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| ¡Buenas noticias,. muñeca! | |
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Marcelo
Choren |
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¿Cómo leer a Chandler? Con
una gran dosis de humor y una batería de antiácidos, creo. No se
necesitarán conocimientos sobre venenos hindúes indetectables, tampoco
hará falta que la víctima se pare sobre una única baldosa
posible —y justo a las 3:30 de la tarde—, para que una ballesta dispare
esa flecha mágica que le atravesará la coronilla; bastará
con imaginar el impacto de una bala calibre .45 en el pecho de algún rufián.
En la obra de Chandler el enigma es, en realidad, un asunto secundario (si no
fuese así, la relectura de cada una de sus novelas sería insoportable:
el lector ya sabe cómo termina todo).Lo impresionante es la acción
vertiginosa y el estudio de los
caracteres humanos bordeando el estereotipo, jugando con el grotesco en una mezcla
de brutalidad, ironía y filosofía de bar. Bar en que lector y personaje
se sientan a beber bourbon en cada página. Porque, convengamos en esto,
a Philip Marlowe uno lo quiere desde la primera línea, se le hace difícil
separarlo de su autor. Claro que no siempre se llamó así este justiciero
que a veces esquiva los caminos del procedimiento legal, este Quijote americano
de los 50’: en distintos cuentos, Chandler lo hace aparecer como Mallory,
Malvern, Carmody y Dalmas. Pero uno puede oler a Philip Marlowe en cualquiera
de estos personajes. El
viejo Raymond (Chicago, 1888 – La Jolla, 1959) no escribió mucho:
siete novelas —muchas de ellas refundiendo textos anteriores—, una
serie de cuentos cortos y algunos guiones para el cine. Su primer cuento, “Blackmailers
Don’t Shoot”, fue publicado en 1933 por Black Mask, pionera publicación
pulp que marcó toda una época en la literatura policial. El padrino
literario de Chandler no fue otro que Dashiell Hammett: él se encargó
de conseguir que esta primera publicación apareciera en la legendaria revista.
Es un momento trascendental para el policial negro: el Sam Spade de Hammett se
eclipsa y le cede el trono detectivesco a un Philip Marlowe algo menos lírico,
algo más desencantado del mundo. En el momento de publicarse “Blackmailers
Don’t Shoot”, Chandler ya tenía cuarenta y cinco años.
Dos décadas más tarde, terminó su carrera como novelista
con “El largo adiós”, editada en 1953. Al morir, en marzo de
1959, dejó una obra inconclusa: Poodle Springs. La terminó —o
creyó terminarla— Robert Parker. Se hizo una deplorable película
para TV, con la dirección de Bob Rafelson y con el no menos deplorable
James Caan destruyendo al personaje de Marlowe. |
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La editorial Emecé, de Argentina, reeditó recientemente cinco novelas de Raymond Chandler: “Adiós, muñeca” (1940) —traducción de César Aira— y “La dama en el lago” (1943). En enero: “El sueño eterno” (1939)—la primera novela del autor—y “La ventana siniestra” (1942). En marzo: “La hermana menor” (1949). Sorprende la falta de un título emblemático: “El largo adiós”—tal parece que los derechos pertenecen a otro sello.
Este fragmento pertenece
al primer encuentro entre el detective y Malloy, un ex presidiario gigantesco
y entrañable que busca a su novia. Será Philip Marlowe quien la
localice y, al mismo tiempo, quien desenrolle la intriga que había llevado
a Malloy a la cárcel. Se hicieron dos versiones para el cine: una en 1945,
dirigida por Edward Dmytryk, con Dick Powell; y otra —mucho mejor—
en 1975, dirigida por Dick Richards, con Robert Mitchum y la siempre enigmática
Charlotte Rampling. Para las dos películas se utilizó el mismo guión
de Chandler. |
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Coloqué una tarjeta de visita
—de las que no tenían impresa la pistola ametralladora en un ángulo—
sobre su escritorio, y pedí una entrevista con el señor Derace Kingsley.
Se ha acusado a Chandler de torpe y
desmañado. Puras mentiras: su escritura es sólida, llena de vida
y relieve. También se le reprocha que en “El sueño eterno”
se haya olvidado de un asesino: cuando se filmó la película —en
1946—, el director Howard Hawks y los guionistas—William Faulkner
(nada menos), Leigh Brackett y Jules Furthman—no pudieron descifrar parte
de la trama; consultado, Chandler admitió que ni siquiera él mismo
era capaz de decirles quién había matado a uno de los personajes.
Por lo demás, ¿a quién le importa? “Que se me muestre—dice
Chandler—a alguien incapaz de soportar la novela policíaca: se tratará,
sin duda, de un mentecato. Un mentecato inteligente —es posible—;
pero, de todos modos, un mentecato.” |
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