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| ARIA DE MOZART PARA DOS SOPRANOS Y PIANO | |
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Las
tres indudablemente y de algún modo, lograban enturbiar ese atolóndrico
fluir inevitable que, en dichas ocasiones, a cualquiera ya sea insigne
o volátil artista le deviene en dichos cruciales momentos: sudor,
tremolante temblor de alguna y siempre evidentísima parte del cuerpo,
sensación de sentirse niño descubierto in fraganti orinando
tras un poste en pleno jardín zoológico, ya sea por un grupo
de personas que irrumpen de pronto en dicho recodo del fáunico
paisaje, o más bien, y lo que es peor, por el vigilante del parque,
oriundo inquisidor mirada agria. Las tres (pianista a la izquierda de
medulantes movimientos de cabeza) emitían con corrección
obligada, no sin esa desazón de la impericia neófita, una
arietta para trío escolar de esas de Mozart que, si bien a los
intérpretes sumergen en algarabía concéntrica, -por
supuesto, no dicha-, ya que alude a ser y por fin “hacer”,
al oyente, en cambio, no hacen sino hacerle sentir ese vago y cursilíneo
hormigueo de querer levantarse de un sopetón y marcharse cual misil,
y más en ese momento donde se escucha un no se qué “kus
kis” que vaya a saber qué traducción tendrá
pero que no despierta el menor interés a no ser el de catalogar
el hecho como formando parte de una buñuelesca escena de film,
o más bien de atiborrante recuerdo exaltado de un soporífero. “Verás, la realidad se agiganta y no puedes pasar de largo, una no se qué inquietud trasatlántica te arriba de improviso, atisbación del Samsara, el entorno al ojo de la irrealidad.” La Ensimismada contenía el aliento a cada exclamación de ripios vuelos, luego lo exhalaba en incontrolable aliviación de arañas interiores. Minutos después, la alondra de fantasmagóricas formas se hacía realidad en el humo de su cigarrillo sostenido a la altura del hombro, codo apoyado en el mantel. Cada frase dibujaba el contorno de su adonísea mirada, diabólico vampiro triste, mustia esperanza de solitaria. Dos días
después, como era de prever, la Nuevamente Atisbada no había
discado el número telefónico que no sin cierto aliento de
sutil ruego otras veces repetido, habíale dado el movido de impetuosos
azares, exultantes aleluyas de una salmodia inconclusa, laberinto de una
parca que nunca tiene término. Buscaba entonces el cimentar de
tanta efluviosidad enternecida en el límpido ondear de la tercera
Consolación de Liszt que sus manos largas promovían al teclado
del piano, enmarcado al poniente azulado de una ventana cromada y doble,
vital artificio para la insonoridad; o más bien, contenida y lejana
saudade a dominar en una lectura de Gurdieff, en la búsqueda de
una imprecación solucionadora de revelación súbita
exaltada iluminación-zen. No ceñía, sin embargo,
el mandala supremo de una idiotez rebuscada, últimamente, habíansele
vuelto las horas sátiros leprosos, huecos inusitados. |
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La luna y
un corazón en las piernas. Carlos Rodríguez
Ferrara Quizás
el pozo de nenúfares en el jardín posterior a través
de una puerta grande de vidrio empañado (llovía …
también la tarde agonizaba) y más adelante una escultura
pequeña de ónix, gran Polimnia a punto de metamorfosearse
en pajarito, o poniente anaranjado inestable, o quizás mejor
aún, el chocolate caliente ofreciéndosenos en manos de
tu madre, Hestia no tan lejos de su fuego, de su caro hijo, tu traducción
improvisada de algunas Iluminaciones de Rimbaud que escucharíamos
en una musicalización de Britten, gran soprano de glissandos
moderados, gran versión donde las cuerdas son colores múltiples,
inmensos pterodáctilos que salen de sus hornos volcánicos,
apoyaturas cadenciales, abismos densos y sostenidos, salamandras humeantes.
O por qué no hablar de otras ocasiones: Bartók y el coral
del segundo movimiento en su tercer concierto para piano, de alguna
manera los mismos dioses jugaban con nosotros, nos estrujaban en su
desgarramiento. Más tarde, aún, de noche, la pequeña
luz roja del on-off en el tocadiscos era Turandot sentenciando a sus
víctimas, la enervante sangre que place a la castidad, verdugo
inocente.
