Virgilio en la expresión del misterio 
Antonio Mengs


Mas si llegar no puedo a los misterios
de la Naturaleza, por faltarme
vital calor que al corazón aliente,
que entonces mi ilusión sean los campos…

(Geórgicas II, 724-7)


Los materiales y procedimientos de que hace uso la sociedad urbana distan mucho, como es obvio, de los empleados en el entorno rural. No obstante, hasta hace relativamente poco ambos colectivos compartían una determinada zona semántica, más o menos extensa en función de los intereses y la cultura del hablante. La situación ha cambiado casi por completo debido a la introducción de maquinaria pesada en la agricultura, los sistemas de cultivo planificado y de explotación ganadera, etc. y observamos el progresivo abandono en uno y otro medio de gran parte de la herencia lingüística, carente ya de sentido práctico. En consecuencia, si el ganadero o el agricultor vacilan al expresar determinadas cuestiones relacionadas con el ayer, el habitante de ciudad se siente desnudo en sus esporádicas visitas al campo por faltarle el nombre: desearía dar nombre a cuanto ve, averiguar su finalidad, uso, origen, mas desconoce tanto la tradición como las palabras en que se fundamenta.

En el s. I a.c., el aristócrata Mecenas propuso al poeta Virgilio, célebre en vida, la ejecución de unos versos que refrendasen la política de Octaviano, consagrada a promover en Italia el cultivo de la tierra y fortalecer así los nuevos asentamientos. Virgilio compuso un poema para colonos afines al beatus ille durante su estancia en Nápoles (37-29 a.c.), más o menos por la época en que Horacio escribió su famoso Epodo II (30 a.c.), y cumplió con las obligadas loas a Mecenas y al autoproclamado Augusto. El genio, sin embargo, no puede ocultarse y de su ímpetu surgió un gran poema, una descripción de las labores del campo que retomaba en parte la herencia de ‘Los Trabajos y los Días’ y en parte la de Lucrecio; una reflexión sobre el nombre, la tradición y el tiempo, y un sorpresivo y sorprendente desplazamiento de todo ello hacia el mito.

En efecto, las Geórgicas finalizaban con alabanzas a Gayo, gran amigo del poeta, suicidado a raíz de la pérdida del favor de Augusto; éste solicitó a Virgilio retirase los versos y consiguió su propósito, ignorando que una rectificación debida al acatamiento a los deseos del emperador iba a redundar en mayor fortuna para la poesía. El poeta sustituye las loas del original por el episodio de Aristeo, bellísima rememoración del mito de la renovación de la tierra: con ello, lega a la posteridad una concepción del trabajo que surte de las fuentes mismas del misterio.


‘Virgilio. Obras Completas’ contiene, como su título indica, no sólo las Geórgicas sino toda la obra conocida del autor, además de la ‘Vida de Virgilio’ de Suetonio y la reproducción de las 136 planchas del humanista Sebastián Brand (Eneida). Se dice siempre de la oportunidad de releer a los clásicos; no es menos cierto que publicaciones como la presente son las que nos dan la oportunidad de releerlos, o acercarnos a alguna obra suya no visitada aún, al renovar con mimo y cuidado su carácter distraído por los años. En definitiva, la justificación de las líneas que siguen es doble, e incluso triple: nuestro desconocimiento de las Geórgicas, una extraordinaria traducción y la oportunidad que se nos brinda de recuperar por iniciativa poética palabras y tradiciones del pasado reciente (recordemos que desde su invención hasta poco antes de nuestros días artilugios como el trillo o el arado, prácticas de siembra y cosecha, e incluso la forma típica de construcción rural se han mantenido sin apenas variaciones).

