El cielo puede esperar
Mauricio Mex Faliero

 

 

Si juntamos la música, el cine y la televisión de los 90’s estaremos de acuerdo en que tal vez lo más valioso hayan sido Los Simpsons. La serie creada por Matt Groening hizo hincapié en la clásica figura de la familia norteamericana, pero subvirtiendo su estructura y con una cuota de autoconciencia envidiable.

Entonces muchos quisieron encontrar un cine que podríamos denominar post Los Simpsons en directores como Tod Solondz (Storytelling). Era necesario usufructuar ese estado generacional crítico y plasmarlo en la pantalla. Todos esperaban hallar estos apuntes sociales en un cine que esté emparentado en cierta forma con el arte. Por eso la cultura del descontento llegó a la cima con American Beauty y varios premios Oscar.

El problema es que ni Solondz ni el film de Sam Mendes supieron absorber de una manera cabal las enseñanzas de Los Simpsons. El primero utilizó toda la ironía para ridiculizar, con mayor o menor suerte, a personajes que evidentemente no aprecia. Se transformó en un Dios castigador y moralista, que sólo sabe enseñar por medio de la infelicidad eterna. Sus personajes no pueden escapar, están condenados hasta el final de sus días por sus propios pecados.

Por su parte, American Beauty durante buena parte de su metraje se proyecta como una crítica a la institución familiar, para virar hacia el final en una postal de la buena conducta y la conciencia tranquila. Peor, con voz en off desde el paraíso. Sin embargo el establishment consagró a la película de Mendes. Es que la crítica gusta, pero hasta cierto punto y mientras nos deje dormir tranquilos.

Este es el punto donde entran a jugar los dos filmes que nos convocan: Little Nicky (El hijo del Diablo) y My, myself and Irene (Irene, yo y mi otro yo), dos de las comedias más brillantes del nuevo siglo. Así que mientras la crítica académica busca por los caminos del “arte”, la verdad está en los terrenos de la comedia incorrecta y grosera.

¿Pero qué tienen para ofrecer estas dos películas? ¿Acaso no están plagadas de chistes burdos? Es que tanto Little Nicky, de Steven Brill, como My, myself and Irene, de los hermanos Farrelly, son dos muestras exactas de ese cine post Los Simpsons.

En el primer caso tenemos a Nicky (Adam Sandler), quien para que su padre el Diablo siga gobernando en el Infierno, debe viajar a la Tierra y desbaratar los planes de sus hermanos. Nicky es un tontolón al que no le sale la maldad, y por tal motivo sus intentos son siempre chapuceros. Claro, el mal siempre gana.

Por parte de la comedia de los hermanos Farrelly, Jim Carrey interpreta a un agente de tránsito con esquizofrenia. Por un lado es Charlie Baileygates, buenazo y servicial pero el tonto del pueblo; y por el otro Hank Evans, ególatra brutal y violento. Cual Jeckyl y Hyde, este hombre tendrá que luchar internamente cuando ambas personalidades se enamoren de la misma chica: Irene Waters (Renée Zellweger).
Vale apuntar que ninguna de las dos películas opta por la sutileza. A los trillizos negros de Charlie/Hank les da lo mismo meterle a un policía una gallina en el culo, como a Ozzy Osbourne en Little Nicky comerse un murciélago. Obvio, son cuestiones de sensibilidad. Aunque el cinéfilo moderno está acostumbrado a estos golpes bizarros y sabrá recibirlos.

El verdadero punto es que ambas comedias, en sus resbaladizos terrenos genéricos, optan por abordar desde el humor más mundano temas como la soledad, el desprecio, el odio hacia lo distinto, las propias elecciones de vida. Ambos protagonistas son personas que quieren sacar “eso” que llevan en su interior pero temen a hacerlo por lo que pueden llegar a decir los demás. Nicky y Charlie son dos outsiders que sólo gracias al amor logran incluirse en la sociedad.

El mundo que muestran las dos películas -más allá de ser graciosas y efectivas en sus gags- es terrible. Se trata de un lugar donde vivir es difícil y aprender a autoprotegerse resulta primordial. Son como aventura en jungla de cemento. Y la verdadera enseñanza que dejan, alejándose de retratos complacientes como el de American Beauty o moralistas como los de Solondz, es que lo mejor para sobrevivir -que de eso se trata- resulta ser la mezcla entre lo bueno y lo malo, sin distinciones.

Tanto Nicky como Charlie llevan a Dios y al Diablo en el cuerpo. Luchan e intentan que la luz venza a la oscuridad. Pero no les va bien. Es que no se trata de optar por uno, ni de esperar que uno le gane al otro en la lucha interna. Sólo hay que poner un poco de cada. El cielo puede esperar. No debe ser todo blanco; la bondad debe ir acompañada de una pizca de maldad bien entendida. Como esa criatura hermosa y celestial que escupe fuego por la boca, y que Nicky pasea en un cochecito.


Little Nicky (El hijo del Diablo), EE.UU 2000. Director: Steven Brill. Protagonistas: Adam Sandler (Nicky), Patricia Arquette (Valerie), Harvey Keitel (Satan), Rhys Ifans (Adrian). Guionistas: Tim Herlihy, Adam Sandler y Steven Brill. Fotografía: Theo van de Sande. Montaje: Jeff Gourson. Dirección de arte: Alan Au y Donald B. Woodruff.

My, myself and Irene (Irene, yo y mi otro yo), EE.UU 2000. Director: Peter y Bobby Farrelly . Protagonistas: Jim Carrey (Charlie Baileygates/Hank Evans), Renée Zellweger (Irene Water), Chris Cooper (Lt. Gerke), Michael Bowman (White/Casper). Guionistas: Peter y Bobby Farrelly, y Michael Cerrone. Fotografía: Mark Irwin. Montaje: Christopher Greenbury. Dirección de arte: Arlan Jay Veter. Música: Lee Scott.



Menú

|| Información |Contacto |Archivo ||


Copyright © 2003-2006 zonamoebius.com

Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor
Todos los derechos reservados