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CUENTO
INACABADO |
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…
tú sabes, ese tipo de cosas como por ejemplo sacar la mesa a la
terraza e irla poco a poco arreglando hasta que finalmente es mantel blanco
y galletas, una bandeja con pimentón cortado en espigadas tiritas,
cortadas por justamente el espigado de Mauricio que poco antes en la cocina
junto con Ninoska habían decidido burlarse de Elaida con eso de
sus típicas “cochinadas”, como ellos las llaman en
tono irónico, es decir, por ejemplo, pasarse boca a boca un bocado
de sandwich de jamón y queso presintiendo que parte de la pintura
labial se va con ello, o peor aún, regarse en la mano hacia arriba,
o mejor dicho, en su oquedad, parte de la salsa de ajo para que Ninoska
metiera un trozo de pan a remojar, todo esto con el fin de hacer reír
a Elaida lo cual no es nada difícil, como tampoco fue difícil
terminar de arreglar la mesa, una botella de ron, refrescos, limón
cortado y vasos de plástico, mientras Carolina seguía maldiciendo
el por qué justamente hoy estuvo lloviendo toda la tarde, mientras
colocaba periódicos sobre el piso para secarlo y así poder
bailar y su hermano menor sacaba el stéreo y unas cuantas sillas. |
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LA MANZANA PULIDA |
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Seguramente
por el jugo de mandarina, inigualable en aquel sitio, y porque nos gustaba
el nombre del lugar, el decorado rojo y blanco, los asientos amplios y
cómodos, el vidrio que nos hacía entrever la calle húmeda,
los peatones difusos de esa hora tenue cercana a la noche, el otro lado
de la calle y el antiguo edificio de la gobernación, buscando la
moneda para repetir el 45 rpm de Carole King que de algún modo
yo prefería insistentemente. Quizás también porque
el lugar nos permitía el adentrarse en unos rostros adultos y sorprendentes,
y porque a los doce años nos invitábamos ya los primeros
cigarillos, o en la mañana en el colegio ya resolvíamos
el encuentro, y el hielo en la mandarina. Aníbal hablándome
de su último disco adquirido, la pava del tercer año en
la otra sección, la maestra de Geografía de cabello amarillo
y esa falda siempre lisa, los comentarios sabios de la inexperiencia.
Ambos buscábamos entonces el mismo lugar, la misma hora, “La
Manzana Pulida”, la lluvia secreta. |
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TEU
CORPO |
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Teu
corpo real que dorme a A. A. … quizás una de las contradicciones que más te ha disgustado ha sido aquella donde mientras mirabas por la ventana la caída de la tarde, de la cual otras veces yo te había hablado, en vez de dejarte hacerlo, en vez de dejar que tomaras tu tiempo, empecé a pedirte que vinieras a mi lado. Tampoco sabes que cuando te sentaste al piano y te contemplé, estiré el brazo para introducir la mano por debajo de tu blusa que estaba salida de la falda, porque en ese momento deseaba sólo tocar la piel de tu espalda, que se me figuró lo más preciado de tu cuerpo en ese momento, pero te volteaste y te acostaste perpendicularmente apoyando la cabeza en mi cadera, y fue como una posibilidad sublime que no tuvo finalmente asidero, y que fue de golpe desplazada por la sensación del peso de tu nuca, por el atisbo único de la falda corta azul y tus rodillas, entonces yo busqué el espacio escondido y oscuro de tu centro, el olor único de tu sexo que de alguna forma estaba como inerte y dormido, esperando fría y dejadamente el avance del minuto, la provocación y el impulso final donde después de la vergüenza te incorporaste para desvestirte, y yo te di el silencio y el tiempo para luego al yo voltear y mirarte, desde allá lejos donde yo estaba colocando un nuevo CD en el stéreo, vi tu cuerpo moreno y extraño tendido boca abajo, rendido al sacrificio del poniente, al beso de mi boca, crispándose un tanto al juego dichoso y libre de mis ganas, de tu noche. |
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| INÉS YÉNDOME DE ESPALDAS | |
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... esa noche iba a visitarte, quizás, seguramente, porque habíamos resuelto en algún momento que yo iría a buscarlas para venir a casa y pasar un buen rato en algún juego de cartas o varitas chinas. Como otras tantas veces, recorrí las habituales cuadras, subiendo despacio, la noche limpia y como detenida en ese olor a jazmín de los jardines en sus casas, o más bien, detenida en mi memoria, en el recuerdo que vuelve una y otra vez desde allá dentro, como desgranándose de a poco y sin prisa, tan cotidiano de encontrarlo ahí repetido, sigiloso y siempre en acecho. Fue entonces cuando luego de cruzar tu esquina, ya casi cerca de tu ventana, la vi salir, dejando la puerta un poco abierta, salió a la calle con esa segura definición de quien sale de una habitación para entrar en otra, con su temprano donaire, la minifalda azul, el cabello corto, caminando y bajando en diagonal hacia la tienda, sostenía en la mano una jarra metálica, y supuse en seguida su destino, la función y el mandado, supuse también algo de su felicidad, yéndome, arrastrándome a su mundo que no conozco, supuse que la vida siempre se da el lujo de agigantarle a uno la realidad. Ella, alejándose hacia la tienda, de espaldas, su caminar apresurado, quizás nervioso, la noche envolviéndole en su destello... No volteó cuando la silbé bromeando. |
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