GABRIEL C
AUTERUCCI


EL JUEGO DE LA VIOLENCIA



(Galpón abandonado. Se ven restos de basura, papeles y objetos viejos o desvencijados. Entra Narradora apresuradamente. Viste una suerte de sobretodo roto y mojado. Afuera llueve fuertemente y el ruido de la lluvia va a actuar como eco del monólogo, variando su intensidad de acuerdo a las palabras de Narradora. Está agitada. Busca un lugar despejado en el piso, se sienta, y sonríe satisfecha. Saca un objeto de entre sus ropas, lo deja en el piso y luego se pone de pie. Busca una madera o mueble viejo y tapa la puerta de entrada)

Narradora.- Je, se perdieron... Casi no la cuento, esta vez. Se me vinieron al humo más rápido de lo que pensaba. Y eso que no les despegué los ojos de encima. Están mejorando, parece. O estoy envejeciendo, ¿quién sabe? (Va hasta la puerta y vigila por una rendija) Marcos ¿dónde te metiste? (Se toca la cabeza tratando de ver si hay algún rastro de sangre. Se mira la mano) Nada. Bruto golpe, che. (Irónicamente) ¡A una dama, habrase visto! ¡Mocoso insolente! (Vuelve la mano a la cabeza, mientras mira alrededor. Pausa. Decidida) Hay que hacer un fuego (Se quita el abrigo y busca maderas. Estornuda estrepitosamente. En tono pedagógico y festivo) Se trata de poner las maderas de manera que vayan formando una pirámide para que el aire entre y avive el fuego. (Lo va haciendo) Primer paso: acomodar las maderas. Ponemos una madera acá... otra enfrentándola... una al costado para sostenerlas... Algo así. No está mal para no ser un boy-scout. Y pensar que cuando empezamos en esto teníamos casas. Con cocina, comedor y patio (Sola. Jugando a que hay otra persona con la que dialoga) ¿Un café? Enseguida, corazón. (A cámara) Se prende la cocina y no hay más que hablar. Comodidades, che (Pausa) Segundo paso: llenar de material inflamable el interior (Usa unos pocos periódicos que encuentra) Esto va a servir. (Al interlocutor imaginario) ¿Con azúcar o edulcorante, mi vida? El secreto está en tratar de que no se vuelen a la mierda. (Pausa. A cámara) Todos empezamos teniendo algo. Un capital inicial. La mayoría tenía autos, armas o casas (Pausa) Pero con el tiempo lo fuimos dejando todo. Era el techo o la vida. No había muchas opciones. Y ya no hay café con dos de azúcar, ni cocina, ni patio (Pausa) Tercer paso: prender el papel (Intenta dos veces) Vamos, vamos, vamos... ¡Ahí está! (Aprovecha la situación para prender un cigarrillo) Elegimos, creo (Se quita el abrigo y lo usa para secarse el pelo. Vuelve a tantear su cabeza y se mira nuevamente los dedos) Y, por lo visto elegimos bien (Pausa) Al principio era cuestión de suerte. Teníamos una buena mano y la jugábamos. Pero poco a poco las cosas fueron cambiando. Buenos Aires fue tomando vida, nuestra vida, y supimos aprovecharla. La pusimos de nuestro lado. La encaminamos (Empieza a quitarse la ropa mojada y la va dejando sobre una silla desvencijada junto al fuego) Y así fuimos enterándonos de como funcionaban las cosas. Supimos del imperio de la violencia. De quienes controlaban la situación. Interpretamos las estrategias de dominación y de las del sometimiento. Y las aprendimos, como escolares aplicados. Primero, por curiosidad, por lo sorprendente de este descubrimiento, pero poco a poco nos fue seduciendo el poder. Las distintas formas de ese poder. Y nos dejamos llevar. (Se sienta junto al fuego, primer plano) Las primeras movidas fueron simples: buscábamos el caos. Una vez que lo encontrábamos manejábamos la situación a nuestro modo. A nuestra conveniencia. Lo esperábamos y le sacábamos el jugo. En el caos nadie sabe que hacer. La primera reacción es siempre instintiva, no racional. El único mensaje que todo el cuerpo enceguecido recibe es: hay que huir. De cualquier manera. Sácame de acá. Entonces se pisan, se empujan, se gritan. El temor los vuelve egoístas. Piden desesperadamente algo que los calme, algo que les de seguridad. Y, lo más importante de todo, se sienten vacíos (Pausa) Al principio usamos el caos para hacer guita. Buscábamos un hecho de violencia y nos acercábamos. Seguíamos a nuestras presas hasta que se encontraran a suficiente distancia del hecho de violencia. Hasta que se sintieran fuera de peligro. Y les vendíamos algo. Cualquier cosa. Y todos, inevitablemente, compraban. Encendedores, planes de salud, teléfonos celulares, viajes a Brasil, seguros de vida, perfumes truchos, preservativos, biblias... (Exhala humo del cigarrillo) Nos hicimos ricos (Pausa) El truco era venderles inmediatamente después de que sufrían el choque violento. Comprobamos que pasadas las tres horas ya podían volver a la normalidad y actuar mesuradamente. El truco era agarrarlos inmediatamente después de la situación. Correr