Todos los Funes. Todos los Fabios
Eduardo de Benito
 

Eduardo Berti, nacido en Buenos Aires en 1964, fue finalista el año 2004 del prestigioso premio Herralde con la novela Todos los Funes, obra en la que Berti se plantea encarnar la máxima borgiana: ‘Para uno de esos gnósticos, el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un sofisma. Los espejos y la paternidad son abominables porque lo multiplican y lo divulgan’ (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius).

Comenta Berti que el disparador de su novela fue la lectura de un comentario de Cortázar. Preguntado por la razón de que hubiese bautizado a varios personajes de libros diferentes con el nombre de Funes, contestó que la recurrencia estuvo motivada por un simple olvido. Olvidar, dejar de tener algo presente en la memoria, contrarréplica del más famoso de los Funes, aquel Funes el memorioso, que ‘Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho’

Jean Yves Funès, hijo de una francesa y de un tanguero argentino, acude a Lyon para participar en un congreso de literatura organizado por Michel Nazaire, un antiguo compañero de cátedra. En la ciudad francesa se verá obligado a aceptar que la suya es una existencia construida sobre la impostura, una impostura que empieza por su propio nombre.

’(…) el apellido de mi padre era Funes (...) pero él no fue a anotarme al registro cuando yo vine al mundo, sino que lo hizo mi abuela materna, la francesa (...) y por más que mi padre deseaba bautizarme Juan Carlos Funes o Juan Alberto Funes, o algo por el estilo, ella me puso Jean Yves, en homenaje a su difunto esposo (...) y allí mismo alguien, a lo mejor mi abuela o con seguridad el empleado del registro civil, le adosó a mi apellido ibérico ese acento, por excelencia francés’.

Este falso Funes, haciendo cierto aquello de que somos el nombre que nos nombra, descubrirá que tampoco es medio argentino. Poco antes de morir su madre le confiesa que su padre verdadero fue un español llamado Villarreal.

Que me había engendrado a espaldas de Funes (...) Que siete meses después de mi nacimiento, tras una feroz disputa, ella le había contado a Funes que yo era hijo de Villarreal. Que al saber esto Funes se había enfurecido y tomado el primer barco que zarpaba para Sudamérica’.

Tanta impostura se cobrará su precio cuando conozca a Marie-Hélène, la que será su mujer. La falsedad actúa como un esterilizador del intelecto en Funès y posiblemente también en el plano biológico; el matrimonio no tiene hijos. Ella, una estudiante veinte años más joven que él, optó por los estudios que Jean Yves Funès impartía subyugada por el peso literario de su apellido.

Conocía el cuento de Borges, aunque no frase por frase como yo, y le había tentado la perspectiva, fueron sus palabras, de tener como profesor a una especie de pariente de aquel hombre tan memorioso

Su falso apellido se convierte en el eje fundamental de la relación con Marie-Hélène. Al poco de casados Marie-Hélène le propone escribir un libro donde mostrar las correspondencias ocultas, la corriente subterránea, que relaciona a todos los Funes de la literatura. Desde ese momento sabe que nunca confesará a la mujer que ama la impostura de su apellido. Ella muere creyendo que ha compartido su vida con un verdadero Funes

Los espejos y la paternidad son abominables’, o dicho de otro modo: la mímesis es abominable. Si desde la impostura no podemos imitar a la naturaleza, nos queda la posibilidad de una ‘mímesis ficcionada’, la intertextualidad, el juego de las referencias literarias, esa red de relaciones ocultas que refieren unos textos a otros anteriores y éstos a su vez a otros, texto de un texto de un texto... Todos los Funes no admite una lectura unívoca, unidireccional, logocéntrica, canónica y platónica. Berti exige una lectura que actualiza un texto hecho de literatura de la literatura. Y entonces en la novela se corporeizan todos los Funes, los varios de Cortázar, el de Quiroga, el de Borges, el de Roa Bastos, el de Bioy Casares, y toman la forma física de un médico, un editor, un abogado especialista en plagios, cuyos rostros son alarmantemente parecidos. La novela se hace mosaico especular de El pájaro mosca de Roa Bastos, de La meningitis y la sombra de Quiroga o las Noticias de los Funes de Cortazar, relatos en los que dos personajes secundarios, Nazaire y Wilkinson, profesores de literatura latinoamericana, investigan la recurrencia del apellido Funes.

Como hipotexto a la novela de Berti muy probablemente esté el oratorio de Humberto Costantini, Háblame de Funes o la película de Raúl de la Torre, Funes, un gran amor, las vivencias del pianista de una orquestita de tango en un salón de baile y prostitución. Refiriéndose a su novela ha afirmado Berti que Todos los Funes hunde sus raíces en la literatura que se mira a sí misma para hacer literatura.

