ARCÁNGEL C
ASTILLO OLIVARI

ARIA DE MOZART PARA DOS SOPRANOS Y PIANO
 

Las tres indudablemente y de algún modo, lograban enturbiar ese atolóndrico fluir inevitable que, en dichas ocasiones, a cualquiera ya sea insigne o volátil artista le deviene en dichos cruciales momentos: sudor, tremolante temblor de alguna y siempre evidentísima parte del cuerpo, sensación de sentirse niño descubierto in fraganti orinando tras un poste en pleno jardín zoológico, ya sea por un grupo de personas que irrumpen de pronto en dicho recodo del fáunico paisaje, o más bien, y lo que es peor, por el vigilante del parque, oriundo inquisidor mirada agria. Las tres (pianista a la izquierda de medulantes movimientos de cabeza) emitían con corrección obligada, no sin esa desazón de la impericia neófita, una arietta para trío escolar de esas de Mozart que, si bien a los intérpretes sumergen en algarabía concéntrica, -por supuesto, no dicha-, ya que alude a ser y por fin “hacer”, al oyente, en cambio, no hacen sino hacerle sentir ese vago y cursilíneo hormigueo de querer levantarse de un sopetón y marcharse cual misil, y más en ese momento donde se escucha un no se qué “kus kis” que vaya a saber qué traducción tendrá pero que no despierta el menor interés a no ser el de catalogar el hecho como formando parte de una buñuelesca escena de film, o más bien de atiborrante recuerdo exaltado de un soporífero.
Las tres ciclópeas, bizcas al punto focal del atril, una de ellas de grácil y tierno movimiento de la muñeca al lado del cuerpo, desplegaban, para mayor autoconvencimiento personal, una sonrisita de esas de “Elección Super Modelo 2000”, como para compensar de alguna manera y endulzar ese “quiet” perseguido e inalcanzable. No estaban atentas (no podían estarlo) a la mirada mohosa y condescendiente de la profesora de canto que, junto con su otra colega, no cesaba realmente de sufrir, por contenerse de seguir parloteando acerca de la última función de “La Tosca” que, hacía ya tres días, habían digerido en la Ríos Reyna, frenéticas de estupor, espectadoras de fórmula uno en momentos de esos célebres virajes en la curva de mayor peligrosidad del circuito en cuestión. Las tres sub-divas, luego del escueto aplauso del nimio público, bajaron los tres escaloncitos como ágiles gacelas, la una: de rasgos y mirada apolínea, la otra: con el peso de tantos levares en el alma, la tercera: Circe candorosa de enturbiadas alas.
Poco después, habiéndosele hecho agobiante el recinto, salió expirando excusas al grisáceo ocaso de la tarde lluviosa, calle ruidosa, humo. Cuadras más abajo, llegando al metro, una voz notablemente apagada, apagada por el mundo, profiere su nombre desde una acera de ladrillos removidos que la municipalidad se apresta a cambiar por unos nuevos:

—Aníbal,

así de simple su rostro vino adentrándose con total confianza bajo el único paraguas que el nombrado llevaba, notando ambos, segundos después, la inutilidad de tal preocupación protectora (ya no llovía); situación graciosa que siempre se corona con risas y realmente con nada de vergüenza. La Aparecida, tez morena y ojos oscuros, no había sido reconocida de inmediato –lejano recuerdo en la memoria- en ese juego de los nombres propios, o los apodos, o los apellidos, luego al instante, conversación para tejer los tiempos dispersos en el olvido, en lo vivido durante algunos años de la invidencia recíproca.
Mas allá en la barra, uno de esos que uno reconoce como rostros de telenovela de las nueve, abanicaba una cuba libre frente a un calvo con bigotes, desparpajo de ropa, bigote escoba profusa, bajo ellos, junto a los taburetes, un mesurado siberiano de pelambre gris veteado de oscuro. La Encontrada, en cierta lejana mesa, entre los cortes inevitables de cada mordisco a un sándwich apurado de puro queso y salsa exigua, contábale sucesos de su última experiencia de terapia de grupo en la “Vía de Los Altos”:

“Verás, la realidad se agiganta y no puedes pasar de largo, una no se qué inquietud trasatlántica te arriba de improviso, atisbación del Samsara, el entorno al ojo de la irrealidad.”

La Ensimismada contenía el aliento a cada exclamación de ripios vuelos, luego lo exhalaba en incontrolable aliviación de arañas interiores. Minutos después, la alondra de fantasmagóricas formas se hacía realidad en el humo de su cigarrillo sostenido a la altura del hombro, codo apoyado en el mantel. Cada frase dibujaba el contorno de su adonísea mirada, diabólico vampiro triste, mustia esperanza de solitaria.