contra el reloj. Sólo teníamos tres horas para convencerlos, antes de que se metabolizara el miedo. Hacerles creer que obtenían algo: tranquilidad, comodidad, reposo (Pausa) Nadie podía culparnos. No estábamos robando nada, solo aprovechábamos la situación. Y con ese dinero fuimos comprando más autos, más armas, más casas. Pero con el primer gran laburo que hicimos todo empezó a cambiar. Vimos que ya no era joda. Que había que moverse más de lo que imaginamos. Que no servía de nada estar guardados. Y que lo mejor era actuar todo el tiempo. Sin lugar, sin identidad, sin pausas. Entonces dejamos el negocio. Bajamos la persiana... (Pausa) Cuando empezamos en esto buscábamos diversas situaciones de violencia. Es fácil. La violencia está en todos lados. En el Estado, en la calle, en la Iglesia, en la política, en los canales de televisión, en los periódicos, en las casas, en los bares, en las cárceles, en la bolsa, en la pareja, en los pobres, en el cuerpo, en los ricos, en los discursos, en la oligarquía, en las empresas, en las asambleas, en las movilizaciones, en la soledad, en el amor, en la mente, en la familia, en los colegios, en los transportes... En todo el mundo a toda hora se están generando hechos de violencia. En EEUU, en Brasil, en Rusia, en Colombia, en Irak, en Alemania, en Francia... incluso en las tribus más remotas del África. Y en todas hay un silencio que precede esa acción violenta. Es sólo cuestión de estar preparados para el momento justo. Para percibir esa violencia y poder manejarla, darle rumbo, guiarla a gusto. (Pausa) (Se ve un grupo de gente en una zona céntrica) Esos somos nosotros. Entre la gente, en la gente. Ángel, Maria, Ezequiel, Marcos... y tantos otros. Todos atentos. Esperando. Hay un momento en que el silencio que precede a la acción llega a ser palpable. Se lo puede acariciar como a un perro. Ese es el momento. (Zona céntrica de Buenos Aires. Se ve gente que corre despavorida. La escena vuelva el momento previo. Silencio) Violencia directa, violencia latente, violencia pasiva, violencia periódica, violencia masiva, violencia física, violencia psicológica, violencia sexual, violencia capitalista, violencia religiosa, violencia familiar, violencia política, violencia ideológica... Con el tiempo nos hicimos adictos. Viajábamos constantemente. De Nueva York a Tokyo, de Tokyo a Buenos Aires, de Buenos Aires a la Habana, de la Habana a Berlín... Es sólo cuestión de encontrar el mejor lugar. El momento justo en que se da la situación. Pero la paciencia empezó a jugarnos en contra. La ansiedad nos carcomía. Depender de la situación ya no nos gustaba mucho. Era como matar con un cuchillo prestado. No era justo. No queríamos correr detrás de ella, no queríamos servirla. Mucho menos adorarla. Entonces rompimos los lazos. Dijimos basta y dejamos de consumir (Pausa) Verán, consumir es para aterrorizados, para torturados. La violencia genera consumo. Esa fue la solución al comunismo. No creerían lo mucho que compra una persona que sufrió la violencia. No piensa en términos de comunidad. No cree en la comunidad. La comunidad le hizo daño y ya no confía en ella. Ahora le teme. Ahora le huye. Sólo quiere reforzar con piedras, o esconder tras los arbustos, la entrada de su cueva. Busca separarse del resto. Alejarse del resto, de los desconocidos, de los otros. Nosotros no buscábamos eso. No nos era para nada útil. Porque resultaba ser que nosotros éramos los otros. Nosotros éramos los desconocidos (Pausa) Por otro lado ya no teníamos un lugar. Ya no queríamos un lugar. ¿Porqué íbamos a quererlo si todos los lugares eran nuestros lugares, todas las ciudades eran nuestras ciudades? Éramos cada ruido de la calle, cada motor que se enciende súbitamente, cada llanto solitario, cada pedido de auxilio sin respuesta. Cada insulto, cada golpe, cada mirada torva. Estábamos ahí. Esperando que esa violencia se manifestara. Para manejarla, para usarla, para vivir a través de ella. Pero ella vivía así a través de nosotros (Pausa) Por eso dijimos basta. Porque ya no era cuestión de comprar o vender. Ya no se trataba de sacar un provecho. Sino de conseguir la dominación. Se trataba de manejar los hilos. De imponerse, y de dominar el imperio de la violencia como un rey enloquecido. Haciendo uso y abuso de ella. De su poder (Pausa) Así que tomamos el toro por las astas y cambiamos las reglas del juego. Había que invertir dinero, pero éramos ricos y eso no era un problema. Ya no se trataba de esperar sino de provocar los actos. Tener todo el control. Dominar. Decidir. El lugar, el momento, la situación completa...y nos fuimos perfeccionando. Empezamos con hechos sencillos y les fuimos agregando complejidad. Un robo con persecución