosis
(decía): los tomaba uno por uno y chiak, los apachurraba
haciendo salir el stracchino del paquete. Luego de haber arruinado
un centenar de stracchini fue despedido. Todo por culpa de la
neurosis, decía que para él sgnaché i
strachèn era libidinoso. ¡Por Dios, Paola, pero
si esto es un recuerdo de infancia! ¿No había perdido
la memoria de mis experiencias pasadas?"
Paola se echó a reír: "Ahora lo recuerdo, perdona.
Es cierto, es una cosa que supiste de niño. Pero frecuentemente
contabas esta historia, se había convertido en parte de
tu repertorio, hacías siempre reír a tus comensales
con la historia de los stracchini del pintor, y ellos luego la
contaban a otros. Desgraciadamente no estás recordando
una experiencia tuya, sabes simplemente una historia que has recitado
muchas veces y que, para ti, se ha convertido (¿cómo
puedo decirlo?) en un bien público, como la historia de
Caperucita Roja."
"Estás siéndome ya indispensable. Estoy contento
de tenerte como esposa. Te doy gracias por existir, Paola."
"Dios mío, hace apenas un mes hubieras dicho que era
una expresión kitsch de telenovela..."
"Me debes perdonar. No logro decir nada que me venga del
corazón. No tengo sentimientos, sólo tengo citas
memorables."
"Pobre querido."
"También ésta me parece una frase hecha."
"Cabrón."
Esta Paola me quiere de verdad.
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Domingo.
"Ve a dar una vuelta," me dijo Paola, "te hace
bien. No salgas de las calles que conoces. En plaza Cairoli está
aquel puesto con flores que de costumbre permanece abierto aun
cuando es día de fiesta. Hazte confeccionar un buen ramo
"primavera", o de rosas; esta casa parece un funeral."
Bajé a la plaza Cairoli y el puesto estaba cerrado. Vagué
por vía Dante hasta la Cordusio, giré a la derecha
hacia la Bolsa y vi que los domingos allí se dan cita los
coleccionistas de todo Milán. Por vía Cordusio puestos
de timbres postales; a lo largo de toda la vía Armorari
viejas postales, estampas; después todo el cruce del Passaggio
Centrale ocupado por vendedores de monedas, soldaditos, imágenes
sacras, relojes de pulso, incluso tarjetas telefónicas.
El coleccionismo es anal, debería saberlo; la gente está
lista a coleccionar de todo, hasta tapas de Coca-Cola; en el fondo
las tarjetas telefónocas cuestan menos que mis incunables.
En plaza Edison, a la izquierda puestos con libros, periódicos,
manifiestos publicitarios y, de frente, incluso algunos que venden
pacotilla varia, lámparas Liberty, seguramente falsas,
bandejas con flores sobre fondo negro, bailarinas de porcelana.
En un puesto había cuatro recipientes cilíndricos,
sellados, donde en una solución acuosa (¿formalina?)
se encontraban en suspensión siluetas color marfil, ya
redondas, ya como frijoles, ligadas por filamentos blanquísimos.
Eran criaturas marinas, holoturias, jirones de pulpo, corales
desteñidos, y hubieran podido ser incluso el parto morboso
de la fantasía teratológica de un artista. ¿Yves
Tanguy?
El dueño me explicó que eran testículos:
de perro, de gato, de gallo y de otro animal, completos con todo
y riñones y esas cosas. "Mire, es cosa de un laboratorio
científico del Ochocientos. Uno por cuarenta mil. Sólo
los recipientes valen el doble, son cosas que tienen al menos
ciento cincuenta años. Cuatro por cuatro dieciséis,
le doy todos los cuatro por ciento veinte mil. Una ganga."
Aquellos testículos me fascinaban. Por una vez era algo
que no hubiera debido conocer por memoria semántica, como
decía Gratarolo, y ni siquiera habían hecho parte
de mi experiencia pasada. ¿Quién ha visto testículos
de perro, es decir, sin el perro alrededor, al estado puro? Hurgué
en mis bolsillos, tenía cuarenta mil en total y en un puesto
no puedes pagar con cheque.
"Me llevo los de perro."
"Hace mal en dejar los otros, era una ocasión única."
No se puede tener todo. Regresé a casa con mis bolas de
perro y Paola palideció: "Es curioso, parece de verdad
una obra de arte, ¿pero dónde lo tenemos? ¿En
la sala, donde cada vez que le ofreces a un huésped cacahuates
u olivas de Ascoli éste nos vomita la alfombra? ¿En
la recámara? Disculpas, no. Lo tendrás en el estudio,
quizá al lado de ese bello libro del seiscientos de ciencias
naturales."
"Creí haber dado un buen golpe."
"¿Pero te das cuenta que eres el único hombre
en el mundo, el único sobre la faz de la tierra de Adán
en adelante, al que la esposa lo manda a comprar rosas y regresa
a casa con un par de cojones de perro?"
"Al menos es cosa del Guiness de récords. Y además,
estoy enfermo."
"Disculpe usted. Estabas loco desde antes. No es por casualidad
que pediste un ornitorrinco a tu hermana. Una vez querías
meter en casa un flipper de los años sesenta que costaba
como un cuadro de Matisse y hacía un ruido infernal."
Pero aquel mercadillo Paola lo conocía ya, es más,
dice que yo hubiera debido conocerlo también; una vez había
encontrado la primera edición del Gog de Papini, cubiertas
originales, intonso, por diez mil liras. Así que el domingo
siguiente quiso acompañarme; no se sabe, dijo, me arriesgo
a que regreses a casa con testículos de dinosaurio y sea
necesario llamar al albañil para ensanchar la puerta y
hacerlos entrar. |
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