A
través de una estructura basada en niveles narrativos que se van
yuxtaponiendo de manera más o menos significativa, La mala
educación intenta recrear dos momentos históricos
cuyo recuerdo, por diferentes razones, aún despierta la sensibilidad
entre los españoles. Por un lado, la época del franquismo
y el nacional-catolicismo como ideología del Estado, abrumadoramente
represivo, antilaico y centralizador del poder, y por otra parte, los
años finales de la década de los setenta. Ese momento que
se ha dado en llamar la transición y que, dejando de lado sus aspectos
políticos más destacables, suele conocerse por el famoso
“destape” y la movida madrileña. Así, enfrentando
estos dos contextos, el autor pretende hablar de los efectos causados
por la dictadura franquista en la España reciente.
El
primer nivel presente en el filme –siguiendo el orden de los acontecimientos
y no el del modo como éstos son narrados- se desarrolla hacia 1964,
en el internado católico donde se conocerán Ignacio y Enrique
(Gael García Bernal y Fele Martínez respectivamente), los
protagonistas de la historia. Allí van a recibir, como todos los
ciudadanos españoles de la época, una adecuada formación
cristiana.
A lo largo de esta secuencia se desarrollan dos episodios notables. Ignacio,
cándido prepúber con una dulcísima voz, recibirá
los excesos afectivos de su preceptor: el Padre Manolo. Al mismo tiempo,
asistimos al nacimiento del amor entre Ignacio y Enrique, con la carga
de sexualidad entre niños que es posible mostrar sin herir la sensibilidad
del espectador. Tal mezcla de situaciones no puede desembocar sino en
una tragedia. O mejor dicho, en un melodrama.
El amor entre hombres y el abuso infantil hacen aquí su aparición.
Del primero, se hablará más adelante. Centrémonos
ahora en el segundo tema. Los escándalos sobre el abuso infantil
que ha debido enfrentar la iglesia católica han abierto más
de una herida: en la propia iglesia y entre sus autoridades; en las víctimas,
claro está, y han pasado a formar parte de ese bocadito de morbo
que todos los días nos ofrecen los medios de comunicación.
El señor Pedro Almodóvar echa mano del asunto con la excusa
de hablar del franquismo y, por necesidad, de la iglesia católica
en aquel período.
Sin embargo,
ya sea por error, por descuido, habilidad o astucia, el modo como es recreado
el contexto atenta contra cualquier exploración profunda de la
época y su ideología dominante. Al hacer del internado y
sus bucólicos alrededores el único marco de referencia,
los personajes quedan aislados del mundo exterior –no se trata,
por cierto, de un huis clos-; por lo que cualquier mención
a la vida política o social española resulta excluida del
conjunto. Algo semejante sucede con la iglesia. La institución
eclesiástica, sus principales instancias y autoridades, no aparecen
representadas en modo alguno. Tal cosa se pretende, apenas, con la introducción
de dos personajes claramente individualizados: el Padre Manolo, tan sensible
a la música y a la belleza que no puede evitar su doloroso amor
hacia los jóvenes, y el Padre José, tan cruel y servil que
no pasa de ser una simple caricatura. En ese sentido, Almodóvar
no miente cuando confiesa, inocuo, que su película no es un ataque
a la iglesia. O sea, que esa forma de acoso no se aprecia como una muestra
de la corrupción estructural en la institución, sino como
una circunstancia más o menos posible en ciertos contextos educativos.

El segundo nivel
narrativo resulta un poco más complicado. Se desarrolla hacia finales
de los setenta, el orden de los acontecimientos no es cronológico
y se va fragmentando entre la realidad diegética propiamente dicha,
una ficción literaria recreada en imágenes y la historia
de esa ficción al ser filmada por Enrique, ahora cineasta de éxito.
Ficción dentro de la ficción, cine dentro del cine, personajes
que suplantan a otros personajes, actores que representan varios personajes
o varios personajes representados por un sólo actor y una que otra
analepsis (o flashback) colocada hacia el final del texto fílmico
para que todo quede claro. Fragmentación, juego de espejos, oposiciones
y sustituciones.