fingida en pleno centro, un ruido de explosión dentro del subte, un automovilista enloquecido en una feria... Cada lugar era propicio. Cada momento era el momento. Ya no había que esperar. Ahora solo se trataba de actuar rápido, evaluar las consecuencias y salir disimuladamente. Éramos buenos. Muy buenos. Pero empezaron las sospechas y empezaron a correrse las voces. Fue entonces cuando recibimos la llamada telefónica (Pausa) Verán, lo que iniciamos casi por casualidad es llevado a cabo la mayoría de las veces, y a gran escala, por autoridades del gobierno. Se trata de regular los vaivenes del mercado de manera que no se provoquen grandes baches en el desarrollo del consumo. Es decir, que se logre un equilibrio provechoso aunque no siempre favorable. Algunos hechos políticos pueden alterar el desarrollo de la economía. Porque hay momentos dentro de la historia en que por un error de mando se le da a entender a la población que no es necesario consumir. La gente, súbitamente, lo entiende y deja de hacerlo. Es entonces cuando se aplica la violencia a gran escala. A escala nacional, para revertir esa situación. Se hace uso del miedo. Esto no aparece en los manuales del buen economista, claro está...Ahora bien, para cuando recibimos la llamada ya habíamos abandonado el derroche. Todo el dinero que habíamos sacado con las estrategias de dominación fue llenando cuentas olvidadas en bancos de Suiza. Pero cuando la cantidad no puede contarse, deja de tener importancia. Además era imposible salir. Esto también tiene su síndrome de abstinencia. De manera que dijimos que no. Ahora se trataba de jugar con esa guita, con esa gente, como si estuviéramos en un casino. Aunque ya no se trataba de ganar algo. Lo empezamos a hacer por amor al juego. Detrás de cada hecho de violencia se esconde un sin fin de posibilidades de explotación. Cada hecho de violencia es como un pozo petrolero. Se puede obtener mucho más que solo guita. Se trata de la dominación a través de la violencia. Se trata, sobre todo, de experimentar con la condición humana. De probar los límites a los que puede llegar la mente y el cuerpo de los seres humanos. Como si se golpeara una pecera. Esa consecuencia multiplicada por miles. Pero ellos no estaban pidiendo favores. Y la competencia no suma, divide. No estaban dispuestos a compartir con un grupo de advenedizos. Pero olvidaron que ya habíamos dejado de serlo. Una vez que se conoce la maquinaria de la violencia, solo es cuestión de poner las fichas sobre el paño y esperar. Para nosotros es mucho más fácil. No tenemos que mover todo el aparato judicial ni regular la información de los medios para justificarnos. Solo sacamos nuestro provecho, nuestras conclusiones. Y damos otro rumbo al futuro de las personas, de los países, del planeta (Pausa) Pero este juego además de reglas tiene historia. Una historia que late en nuestra sangre. Una historia que quiere que la sigan escribiendo. Una historia escrita con los seres humanos, sobre los seres humanos. (Se pone de pie. Tantea la ropa que está sobre la silla. Empieza a vestirse) Muchas veces me pregunté cual es la diferencia entre mi cuerpo desnudo y mi cuerpo vestido. Ninguna, creo. Bueno, salvo por estas marcas. Estas marcas que me recuerdan quien soy, o qué. (Párrafo, cita visual de Piglia, que dice “la dominación se marca en la carne”) Yo también soy hija de la violencia. Soy su hija y soy su madre. Ella crece y se multiplica como una plaga, como un virus, como un rumor. En pequeños y grandes lugares. Cuanto mayor es la densidad de población de una región más fácil es volver a unos contra otros. Todos temen al otro porque lo desconocen. Detrás de cada desconocido, solo Dios sabe lo que puede haber. Nosotros aprovechamos esa paranoia, le damos cauce. Al fin de cuentas jugamos con la violencia como los grandes empresarios internacionales lo hacen con las economías de los países pobres. No elegimos la violencia. Somos parte de ella y no podemos detenerla. Pero nos negamos a servirla. Y nos negamos a esperarla (Pausa) La violencia se ejerce en todos lados. Todo el tiempo. Es nuestra supervivencia, en la agotadora lucha por la vida. Por eso nadie puede quejarse de lo que hacemos. No pueden culparnos. Y por eso nos persiguen. Nos quieren dar caza. Pero no se trata de liebres. Ahora la competencia es de igual a igual. Porque también nosotros tenemos nuestra estrategia... (Va a abrir la caja, pero unos ruidos la distraen. Va hasta la puerta, mira por la rendija e inmediatamente vuelve sobre sus pasos, levanta la caja y huye. Se escuchan unos golpes. Un hombre entra bruscamente y corre detrás de ella.)

Gabriel Cauterucci
Argentina

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