|
“Yo
creo que la cuestión central no pasa por comprar un cuchillo capaz de cortar
una lata o un zapato de cuero, sino por cambiar de carnicería y conseguir
carne más suave para comer. No compres tanta pezuña de caballo”
supo decir el comediante norteamericano Jerry Seinfeld en uno de sus monólogos.
Hace meses que, con el impulso del suplemento cultural 'Ñ', el
ambiente literario argentino se ve sacudido en la búsqueda de generar polémicas
estéticas. El proyecto no sólo fracasa porque los involucrados no
están a la altura sino porque desvía la atención del verdadero
problema cuya resolución daría pleno derecho al debate: sin la asistencia
de concursos, padrinazgos, subsidios estatales o privados los escritores en las
sombras no tienen muchas chances de saltar al centro de la escena.
En este páramo poblado por vulgares rencillas personales, pedantería,
tiránicas imposiciones de los autores que hay que leer y egoísmos
de toda clase, la aparición del libro La joven guardia
reacomoda las fichas con la renovación de autores. Recientemente editado
por Norma, con selección y prólogo de Maximiliano Tomas y prefacio
de Abelardo Castillo, presenta veinte cuentos de escritores de entre 25 y 35 años,
marginales y académicos, reconocidos y ninguneados, promesas a
punto de consolidarse, realidades incuestionables y huecas muñecas de porcelana.
Considerando que esta antología presenta un panorama de las diferentes
preocupaciones estéticas de la nueva generación es apropiado dividir
el análisis en bloques.

En “Argentinidad” Diego Grillo Trubba logró
una muy sutil, aguda, humorística y definitiva meditación sobre
el ser nacional, la viveza criolla y nuestra tragedia como sociedad: un exiliado
en Berlín tras los hechos de diciembre de 2001 sobrevive dictando un curso
a jóvenes alemanes sobre cómo actuar a lo argentino, según
nuestros modos más míseros. Con mucho humor crea un estado idílico
perfecto y una empatía total con el piola de su protagonista.
Por lejos el punto máximo del libro.
“La edad de la razón” de Romina Doval, y “El
aljibe” de Mariana Enriquez están atravesados por la conciencia
del mal como ley suprema que supera los lazos de sangre, y son el tramo más
intenso de la antología. En el primer cuento, el nacimiento de la hermana
de la pequeña Carolina, narrado por una tercera persona que se expresa
como podría hacerlo una de sus compañeras de jardín de infantes,
desnuda el débil andamio que sostiene a la familia. Una incomodidad angustiante
en un ambiente cotidiano, sello de la autora, acompaña su lectura hasta
el final con una imagen de desamparo y orfandad absolutos. Partiendo de la sencillez
de unas vacaciones familiares Enriquez conjuga supersticiones con lo más
ruin de sus mujeres enfermizas para dar con el deterioro mental progresivo que
condena a la anteriormente saludable Josefina.
La inseguridad de los hombres ante las mujeres queda patente en el viejo celoso
y paranoico que intenta someter a su amante antes sumisa en “Otra
mujer” de Oliverio Coelho, y en la inversión de los roles
de protector e indefenso de los protagonistas de “Un lugar más
alejado”, de Alejandro Parisi, donde el narrador separado tambalea
ante la firmeza de su nueva pareja para llevar adelante su reciente embarazo.
Sigue un bloque de cuentos que, sin ser impecables en contenido y forma como los
anteriores, valen por su fuerza interna. “El cavador”,
de Samantha Schweblin, es totalmente ambiguo. El pozo que un misterioso personaje
cava trasciende el cuento y, abriéndose a múltiples interpretaciones,
no podemos evitar caer en él. A la desolación que acompaña
al adolescente que abandona su pueblo tras el nacimiento de su hijo en “Un
hombre feliz”, de Federico Falco, le queda corta su extensión
y merece desarrollarse por sí misma, sin tantas intervenciones del narrador
omnisciente. La morosidad del protagonista argentino acumulando una seguidilla
de detalles de su paso por un bar parisino en “El imbécil
del Foliz” de Gabriel Vommaro hace desear alguna elipsis para subirlo
a la categoría anterior.
 “El
hipnotizador personal”, de Pedro Mairal, es la historia de una
chica rica que busca quien le anule el tiempo muerto vista desde la posición
del escritor romántico enamorado; “La intemperie”,
de Florencia Abbate, cuyo lenguaje sutil no concuerda con esa historia de patéticos
perdedores y “Siesta” de Gisela Antonuccio, donde
la presencia inquietante del cadáver de una mujer en una cocina no alcanza
a ser potenciada por su autora, entran en la categoría de los cuentos tibios,
el limbo de la antología.
Y para el final quedan textos que, en algún caso, deberían ser llamados
ejercicios de estilo antes que cuentos. Así “Diez minutos”,
de Hernán Arias, pareciera una sinopsis para filmar a un personaje sentado
en un banco de plaza; de hecho remata apelando a posibles resoluciones si esa
sinopsis fuese filmada.
 Previo
al tándem de los cuentos de Doval y Enriquez están los aportes de
la pareja que Clarín elevó hasta las alturas de una Virginia Woolf
y un James Joyce porteños y fuera de las leyes del mercado y la academia:
Gabriela Bejerman y Washington Cucurto. “¡Chef! ¡Puré
chef! ¡Un chef haciendo puré chef!” son las primeras palabras
de “Morfan dos”. Sería injusto negar que para
el resultado obtenido, Bejerman no podía haber encontrado un mejor comienzo.
Agregándole un poco de agua al cuento y calentándolo se obtiene
un insulso purecito artificial que no sirve de guarnición para los platos
fuertes del libro. La historia del cocinero farsante encumbrado como genio gastronómico
por los medios, puede leerse como una proyección de la propia autora. En
“Una mañana con el Hombre del Casco Azul”,
Cucurto demuestra que no hay nada consistente tras la cáscara del revolucionario
violador de la sintaxis y cultor del disparate como reserva vital para la literatura.
Bajo una máscara de ironía en el “Diario de un joven
escritor argentino”, Juan Terranova sugiere su imposibilidad de
poder decir algo verdadero; cuenta que su elección poco rentable de apuntar
a un reducido público académico no fue muy acertada, insinúa
desesperar por el reconocimiento masivo y desea cambiar las reglas del juego que
decidió desempeñar por no serle muy benévolas. Un cobarde
pedido de piedad.
En el prefacio, Castillo dice no haber leído ninguno de los cuentos, y
aunque en una primera impresión puede parecer chocante, no lo es tanto;
dicho prefacio es sólo un acompañamiento a los autores. Lo que en
verdad debe chocar es esa mueca de desdén hacia las intenciones del libro
llamada “Recomendaciones de un padre argentino para un cuento español”,
de Gonzalo Garcés. Desde el púlpito de sus columnas periodísticas
Garcés critica las fallas de la literatura contemporánea argentina,
pero al colaborar con esta antología de cuentos sacando de un cajón
las líneas argumentales de una historia que quizás tenga en mente
escribir algún día demuestra ser parte del mismo sistema contra
el que levanta su voz.
Las pezuñas más renombradas, sean raza Piglia, Caparrós,
Guebel o Aira nunca pudieron más que mellar los cuchillos más filosos.
La joven guardia ofrece otros sabores, y establece una cabeza
de playa para sacudir un panorama que exige renovación.
|