Si
juntamos la música, el cine y la televisión de los 90’s
estaremos de acuerdo en que tal vez lo más valioso hayan sido
Los Simpsons. La serie creada por Matt Groening hizo
hincapié en la clásica figura de la familia norteamericana,
pero subvirtiendo su estructura y con una cuota de autoconciencia envidiable.
Entonces muchos quisieron encontrar un cine que podríamos denominar
post Los Simpsons en directores como Tod Solondz (Storytelling).
Era necesario usufructuar ese estado generacional crítico y plasmarlo
en la pantalla. Todos esperaban hallar estos apuntes sociales en un
cine que esté emparentado en cierta forma con el arte. Por eso
la cultura del descontento llegó a la cima con American
Beauty y varios premios Oscar.
El problema es que ni Solondz ni el film de Sam Mendes supieron absorber
de una manera cabal las enseñanzas de Los Simpsons.
El primero utilizó toda la ironía para ridiculizar, con
mayor o menor suerte, a personajes que evidentemente no aprecia. Se
transformó en un Dios castigador y moralista, que sólo
sabe enseñar por medio de la infelicidad eterna. Sus personajes
no pueden escapar, están condenados hasta el final de sus días
por sus propios pecados.
Por su parte, American Beauty durante buena parte de
su metraje se proyecta como una crítica a la institución
familiar, para virar hacia el final en una postal de la buena conducta
y la conciencia tranquila. Peor, con voz en off desde el paraíso.
Sin embargo el establishment consagró a la película
de Mendes. Es que la crítica gusta, pero hasta cierto punto y
mientras nos deje dormir tranquilos.
Este es el punto donde entran a jugar los dos filmes que nos convocan:
Little Nicky (El hijo del Diablo)
y My, myself and Irene (Irene, yo y mi otro
yo), dos de las comedias más brillantes del nuevo siglo.
Así que mientras la crítica académica busca por
los caminos del “arte”, la verdad está en los terrenos
de la comedia incorrecta y grosera.
¿Pero qué tienen para ofrecer estas dos películas?
¿Acaso no están plagadas de chistes burdos? Es que tanto
Little Nicky, de Steven Brill, como My, myself
and Irene, de los hermanos Farrelly, son dos muestras exactas
de ese cine post Los Simpsons.
En el primer caso tenemos a Nicky (Adam Sandler), quien para que su
padre el Diablo siga gobernando en el Infierno, debe viajar a la Tierra
y desbaratar los planes de sus hermanos. Nicky es un tontolón
al que no le sale la maldad, y por tal motivo sus intentos son siempre
chapuceros. Claro, el mal siempre gana.
Por
parte de la comedia de los hermanos Farrelly, Jim Carrey interpreta
a un agente de tránsito con esquizofrenia. Por un lado es Charlie
Baileygates, buenazo y servicial pero el tonto del pueblo; y por el
otro Hank Evans, ególatra brutal y violento. Cual Jeckyl y Hyde,
este hombre tendrá que luchar internamente cuando ambas personalidades
se enamoren de la misma chica: Irene Waters (Renée Zellweger).
Vale apuntar que ninguna de las dos películas opta por la sutileza.
A los trillizos negros de Charlie/Hank les da lo mismo meterle a un
policía una gallina en el culo, como a Ozzy Osbourne en Little
Nicky comerse un murciélago. Obvio, son cuestiones de
sensibilidad. Aunque el cinéfilo moderno está acostumbrado
a estos golpes bizarros y sabrá recibirlos.
El verdadero punto es que ambas comedias, en sus resbaladizos terrenos
genéricos, optan por abordar desde el humor más mundano
temas como la soledad, el desprecio, el odio hacia lo distinto, las
propias elecciones de vida. Ambos protagonistas son personas que quieren
sacar “eso” que llevan en su interior pero temen a hacerlo
por lo que pueden llegar a decir los demás. Nicky y Charlie son
dos outsiders que sólo gracias al amor logran incluirse
en la sociedad.
El
mundo que muestran las dos películas -más allá
de ser graciosas y efectivas en sus gags- es terrible. Se trata de un
lugar donde vivir es difícil y aprender a autoprotegerse resulta
primordial. Son como aventura en jungla de cemento. Y la verdadera enseñanza
que dejan, alejándose de retratos complacientes como el de American
Beauty o moralistas como los de Solondz, es que lo mejor para
sobrevivir -que de eso se trata- resulta ser la mezcla entre lo bueno
y lo malo, sin distinciones.
Tanto Nicky como Charlie llevan a Dios y al Diablo en el cuerpo. Luchan
e intentan que la luz venza a la oscuridad. Pero no les va bien. Es
que no se trata de optar por uno, ni de esperar que uno le gane al otro
en la lucha interna. Sólo hay que poner un poco de cada. El cielo
puede esperar. No debe ser todo blanco; la bondad debe ir acompañada
de una pizca de maldad bien entendida. Como esa criatura hermosa y celestial
que escupe fuego por la boca, y que Nicky pasea en un cochecito.