NICOLÁS G
RANADA SILVA


2D


En el país del plano cartesiano, en que la abuela X y el abuelo Y son de perfil hojas de papel y hasta el más gordo no supera el cartón, usan la lengua del polígono. El saludo es una línea oblicua y el “te amo” un octaedro. A mi llegada, me dieron la bienvenida con un par de rectángulos superpuestos. Esperaba un gesto, como un abrazo o un beso, pero esos no son necesarios. Me acostumbré al rombo verbal y a los adjetivos circulares, grité entusiasmado utilizando verticales y filosofé a base de espirales. Cuando empecé a notar mi adecuación, por el severo adelgazamiento de mis costados, albergué la esperanza de no ser ya un extranjero, pero en eso me mandé una cagada tridimensional y exasperada una turba me infirió un triángulo puntiagudo, que se clavó en mi espalda, y comprendí que así decían “condena”.

Pierre Alechinsky

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CUENTO ROJO


Si los amaneceres no fueran rojos la plantera existencial de Alberta estaría vacía. Tanto le gustaban, los exigía. A mí no, yo hago fotosíntesis hasta mirando una pared. Vivo barato. Soy normal. Ella, sin embargo, se vuelve tanto más exigente a medida que la distancia entre cada una de sus arrugas disminuye, se agolpan, como las circunferencias de un tronco. Solterona maniática, en cada cumpleaños suma una verruga y una exigencia. Mientras que yo me levanto cuando me da hambre porque en algún momento descubrí que ese era el único reloj, no estoy mal, ella observa en trance la aurora escarlata porque el 16 de abril de 1987 descubrió que influía en forma positiva en el futuro de su día: astrología inventada pero, según su parecer, infalible. ¡Ay por dios!, tenías que verla en los días nublados, verla y después correr hasta donde, por el caracúlico desinflamiento de su carácter, no pueda meterte sus alfileres en el oído y en los huevos. Aparte, se teñía las canas de rojo como si fuera una extensión material de ese momento imprescindible. Comía sólo vegetales rojos, tomate y compañía, y la carne semicruda. Adiviná el color de su automóvil. Se vestía de rojo pero cuando, como dije, estaba nublado o llovía andaba desnuda por toda la casa y no salía. Un día que le dije que los zapatos rojos no le sentaban me los arrojó directamente a la cabeza, uno de los cuales dio en la nariz. Cuando vio la sangre haciendo su circuito impredecible por mi piel se puso a mirarla con cara de estúpida y por tres minutos no dijo nada. Yo, por supuesto, me quedé tieso como un maniquí. Luego, sin curarme siquiera, nos acostamos. Desde esa vez, siempre tengo que sangrar un poco para que se estimule. Como no todos los días sucede que a un vago como yo lo mantienen por ser pelirrojo, le sigo la corriente a esta loca esperando que se muera para quedarme con su plata. Administro las 63 manías numeradas y caratuladas en mi cabeza, encimadas una a una cada 16 de abril desde 1940; las soporto estoicamente porque son negocios y la pobre está muy mal de la cabeza. Yo, en cambio, creo que ya lo dije, soy normal. Cuando estire la pata esta vieja, nada volverá a ser rojo y todo volverá a la normalidad azul. Mi mujer tendrá los ojos azules y vestirá siempre de, adivinaste. Viviré a orillas del mar azul y donde el cielo no tenga nubes, porque pronto esta vieja loca con olor a koreano (ver nota al final) se va a morir y su cadáver se pondrá azul. Todo volverá a ser como debe ser azul. Por fin podré quitarme esta peluca de los mil demonios quienes, claro, son todos rojos.

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* Se ruega no generalizar la frase “con olor a koreano” a todos los ciudadanos de dicha nacionalidad, pues se refiere únicamente al fuerte hedor a ajo despedido por los poros de tres individuos que atienden el pequeño supermercado Kanasawa ubicado en la esquina de Igatimí y Ayolas, en la ciudad de Asunción. De ninguna manera se constituye en una apreciación racista ni mucho menos, sino ilustrativa de las vicisitudes por las que debe atravesar un hombre común y corriente durante la construcción de su futuro azul, como son las escenas de sexo, por ejemplo, en que normalmente las personas transpiran. Lo más probable es que a su vez los mismos koreanos se refieran con desprecio a la fragancia peculiar de los mestizos, población mayoritaria del Paraguay, como que apesta a carne de vaca, fuente principal de alimentación de los mismos.