Dos días después, como era de prever, la Nuevamente Atisbada no había discado el número telefónico que no sin cierto aliento de sutil ruego otras veces repetido, habíale dado el movido de impetuosos azares, exultantes aleluyas de una salmodia inconclusa, laberinto de una parca que nunca tiene término. Buscaba entonces el cimentar de tanta efluviosidad enternecida en el límpido ondear de la tercera Consolación de Liszt que sus manos largas promovían al teclado del piano, enmarcado al poniente azulado de una ventana cromada y doble, vital artificio para la insonoridad; o más bien, contenida y lejana saudade a dominar en una lectura de Gurdieff, en la búsqueda de una imprecación solucionadora de revelación súbita exaltada iluminación-zen. No ceñía, sin embargo, el mandala supremo de una idiotez rebuscada, últimamente, habíansele vuelto las horas sátiros leprosos, huecos inusitados.
Solía haber entonces también la intromisión cornídea de la vecina de final del pasillo, so pretexto llamada breve al teléfono y luego un café juntos donde la añorosa fálica calmadamente arrastraba el oleaje del mar a su escollo inevitable. Sí, tras el umbral cerrado de la habitación veíase ella admirando la leve colección de discos compactos digitales – Arbour Zena de Keith Jarret – dejándose a su vez, profanar sus nibelungas reconditeces que poco a poco iban asomándose a la nívea luz de un pequeño candil “made in Taiwan” de alcohol azul comburente por el ejercicio inusitadamente altivo del de largas manos que finalmente descubren el blanco de posteriores boyas delicadamente rugosas como todo glúteo de costumbres perezosas: ¿el sentido del zen?: la intersección de dos circunferencias. Así, y de esta manera, sinuosos besuqueos bajo la oreja derecha preparaban a La Enaltecida Ariadna reivindicada con otra forma de la muerte, la imperiosa arremetida del portulano en el jugoso túnel de su averno, único posible en tan moderada gachí, no sin esa fruición creciente donde el encorvamiento de la espalda hembra ígnea es asimismo el ritual ceder ante el ufano salvaje caníbal, y es entonces la jungla alrededor, sobre el barco, la mano del gran dador palpando el sudor en el muslo, el grito primigenio en dúo al borde de la cascada, es el agua hirviendo en el borbotón de su cauce.


 

La luna y un corazón en las piernas.
Escondida tras las rocas
podrías convertirte en alimaña.
Sería triste, poco justo.
Es mejor que salgas y te
escondas en el mandarino (*).

Carlos Rodríguez Ferrara

(fallecido en Mérida, la madrugada
del 17 de marzo de 1983; tenía veinte años)

Quizás el pozo de nenúfares en el jardín posterior a través de una puerta grande de vidrio empañado (llovía … también la tarde agonizaba) y más adelante una escultura pequeña de ónix, gran Polimnia a punto de metamorfosearse en pajarito, o poniente anaranjado inestable, o quizás mejor aún, el chocolate caliente ofreciéndosenos en manos de tu madre, Hestia no tan lejos de su fuego, de su caro hijo, tu traducción improvisada de algunas Iluminaciones de Rimbaud que escucharíamos en una musicalización de Britten, gran soprano de glissandos moderados, gran versión donde las cuerdas son colores múltiples, inmensos pterodáctilos que salen de sus hornos volcánicos, apoyaturas cadenciales, abismos densos y sostenidos, salamandras humeantes. O por qué no hablar de otras ocasiones: Bartók y el coral del segundo movimiento en su tercer concierto para piano, de alguna manera los mismos dioses jugaban con nosotros, nos estrujaban en su desgarramiento. Más tarde, aún, de noche, la pequeña luz roja del on-off en el tocadiscos era Turandot sentenciando a sus víctimas, la enervante sangre que place a la castidad, verdugo inocente.
Miré varias veces el techo de la habitación y percibí las vigas negras; no estaba por entonces la fatal soga.