El poeta Masoliver Ródenas dijo que ‘un texto sólo tiene interés si detrás o debajo o donde sea hay otro texto, y debajo otro texto, y otro texto. Mejor es el texto inicial, más textos revelará’ (Retiro lo escrito) y Genette es aún más tajante: ‘...la utopía borgiana de una literatura en transfusión permanente -percusión transtextual- constantemente presente en su totalidad y como Totalidad, en la que todos los autores no son más que uno, y en la que todos los libros son un vasto Libro, un solo Libro infinito. La hipertextualidad no es más que uno de los nombres de esta incesante circulación de los textos sin la que la literatura no valdría ni una hora de pena’. (Palimpsestos) El libro Todos los Funes que nunca llegaron a escribir Jean Yves y Marie-Hélène encuentra su reflejo en el libro Todos los Funes escrito por Michel Nazaire, el profesor de literatura amigo de Funés y organizador del congreso literario.

... le mostró un libro que proclamaba en su cubierta Todos los Funes y más arriba, en minúsculas, llevaba el nombre de Machel Nazaire. Funès tragó en seco y le arrebató el libro. Luego se sentó en la cama y se puso a hojearlo: era el libro que él y Marie-Hélène nunca habían escrito, pero lo desconcertante no era eso, esa que en las últimas páginas se leía "impreso en febrero de 2010" y más aún, que en la primera había una dedicatoria: "A la memoria de Jean Yves Funès’.

La novela de Berti nace de la afirmación y negación simultánea de todos los Funes literarios, es texto construido como absorción y transformación de otros textos, mosaico especular. Estos Funes latinoamericanos me han recordado a los Fabios castellanos, nombre usado reiteradamente por los escritores hispanos de los siglos XVI y XVII tanto poetas como prosistas. Fabio es la encarnación de los más variados personajes y, en muchas ocasiones, incluso encarnación del ‘Yo poético’ del artista.

Lope de Vega dice que ‘son muchos los Fabios que aman a Lucinda’ y Fabio participa en sus Novelas a Marcia Leonarda. María de Zayas, protofeminista en aquel lejano S. XVII saca a Fabio en sus Desengaños amorosos y Quevedo retrata a Fabio llorando la ausencia de Belisa:


me llamares, iré gozoso a verte,
y Fabio gozará en tu paraíso.


También a Fabio se refiere Lupercio Leonardo de Argensola en varios de sus sonetos:


Y Fabio, en el umbral de Tais tendido,
con vergonzosas lágrimas lo baña
debiéndolas al tiempo que ha perdido.


Y sor Juana Inés de la Cruz:


Pues estoy condenada
Fabio a la muerte, por decreto tuyo,
y la sentencia airada
ni la apelo, resisto ni la huyo.


Pero sin duda el Fabio más conocido sea el de La epístola moral a Fabio de Andrés Fernández de Andrada:


Fabio, las esperanzas cortesanas
prisiones son do el ambicioso muere
y donde al más activo nacen canas.

Fabios y Funes, Funes y Fabios son flechas orientadas hacia un corpus literario anterior, bisagra que sirve de engarce entre textos de autores diferentes. Mediante una absorción y transformación de otros textos, de los que a la vez es relectura, acentuación, desplazamiento, haciendo cierto aquello de Bajtin de que ‘todo texto vale lo que vale su acción integradora y destructora de otros textos anteriores’. De esto sabía mucho Borges, del que no me cabe duda que será el escritor del S. XX que más influirá sobre la literatura del S. XXI; él nos probó cómo lo esencial del arte es su carácter de artificio. Cuando Pierre Menard en el cuento de Borges acomete la ímproba tarea de escribir el Quijote, no el de Cervantes, sino un Quijote propio que coincidirá en todo con el de Cervantes, está poniendo en juego esa labor de construcción y destrucción:

No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una trascripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran palabra por palabra y línea por línea con las de Miguel de Cervantes’.

Berti ha escrito la que es sin duda su mejor novela. Ficción, literatura y buen decir se dan la mano en ella. Se suma la de Berti a ese rico caudal de la novelística Latinoamericana que se ha destacado por ser paradigma de modernidad, texto híbrido, desgarrador de cánones que como forma narrativa ficcional se ha alzado sobre los otros géneros como el más genuino para plasmar las tensiones de una sociedad sometida de un lado a la larga violencia esterilizadora del Estado y de otro fecundada por una riquísima imaginación creadora. Escribo que escribo, metaliteratura en Berti, un tejido de citas solapadas, enmascaradas, que recogen gestos anteriores de otros escritores, literatura reflejada sobre sí misma, que quizá existe porque, como dice Jean Yves Funès citando a Roa Bastos, ’El azar no existe, el azar está porque existe el olvido’.


Todos los Funes, Eduardo Berti, Anagrama, Barcelona, 2004. ISBN: 84-339-6869-6

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