(Galpón abandonado. Se ven restos de basura, papeles y objetos
viejos o desvencijados. Entra Narradora apresuradamente. Viste una suerte
de sobretodo roto y mojado. Afuera llueve fuertemente y el ruido de
la lluvia va a actuar como eco del monólogo, variando su intensidad
de acuerdo a las palabras de Narradora. Está agitada. Busca un
lugar despejado en el piso, se sienta, y sonríe satisfecha. Saca
un objeto de entre sus ropas, lo deja en el piso y luego se pone de
pie. Busca una madera o mueble viejo y tapa la puerta de entrada)
Narradora.- Je, se perdieron... Casi no la cuento, esta vez. Se me vinieron
al humo más rápido de lo que pensaba. Y eso que no les
despegué los ojos de encima. Están mejorando, parece.
O estoy envejeciendo, ¿quién sabe? (Va hasta la puerta
y vigila por una rendija) Marcos ¿dónde te metiste?
(Se toca la cabeza tratando de ver si hay algún rastro de
sangre. Se mira la mano) Nada. Bruto golpe, che. (Irónicamente)
¡A una dama, habrase visto! ¡Mocoso insolente! (Vuelve
la mano a la cabeza, mientras mira alrededor. Pausa. Decidida) Hay
que hacer un fuego (Se quita el abrigo y busca maderas. Estornuda
estrepitosamente. En tono pedagógico y festivo) Se trata
de poner las maderas de manera que vayan formando una pirámide
para que el aire entre y avive el fuego. (Lo va haciendo) Primer
paso: acomodar las maderas. Ponemos una madera acá... otra enfrentándola...
una al costado para sostenerlas... Algo así. No está mal
para no ser un boy-scout. Y pensar que cuando empezamos en esto teníamos
casas. Con cocina, comedor y patio (Sola. Jugando a que hay otra
persona con la que dialoga) ¿Un café? Enseguida,
corazón. (A cámara) Se prende la cocina y no
hay más que hablar. Comodidades, che (Pausa) Segundo
paso: llenar de material inflamable el interior (Usa unos pocos
periódicos que encuentra) Esto va a servir. (Al interlocutor
imaginario) ¿Con azúcar o edulcorante, mi vida? El
secreto está en tratar de que no se vuelen a la mierda. (Pausa.
A cámara) Todos empezamos teniendo algo. Un capital inicial.
La mayoría tenía autos, armas o casas (Pausa)
Pero con el tiempo lo fuimos dejando todo. Era el techo o la vida. No
había muchas opciones. Y ya no hay
café
con dos de azúcar, ni cocina, ni patio (Pausa) Tercer
paso: prender el papel (Intenta dos veces) Vamos, vamos, vamos...
¡Ahí está! (Aprovecha la situación para
prender un cigarrillo) Elegimos, creo (Se quita el abrigo y
lo usa para secarse el pelo. Vuelve a tantear su cabeza y se mira nuevamente
los dedos) Y, por lo visto elegimos bien (Pausa) Al principio
era cuestión de suerte. Teníamos una buena mano y la jugábamos.
Pero poco a poco las cosas fueron cambiando. Buenos Aires fue tomando
vida, nuestra vida, y supimos aprovecharla. La pusimos de nuestro lado.
La encaminamos (Empieza a quitarse la ropa mojada y la va dejando
sobre una silla desvencijada junto al fuego) Y así fuimos
enterándonos de como funcionaban las cosas. Supimos del imperio
de la violencia. De quienes controlaban la situación. Interpretamos
las estrategias de dominación y de las del sometimiento. Y las
aprendimos, como escolares aplicados. Primero, por curiosidad, por lo
sorprendente de este descubrimiento, pero poco a poco nos fue seduciendo
el poder. Las distintas formas de ese poder. Y nos dejamos llevar. (Se
sienta junto al fuego, primer plano) Las primeras movidas fueron
simples: buscábamos el caos. Una vez que lo encontrábamos
manejábamos la situación a nuestro modo. A nuestra conveniencia.
Lo esperábamos y le sacábamos el jugo. En el caos nadie
sabe que hacer. La primera reacción es siempre instintiva, no
racional. El único mensaje que todo el cuerpo enceguecido recibe
es: hay que huir. De cualquier manera. Sácame de acá.
Entonces se pisan, se empujan, se gritan. El temor los vuelve egoístas.
Piden desesperadamente algo que los calme, algo que les de seguridad.