*de “Mas allá de los espectros”, Editorial Ateneo de Caracas 1984


CUENTO INACABADO
 

… tú sabes, ese tipo de cosas como por ejemplo sacar la mesa a la terraza e irla poco a poco arreglando hasta que finalmente es mantel blanco y galletas, una bandeja con pimentón cortado en espigadas tiritas, cortadas por justamente el espigado de Mauricio que poco antes en la cocina junto con Ninoska habían decidido burlarse de Elaida con eso de sus típicas “cochinadas”, como ellos las llaman en tono irónico, es decir, por ejemplo, pasarse boca a boca un bocado de sandwich de jamón y queso presintiendo que parte de la pintura labial se va con ello, o peor aún, regarse en la mano hacia arriba, o mejor dicho, en su oquedad, parte de la salsa de ajo para que Ninoska metiera un trozo de pan a remojar, todo esto con el fin de hacer reír a Elaida lo cual no es nada difícil, como tampoco fue difícil terminar de arreglar la mesa, una botella de ron, refrescos, limón cortado y vasos de plástico, mientras Carolina seguía maldiciendo el por qué justamente hoy estuvo lloviendo toda la tarde, mientras colocaba periódicos sobre el piso para secarlo y así poder bailar y su hermano menor sacaba el stéreo y unas cuantas sillas.
Poco después llegaron los demás: Néstor, Adolfo, Lucía, y un tanto después varias muchachas que no conozco. Te podrás imaginar, ese tipo de gente que es como telón de fondo, que en cualquier fiesta prontamente ocupa un puesto mientras beben y conversan entre ellos sin hablar con los demás, e igualmente se van, como irse de un bar donde no hay necesidad de decirle adiós al mesonero, ni al que atiende en la barra.
- Lástima que no pueda venir Rosita – me dice Carolina un poco antes cuando tuvimos que salir a comprar una bolsa de hielo y luego la escena cumbre en una esquina cuando al voltear y frenar repentinamente, la bolsa se va hacia adelante y cae al pavimento, y entre risas yo le digo que su auto no se presta para eso por tener el capó demasiado inclinado como todo Renault 12, y yo pienso entonces que no es extraño que Rosa no venga, ya que no creo que se sienta cómoda en este tipo de reuniones, así como yo seguía planeando la manera de decirle a Carolina cuando saliera de su habitación, porque había ido a vestirse y a arreglarse, y cuando la vi salir parecía un poco otra, una falda roja y cuadros negros, larga como la de sus gestos, y al preguntarme por qué no estaba en la terraza con los demás en vez de estar en la sala vagamente mirando la televisión, yo entonces le mentí diciéndole que debía levantarme temprano por haber quedado con unos amigos a subir al Ávila, y a su vez le pedía que no le dijera a los demás que me iba, yo sorprendido entonces por su cortesía y sonrisa mientras me abría la puerta diciéndome que ojalá no me encontrara con alguien en la escalera y descubriendo a la vez que Néstor me está mirando desde la terraza a través de una puerta de vidrio que me sorprendió de improviso por su existencia, yo bajé entonces un piso y tomé el ascensor.


LA MANZANA PULIDA

 

Seguramente por el jugo de mandarina, inigualable en aquel sitio, y porque nos gustaba el nombre del lugar, el decorado rojo y blanco, los asientos amplios y cómodos, el vidrio que nos hacía entrever la calle húmeda, los peatones difusos de esa hora tenue cercana a la noche, el otro lado de la calle y el antiguo edificio de la gobernación, buscando la moneda para repetir el 45 rpm de Carole King que de algún modo yo prefería insistentemente. Quizás también porque el lugar nos permitía el adentrarse en unos rostros adultos y sorprendentes, y porque a los doce años nos invitábamos ya los primeros cigarillos, o en la mañana en el colegio ya resolvíamos el encuentro, y el hielo en la mandarina. Aníbal hablándome de su último disco adquirido, la pava del tercer año en la otra sección, la maestra de Geografía de cabello amarillo y esa falda siempre lisa, los comentarios sabios de la inexperiencia. Ambos buscábamos entonces el mismo lugar, la misma hora, “La Manzana Pulida”, la lluvia secreta.
Yo pensaba entonces que los acrílicos de moda me estaban permitiendo regar y extender ahora el color sobre la tela de esa manera siempre deseada, liviano y claro, sobre el cual tirar manchones espesos que violentaran la luz, el espacio precioso de lo infinito. También el rock sinfónico de la época, las desviaciones por los deslindes de una primera sonrisa de muchacha temprana, las esquinas oscuras de esas noches frías en una ciudad que te apunta a buscar un olor a jazmín, los efímeros amigos de un año escolar al otro.
Seis son los espacios que siempre dejo en esta Olivetti añeja para pasar a otro párrafo que al final no es sino el mismo torrente de sincronizaciones, de atisbos inaprensibles del recuerdo, como este sabor a mandarina que me devuelve a una edad solitaria, a la más rebelde, a la más exploratoria, a tanta inseguridad con la veleidad. El pitillo girando en el espacio anaranjado de un recipiente plástico con hielo que ahora me lanza a la desmesurada alondra de la memoria.
Mi recién heredada calle era entonces un barrio de jardines planos al frente de cada casa, de arbustos cortos, de olor a flores cuidadas con esmero, de un desnivel en bajada que siempre da al poniente, de nubes anaranjadas y un sol de los venados, de una pérgola de trinitarias rojas y cayenas reposando en aguas del patio.
La vez que Daniela Unda cruzaba por mi ventana en su motocicleta, yo me asombraba de lo liviano de su cabello al aire, de su blue jeans de ancha copa en el pedal oscuro. Fotografié inclusive una vez su rápido pasar en una tonalidad borrosa de blanco y negro, talismán sagrado que luego no sé dónde desapareció, o si lo lancé al olvido de la basura en un futuro arrogante del después. Ella siempre fue muy experta en pasar demasiado rápido, en no darme tiempos, en ser indiferente a la palabra y a la dirección de un muchacho de doce, parecido a ella en tiempo y espacio, diferente enormísimamente a ella en el lenguaje. Aníbal entonces, escuchaba mi diálogo, las historias inexistentes de un “levante” imaginado y deseado (todavía ejercemos la mentira de lo que no sucede), yo proliferaba en detalles de otro ámbito que no fue, pero que ahora no sabemos si de algún modo se dio. El destiempo también tiene su incomunicación, su lacerante verdad del regreso a tiempo de anciano.
En esta post-modernidad tan mal calificada y vanagloriada yo cruzo esa misma calle y la imagen es un crisol de escena transparente que me emplaza, la pequeña alegría a la que Hesse alude. De noche y más aún, en una ventana alumbrada.