Una extraordinaria traducción: si el poeta se documentó con esmero para la composición de la obra, no menos cuidado puso Aurelio Espinosa Polit en trasladarla al castellano. Contempladas desde un punto de vista textual, que al lector hispanohablante le trae a la memoria tantos versos de Neruda y su amor por las criaturas, los materiales y los oficios, abunda Virgilio en las faenas del campo según rigen las estaciones, la elección del terreno y el cultivo, las labores de la siembra y la cosecha; nombra los utensilios, las tierras, las especies, los árboles, las plagas, pormenoriza los cuidados, las argucias, los imprescindibles menesteres y también los más ínfimos; se ocupa además del ganado y precisa cómo tratar su cría para lograr la fortaleza y prosperidad de la raza; pone especial atención en la de los caballos, tan valiosos para múltiples fines, y antes de deslizarse en el mythos concluye con una representación de la vida social de las abejas plasmada como si de la de una milicia romana se tratase, con sus flaquezas y glorias, su crueldad hacia el enemigo y su delicadeza por los infantes, etc. Los endecasílabos de Aurelio Espinosa, en cada caso, suben los hexámetros virgilianos a la altura del ritmo que les es propio en nuestra lengua y del énfasis adecuado a nuestra sensibilidad. Pero no sólo eso: al lector moderno, sin duda le sorprenderá el sabio aprovechamiento que hace el traductor de la riqueza léxica de nuestro idioma. Leer las Geórgicas así traducidas es darle una oportunidad al diccionario no por afán arqueológico, sino por emoción de la belleza; es darse la oportunidad, como lector, de asumir un legado que los siglos fueron incorporando trabajosamente a la medida de su humilde necesidad y que, hoy por hoy, paradójicamente, constituyen la manera más culta y precisa de aproximarse a los campos de la cita inicial, de anclar un mundo en vías de extinción.

El mundo tradicional es gran donador de nombres; de él provienen los nuestros, de él los tomó Virgilio, gran cultivador. El colono, como el poeta, no debe aventurarse sin antes escuchar a los ancestros, sin aprender de cuantos le precedieran. Mas los propósitos del aprendizaje difieren en cada caso y Virgilio, pese a demostrar un denodado afán documentalista, no defiende interés específico en el nombre en sí; antes bien, renuncia a la locura de nombrar el universo e ironiza acerca de quien pone allí su meta. En última instancia, los nombres no importan:

Mas son tantas las especies, tantos nombres
que no pueden contarse, ni esto importa.
Quien los quiera saber, también pretenda
saber cuántas arenas alza el Céfiro
por las playas de Libia, o cuántas olas
vuelca a la orilla el Euro en el mar Jonio… (II,150-155)

Otra es su finalidad. ‘Si llegar no puedo a los misterios / de la Naturaleza, por faltarme / vital calor que al corazón aliente…’ Los nombres, garantes del calor vital de Virgilio, encarnan en el poema y su aliento nos conduce, a través de los dioses, hacia las altas cimas de ese padre tan caro a Hölderlin, presente en el trabajo y en los campos. No es tarea sencilla; precisa ante todo no descuidar la observación de los astros —augurio infalible—, mas la plegaria a los dioses se hace siempre necesaria, pues pese a toda dedicación y esfuerzo ‘así lo quiso el Padre: que no fuera / fácil la empresa de labrar los campos’ (I, 180).

El hombre está en el poema como unas manos siempre laboriosas, unas manos tan sólo. El verdadero protagonismo es de las criaturas. Virgilio, empleando con ingenio y sabiduría las herramientas de su arte, permuta el valor semántico conductor al incurrir con exquisita habilidad en la insinuación y la metáfora, manteniendo por un lado el pretexto del encargo oficial y haciendo suyo por completo, por otro, el poema: el trabajo bien hecho es siempre un acto creador. Mientras dirige nuestra observación hacia las criaturas, la tendencia al paralelismo y a la personificación desdoblan la mirada, de manera que asistimos de forma subrepticia en su descripción de los árboles a la del ser humano, aún más patente en la de las devastadoras pasiones del ayuntamiento en referencia a los bóvidos; ha de facilitárseles casa a las abejas ‘en sitio de los vientos defendido’, elemental premisa arquitectónica; por si esto fuera poco, un panal se asemeja a una villa, a una demostración de poder en pleno campo, como lo han sido en todo tiempo los palacios y las grandes mansiones.