Y, lo más importante de todo, se sienten vacíos (Pausa)
Al principio usamos el caos para hacer guita. Buscábamos
un hecho de violencia y nos acercábamos. Seguíamos a nuestras
presas hasta que se encontraran a suficiente distancia del hecho de
violencia. Hasta que se sintieran fuera de peligro. Y les vendíamos
algo. Cualquier cosa. Y todos, inevitablemente, compraban. Encendedores,
planes de salud, teléfonos celulares, viajes a Brasil, seguros
de vida, perfumes truchos, preservativos, biblias... (Exhala humo
del cigarrillo) Nos hicimos ricos (Pausa) El truco era
venderles inmediatamente después de que sufrían el choque
violento. Comprobamos que pasadas las tres horas ya podían volver
a la normalidad y actuar mesuradamente. El truco era agarrarlos inmediatamente
después de la situación. Correr contra el reloj. Sólo
teníamos tres horas para convencerlos, antes de que se metabolizara
el miedo. Hacerles creer que obtenían algo: tranquilidad, comodidad,
reposo (Pausa) Nadie podía culparnos. No estábamos
robando nada, solo aprovechábamos la situación. Y con
ese dinero fuimos comprando más autos, más armas, más
casas. Pero con el primer gran laburo que hicimos todo empezó
a cambiar. Vimos que ya no era joda. Que había que moverse más
de lo que imaginamos. Que no servía de nada estar guardados.
Y que lo mejor era actuar todo el tiempo. Sin lugar, sin identidad,
sin pausas. Entonces dejamos el negocio. Bajamos la persiana...
(Pausa) Cuando empezamos en esto buscábamos diversas situaciones
de violencia. Es fácil. La violencia está en todos lados.
En el Estado, en la calle, en la Iglesia, en la política, en
los canales de televisión, en los periódicos, en las casas,
en los bares, en las cárceles, en la bolsa, en la pareja, en
los pobres, en el cuerpo, en los ricos, en los discursos, en la oligarquía,
en las empresas, en las asambleas, en las movilizaciones, en la soledad,
en el amor, en la mente, en la familia, en los colegios, en los transportes...
En todo el mundo a toda hora se están generando hechos de
violencia. En EEUU, en Brasil, en Rusia, en Colombia, en Irak, en Alemania,
en Francia... incluso en las tribus más remotas del África.
Y en todas hay un silencio que precede esa acción violenta. Es
sólo cuestión de estar preparados para el momento justo.
Para percibir esa violencia y poder manejarla, darle rumbo, guiarla
a gusto. (Pausa) (Se ve un grupo de gente en una zona céntrica)
Esos somos nosotros. Entre la gente, en la gente. Ángel,
Maria, Ezequiel, Marcos... y tantos otros. Todos atentos. Esperando.
Hay un momento en que el silencio que precede a la acción llega
a ser palpable. Se lo puede acariciar como a un perro. Ese es el momento.
(Zona céntrica de Buenos Aires. Se ve gente que corre despavorida.
La escena vuelva el momento previo. Silencio) Violencia directa,
violencia latente, violencia pasiva, violencia periódica, violencia
masiva, violencia física, violencia psicológica, violencia
sexual, violencia capitalista, violencia religiosa, violencia familiar,
violencia política, violencia ideológica... Con el tiempo
nos hicimos adictos. Viajábamos constantemente. De Nueva York
a Tokyo, de Tokyo a Buenos Aires, de Buenos Aires a la Habana, de la
Habana a Berlín... Es sólo cuestión de encontrar
el mejor lugar. El momento justo en que se da la situación. Pero
la paciencia empezó a jugarnos en contra. La ansiedad nos carcomía.
Depender de la situación ya no nos gustaba mucho. Era como matar
con un cuchillo prestado. No era justo. No queríamos correr detrás
de ella, no queríamos servirla. Mucho menos adorarla. Entonces
rompimos los lazos. Dijimos basta y dejamos de consumir (Pausa)
Verán, consumir es para aterrorizados, para torturados. La violencia
genera consumo. Esa fue la solución al comunismo. No creerían
lo mucho que compra una persona que sufrió la violencia. No piensa
en términos de comunidad. No cree en la comunidad. La comunidad
le hizo daño y ya no confía en ella. Ahora le teme. Ahora
le huye. Sólo quiere reforzar con piedras, o esconder tras los
arbustos, la entrada de su cueva. Busca separarse del resto. Alejarse
del resto, de los desconocidos, de los otros. Nosotros no buscábamos
eso. No nos era para nada útil. Porque resultaba ser que nosotros
éramos los otros. Nosotros éramos los desconocidos (Pausa)
Por otro lado ya no teníamos un lugar. Ya no queríamos
un lugar. ¿Porqué íbamos a quererlo si todos los
lugares eran nuestros lugares, todas las ciudades eran nuestras ciudades?
Éramos cada ruido de la calle, cada motor que se enciende súbitamente,
cada llanto solitario, cada pedido de auxilio sin respuesta. Cada insulto,
cada golpe, cada mirada torva. Estábamos ahí. Esperando
que esa violencia se manifestara. Para manejarla, para usarla, para
vivir a través de ella. Pero ella vivía así a través
de nosotros (Pausa) Por eso dijimos basta. Porque ya no era
cuestión de comprar o vender. Ya no se trataba de sacar un provecho.
Sino de conseguir la dominación. Se trataba de manejar los hilos.
De imponerse, y de dominar el imperio de la violencia como un rey enloquecido.
Haciendo uso y abuso de ella. De su poder (Pausa) Así
que tomamos el toro por las astas y cambiamos las reglas del juego.
Había que invertir dinero, pero éramos ricos y eso no
era un problema. Ya no se trataba de esperar sino de provocar los actos.