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EL VENTILOCÓPTERO


El ventilador de techo marca china Wahson de siete velocidades es clavado en el techo del cuarto más al fondo del inmueble de la familia el día siguiente al día en que terminaron el techo y los albañiles comieron carne asada. Pasa volando por la vida de todos sus miembros, sonando chucuchucuchucuchucu. Hecho para girar el pobre, gira. Al comienzo, allí dormían el señor y la señora, cuando la casa era nuevita y ellos también.
Mucho sexo, plas, plas, plas, plas, plas, el choque de cuerpos blandos por la noche y de mañana, antes del desayuno, con mal aliento y todo. Estaban enamorados. El ventilador vuela y siente envidia. Hubo veces que después alguien fumó con la mirada erguida hacia el techo. El ventilador vuela pero se siente objeto y dice no me mires. Entonces la señora parió.
Construyeron otra habitación y dejaron de fumar. El ventilador vuela y se siente desplazado y dice mírenme. Entonces al señor le pareció conveniente mudarse a la pieza nueva, más grande, y colocaron una cama azul con dibujos de avioncitos bajo el ventilador. El ventilador vuela y es traicionado bajo sus propias narices, que son tres. La criatura lo mira a veces sonriendo, a veces el ventilador vuela en la velocidad número siete, la más lenta, y la criatura marea sus ojos y a veces hasta vomita. También se mea y caga y llora como chancho sin miramientos para con la madrugada. El ventilador vuela y pone cara de asco y dice suspendé. El pequeño crece y se hace adolescente. Hay crisis económica. El púber se pelea con los viejos. La señora y el señor se pelean entre sí. El ventilador vuela y dice basta. El hijo se masturba. Tiene novia, se masturba menos. La novia viene a la casa, ya no se masturba. El ventilador vuela y mira hacia el techo y dice hasta cuándo. Entonces la señora parió.
Construyeron otra habitación, más grande. Los viejos se mudan allá, el pendejo reclama y también se muda, a la pieza segunda. Colocan el bebé bajo el ventilador. El ventilador vuela y dice todo gira y se repite. Es niña, se repite pero al revés. La chiquilina crece bien. El ventilador vuela y se enamora. La hija también es de carne y de noche se toca. El ventilador vuela y se imagina, se excita, se rebela contra su condición de electrodoméstico que se mueve pero quieto, estático y dinámico, se rebela contra la insoportable ambigüedad de su ser, de su ser enamorado, excitado, y piensa hasta cuándo, qué más da, hay que vivir peligrosamente, y se juega, se libera de sus cables multicolores, se arroja al vacío, al fin libre, ciento por ciento dinámico, el ventilador vuela hacia el amor dinámico, se abalanza hacia el objeto deseado, tocado, husmeado por sus tres narices, la vida es hermosa cuando uno se toma el riesgo de acudir al sueño. Aterriza en la entrepierna y la niña grita. El ventilador vuela y dice qué placer. La niña grita pero de dolor mamá. La señora y el señor acuden y dicen qué te pasó mija. El ventilador se me cayó encima. Ay, sí, pobrecita mija, vení a dormir con nosotros, que hace calor y en nuestra pieza hay aire. La señora y la hija se van. El hijo varón pasa drogado, camino al baño, y mira que su padre mira un ventilador caído y le dice pobre ventilocóptero kamikaze. Antes de cerrar la puerta, el señor mira los cables colgando del techo, al ventilador mal estacionado al costado de la cama, y dice era un ventilador muy viejo, hay que tirar, mañana mando colocar otro aire acondicionado acá.

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150 MIL VUELTAS


Concluyendo, soy constante en una cosa: termino siempre con la nariz. Mis finales son suspiros. O gripe.
Mi gran defecto es que me emborracho de formas peligrosas. Casi con secuencia, con papeles fermentados, uñas de mujer y agujas de chino. Ya que comento mi lado oscuro, tengo mi miedo: cada vez que suena el teléfono, tengo que impedir que diga hola.
Me acuerdo con cariño de aquella vez en que elegí ser fosforescente, justo hoy, el día del ciego.
Tengo funciones. Naturalmente respiro espacios vacíos, dos tubos, una carrera. Mis lápices derrotados reclaman una mano y se repiten los giros de mi cuello, que buscan mis prófugos costados. Mi única queja es la siguiente: piernas ajenas hacen mi camino y, atadas a sus tobillos, mis pestañas no pueden cerrarse. Peor, pero sin molestarme, es que digo zumbidos de mosquito porque no recuerdo otra palabra.
Mi mejor alegría fue una fiesta de año nuevo, o el jueves, en que celebré el minuto en que los relojes dijeron basta, y escupieron sus pilas.
Soy solidario. Trago todas las cuerdas para que nadie se muera.
También canto. Miré que diez caramelos cantaron mi canción en boca de once ranas. Es una lástima que el arte no pueda serlo todo. Las camisas rápidas aprietan mis horarios. Llegó un momento en que la gente aceleró tanto, que la hora decimotercera desapareció del reloj. Por eso, y por motivos de salud, duermo las horas suficientes para ser líquido.
Respecto de la pregunta unánime, luego de 150 mil vueltas alrededor del cortaúñas, aún no me decido. Los domingos de siesta mi cabellera incinerada se enreda por un mango, y luego al alba del mismo día, el temor a la locura amanece en mi bolsillo. No sé si mi remedo del brillo encandila mi suciedad, es un asunto pendiente. Soy tajante en otra cosa: me rebelo contra la verticalidad de los cuerpos con mis cordones desatados, si me preguntan porqué. Esa no es mi única torpeza: atropello las puertas. Me contaron que cayó un meteorito que extinguió los picaportes. Puede ser.

Nicolás Granada Silva
Paraguay

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