Dentro de toda esta maraña narrativa, lo primero que se destaca
es la nueva relación que establecen Enrique e Ignacio, un actor
desconocido en busca de trabajo y con un nombre artístico nuevo:
“Ángel. Llámame Ángel”, repite García
Bernal a lo largo de toda la película. Así, por una lado
estaría el renacer de aquella pasión infantil que en realidad
sólo padece Enrique y en segunda instancia, aunque mucho más
importante como eje narrativo, se presenta la investigación que
éste realiza sobre el pasado de su supuesto antiguo amor. Investigación
que desemboca en el descubrimiento de una muerte –un crimen- y le
da al filme los visos de cine negro de los que se jacta su realizador.
Estas
dos situaciones apuntan a un tema: el amor entre hombres o la condición
homosexual. Y para hablar de ello el autor recurre a dos fórmulas
ligadas a la narración.
Una tiene que ver con las
transformaciones de los personajes. De aquel amor infantil queda muy poco.
Por parte del triste y solitario Enrique, apenas cierta añoranza
y una pasión muy contenida; para Ignacio, cuyo verdadero nombre
es Juan, ese amor es una experiencia ajena a él que parece influir
en su ambigua sexualidad, y que terminará utilizando para su propio
provecho y perdición. En este sentido, la ambigüedad del personaje
va más allá de lo sexual. Porque finalmente Juan no es un
psicópata. Ama a su madre por sobre todas las cosas como obligan
los mandamientos del planeta Almodóvar, y si comete algún
crimen sólo lo hace para mantener el orden establecido: el orden
que representan la armonía familiar y su propia estabilidad laboral.
La
otra forma de composición también es de índole narrativa,
pero se relaciona con la elección del género recreado. En
este caso el cine negro y, en particular, una película: Vértigo
(Vértigo, Alfred Hitchcock, 1954). Al igual que
las transformaciones de los personajes, la elección del género
conlleva una elección ideológica: la bajeza moral, los sórdidos
escenarios, los delitos de poca monta conjugados con crímenes premeditados,
los engaños y traiciones forman parte del contexto y de los personajes.
Si eso va asociado a la condición homosexual, no hay que hacer
un gran esfuerzo intelectual para saber que una cosa lleva a la otra.
¡Con razón el Papa se opone a los matrimonios entre personas
del mismo sexo!
En La mala educación, los homosexuales son agraciados
unos, otros simpáticos y hasta graciosos. Porque Almodóvar
no hablará de la iglesia católica, pero sí de los
homosexuales. Y en su mundo todos ellos están destinados al sufrimiento:
el verdadero Ignacio a causa de las drogas y su mala vida; Enrique, por
la soledad, el desencanto y los amores fallidos; Juan, con su ambigua
sexualidad (1),
por el amor a su madre, el crimen y el fracaso y Paquito –el travesti
cómico que ya se repite en muchas obras del autor-, por su poco
seso.

En definitiva
nuestro autor es producto de aquellas enseñanzas que le inculcara,
como a cualquier ciudadano del franquismo, algún sacerdote en su
colegio de La Mancha. Así, sus filmes no suelen ser más
que un comentario escandaloso sobre situaciones más o menos delicadas.
Pero el escándalo siempre es mínimo y sus historias, inocuas,
“no duelen ni manchan a ninguna institución de la monarquía
o de la social-democracia” (2).
Muy lejos está el reconocido cineasta de la verdadera provocación
o de la trasgresión. Y eso es bastante grave cuando se habla a
una sociedad que, en gran medida, vive alrededor de los pequeños
vicios públicos, del cotilleo y de gritar a los cuatro vientos
las miserias sexuales de unos cuantos personajes famosos.
(1)
Lo de la ambigüedad sexual es un decir. En el texto no hay referencia
alguna que haga suponer que este personaje siente algún tipo de
atracción hacia las mujeres.
(2)
Como bien lo expresa Alfredo Roffé en su crítica sobre
Matador (Pedro Almodóvar, 1986), publicada en la revista “Cine-oja”,
23. Caracas, Sociedad Civil “Cine al Día”, 1992.
A estas alturas, habría que agregar que esa inocuidad funciona
también para la centro-derecha española, que ha sido el
partido de gobierno bajo cuyo mandato Almodóvar ha producido
sus últimos filmes disfrutando, hasta hace poco tiempo, de gran
popularidad entre muchos de los miembros del partido.
* Departamento
de Cine, Escuela de Artes, Universidad Central de Venezuela
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