Tener todo el control. Dominar. Decidir. El lugar, el momento, la situación
completa...y nos fuimos perfeccionando. Empezamos con hechos sencillos
y les fuimos agregando complejidad. Un robo con persecución fingida
en pleno centro, un ruido de explosión dentro del subte, un automovilista
enloquecido en una feria... Cada lugar era propicio. Cada momento era
el momento. Ya no había que esperar. Ahora solo se trataba de
actuar rápido, evaluar las consecuencias y salir disimuladamente.
Éramos buenos. Muy buenos. Pero empezaron las sospechas y empezaron
a correrse las voces. Fue entonces cuando recibimos la llamada telefónica
(Pausa) Verán, lo que iniciamos casi por casualidad es llevado
a cabo la mayoría de las veces, y a gran escala, por autoridades
del gobierno. Se trata de regular los vaivenes del mercado de manera
que no se provoquen grandes baches en el desarrollo del consumo. Es
decir, que se logre un equilibrio provechoso aunque no siempre favorable.
Algunos hechos políticos pueden alterar el desarrollo de la economía.
Porque hay momentos dentro de la historia en que por un error de mando
se le da a entender a la población que no es necesario consumir.
La gente, súbitamente, lo entiende y deja de hacerlo. Es entonces
cuando se aplica la violencia a gran escala. A escala nacional, para
revertir esa situación. Se hace uso del miedo. Esto no aparece
en los manuales del buen economista, claro está...Ahora bien,
para cuando recibimos la llamada ya habíamos abandonado
el
derroche. Todo el dinero que habíamos sacado con las estrategias
de dominación fue llenando cuentas olvidadas en bancos de Suiza.
Pero cuando la cantidad no puede contarse, deja de tener importancia.
Además era imposible salir. Esto también tiene su síndrome
de abstinencia. De manera que dijimos que no. Ahora se trataba de jugar
con esa guita, con esa gente, como si estuviéramos en un casino.
Aunque ya no se trataba de ganar algo. Lo empezamos a hacer por amor
al juego. Detrás de cada hecho de violencia se esconde un sin
fin de posibilidades de explotación. Cada hecho de violencia
es como un pozo petrolero. Se puede obtener mucho más que solo
guita. Se trata de la dominación a través de la violencia.
Se trata, sobre todo, de experimentar con la condición humana.
De probar los límites a los que puede llegar la mente y el cuerpo
de los seres humanos. Como si se golpeara una pecera. Esa consecuencia
multiplicada por miles. Pero ellos no estaban pidiendo favores. Y la
competencia no suma, divide. No estaban dispuestos a compartir con un
grupo de advenedizos. Pero olvidaron que ya habíamos dejado de
serlo. Una vez que se conoce la maquinaria de la violencia, solo es
cuestión de poner las fichas sobre el paño y esperar.
Para nosotros es mucho más fácil. No tenemos que mover
todo el aparato judicial ni regular la información de los medios
para justificarnos. Solo sacamos nuestro provecho, nuestras conclusiones.
Y damos otro rumbo al futuro de las personas, de los países,
del planeta (Pausa) Pero este juego además de reglas
tiene historia. Una historia que late en nuestra sangre. Una historia
que quiere que la sigan escribiendo. Una historia escrita con los seres
humanos, sobre los seres humanos. (Se pone de pie. Tantea la ropa
que está sobre la silla. Empieza a vestirse) Muchas veces
me pregunté cual es la diferencia entre mi cuerpo desnudo y mi
cuerpo vestido. Ninguna, creo. Bueno, salvo por estas marcas. Estas
marcas que me recuerdan quien soy, o qué. (Párrafo,
cita visual de Piglia, que dice “la dominación se marca
en la carne”) Yo también soy hija de la violencia.
Soy su hija y soy su madre. Ella crece y se multiplica como una plaga,
como un virus, como un rumor. En pequeños y grandes lugares.
Cuanto mayor es la densidad de población de una región
más fácil es volver a unos contra otros. Todos temen al
otro porque lo desconocen. Detrás de cada desconocido, solo Dios
sabe lo que puede haber. Nosotros aprovechamos esa paranoia, le damos
cauce. Al fin de cuentas jugamos con la violencia como los grandes empresarios
internacionales lo hacen con las economías de los países
pobres. No elegimos la violencia. Somos parte de ella y no podemos detenerla.
Pero nos negamos a servirla. Y nos negamos a esperarla (Pausa)
La violencia se ejerce en todos lados. Todo el tiempo. Es nuestra supervivencia,
en la agotadora lucha por la vida. Por eso nadie puede quejarse de lo
que hacemos. No pueden culparnos. Y por eso nos persiguen. Nos quieren
dar caza. Pero no se trata de liebres. Ahora la competencia es de igual
a igual. Porque también nosotros tenemos nuestra estrategia...
(Va a abrir la caja, pero unos ruidos la distraen. Va hasta la puerta,
mira por la rendija e inmediatamente vuelve sobre sus pasos, levanta
la caja y huye. Se escuchan unos golpes. Un hombre entra bruscamente
y corre detrás de ella.)