TEU CORPO
 

Teu corpo real que dorme
É um frio no meu ser

Fernando Pessoa

a A. A.

… quizás una de las contradicciones que más te ha disgustado ha sido aquella donde mientras mirabas por la ventana la caída de la tarde, de la cual otras veces yo te había hablado, en vez de dejarte hacerlo, en vez de dejar que tomaras tu tiempo, empecé a pedirte que vinieras a mi lado. Tampoco sabes que cuando te sentaste al piano y te contemplé, estiré el brazo para introducir la mano por debajo de tu blusa que estaba salida de la falda, porque en ese momento deseaba sólo tocar la piel de tu espalda, que se me figuró lo más preciado de tu cuerpo en ese momento, pero te volteaste y te acostaste perpendicularmente apoyando la cabeza en mi cadera, y fue como una posibilidad sublime que no tuvo finalmente asidero, y que fue de golpe desplazada por la sensación del peso de tu nuca, por el atisbo único de la falda corta azul y tus rodillas, entonces yo busqué el espacio escondido y oscuro de tu centro, el olor único de tu sexo que de alguna forma estaba como inerte y dormido, esperando fría y dejadamente el avance del minuto, la provocación y el impulso final donde después de la vergüenza te incorporaste para desvestirte, y yo te di el silencio y el tiempo para luego al yo voltear y mirarte, desde allá lejos donde yo estaba colocando un nuevo CD en el stéreo, vi tu cuerpo moreno y extraño tendido boca abajo, rendido al sacrificio del poniente, al beso de mi boca, crispándose un tanto al juego dichoso y libre de mis ganas, de tu noche.


INÉS YÉNDOME DE ESPALDAS
 

... esa noche iba a visitarte, quizás, seguramente, porque habíamos resuelto en algún momento que yo iría a buscarlas para venir a casa y pasar un buen rato en algún juego de cartas o varitas chinas. Como otras tantas veces, recorrí las habituales cuadras, subiendo despacio, la noche limpia y como detenida en ese olor a jazmín de los jardines en sus casas, o más bien, detenida en mi memoria, en el recuerdo que vuelve una y otra vez desde allá dentro, como desgranándose de a poco y sin prisa, tan cotidiano de encontrarlo ahí repetido, sigiloso y siempre en acecho. Fue entonces cuando luego de cruzar tu esquina, ya casi cerca de tu ventana, la vi salir, dejando la puerta un poco abierta, salió a la calle con esa segura definición de quien sale de una habitación para entrar en otra, con su temprano donaire, la minifalda azul, el cabello corto, caminando y bajando en diagonal hacia la tienda, sostenía en la mano una jarra metálica, y supuse en seguida su destino, la función y el mandado, supuse también algo de su felicidad, yéndome, arrastrándome a su mundo que no conozco, supuse que la vida siempre se da el lujo de agigantarle a uno la realidad. Ella, alejándose hacia la tienda, de espaldas, su caminar apresurado, quizás nervioso, la noche envolviéndole en su destello... No volteó cuando la silbé bromeando.

Arcángel Castillo Olivari
Mérida - Venezuela
http://meowing.ccm.uc.edu/~angel
http://www.composers21.com/compdocs/olivaria.htm


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