A través de las criaturas es como el hombre puede verse, uno en el todo, multiplicidad y unidad remansadas. El mundo natural es el único en el que puede ser feliz y recobrar la ‘dorada época de Saturno’, ajena a la milicia y al comercio (Virgilio ensalza como Horacio la disponibilidad de manjares no comprados). Presiente que en el transcurso del camino civilizador nos hemos alejado de allí en demasía y es preciso rectificar, literalmente bajarse del carro;

Pero un inmenso trecho en la carrera
Hemos dejado atrás: el cuello humeante
Tiempo es de desuncir a los corceles. (II, 815-7)

Además, es allí donde únicamente se puede obtener justicia, motivo de gran importancia política en la Roma de entonces y que confiere un matiz esencial a la apuesta por la vida retirada: el hombre recibe galardón a sus afanes no de la veleidosa justicia humana, sino de la madre tierra, iustissima:

Lejos de las contiendas sanguinosas,
fácil sustento, que del seno vierte,
la tierra les ofrece, justiciera. (II, 685-7)


Subyacen a estas consideraciones tal vez aspectos autobiográficos del propio Virgilio, cuyos progenitores fueron víctimas de la expropiación y se vieron privados de la hacienda familiar precisamente a causa de los nuevos colonos —militares ya licenciados a los que se retribuía con propiedades rurales. La virilidad de su palabra no se halla exenta de melancolía. Pero hay también un espíritu en búsqueda del origen, de su raíz en el cosmos y en el tiempo: y en la medida en que el poeta describe las diversas formas de habilidad, que lo son de invención, está rozando el límite invisible y misterioso cuya trasgresión dio lugar a nuestra especie.

La lectura de las Geórgicas, abundando en el trabajo, las criaturas y los campos, nos traslada en diversos momentos a la prehistoria, a ese instante señalado, a ese entonces en que surgieron las artes del cultivo, de la doma y de la caza como una súbita chispa de luz. El lenguaje se emplea con palabras esenciales para significar la naturaleza de ese hecho prodigioso: 'Entonces se inventó cazar las fieras' (I, 209). Momento privilegiado y favorecido por una intención que se nos oculta, la de la ‘mano omnipotente’, ya que antes debieron concluir las heladas dando paso al tiempo primaveral, condición indispensable para que se desarrollara la vida:

Tales los días fueron, imagino,
En la alborada prístina del mundo,
Tal su temple constante. Primavera
Gozó entonces sin duda el universo:
Y contendría el Euro su invernizo
Soplo glacial, cuando la luz bebieron
Los ganados y el hombre —férrea estirpe—
Alzó del duro suelo la cabeza,
Cuando lanzó la mano omnipotente
A la selva la fiera, el astro al cielo.
Nunca seres tan frágiles pudieran
Sufrir en su rigor las estaciones,
Si el frío y el calor no se templaran,
Y el cielo, acogedora mansedumbre,
No abrigara a la tierra. (II, 497-511)

Comienza la Historia cuando el hombre persevera en la luz de la acción, pues la labor de los campos exige que se atiendan a su debido tiempo, en el tiempo cíclico, las tareas. En otro caso imperan el caos, el conflicto, la pérdida. Mas con anterioridad a esa luz no es posible describir ya nada, imaginar nada.

Es entonces cuando Virgilio, demostrando en el bellísimo final del poema IV su habilidad también en nombrar el mundo mítico, de la belleza ideal, nos invita recreándolo a recordar un cuento, un cuento que él no ha inventado, que proviene de los primeros alumbramientos de la mente y sabe, como sus oyentes, por tradición: el del rescate de Perséfone por Orfeo, la historia que explica, que ordena la vida del hombre en un constante renacer.

No de otra manera, sino por la belleza de las palabras, nos hace vibrar el gran poeta, poeta clásico, en la expresión del misterio.



Virgilio, 'Obras Completas'
Edición bilingüe, varios traductores; traducción de Bucólicas, Geórgicas y Eneida por Aurelio Espinosa Polit.
Ediciones Cátedra, Biblioteca AVREA, Madrid 2003.


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