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I
¡La felicidad de la patria! Es cierto que durante la adolescencia
yo había sido lo suficientemente alocado y tarambana como
para buscar sólo mis placeres, sin que me importara un rábano
lo que ocurría más allá de los límites
de mi pellejo. Pero la gran enfermedad que me postró después
me obligó a abrir los ojos.
Motivos para abrirlos
no faltaban.
Estaban,
por ejemplo, ahí, en la misma casa de mis tíos donde
yo vivía, los ancianos y niños que, siempre en cuatro
patas, podían encontrarse en cualquier rincón. Los
traían, arrendados o comprados directamente, de la provincia
de la que procedía nuestra familia, y era posible utilizarlos
tanto para descansar sobre ellos las piernas cuando uno estaba sentado,
como para pequeñas comisiones, digamos ir a buscar el periódico,
que transportaban entre los dientes sin humedecerlo, o abrir las
puertas o servir de conveniente escalón cuando alguien debía
ascender a un vehículo. Sustituían, con ventaja, lo
aseguro, a los perros que, aparte de peligrosos, habían terminado
por parecer de mal tono. A mí, aunque por las noches solía
maldecirlos o tirarles golpes u objetos cuando, borracho, tropezaba
con ellos al llegar, lo que por lo común me nacía
era pasarles la mano por el lomo o darles unos coscorroncitos en
el bien rapado cráneo, como demostración de estima.
Pues para mi visión de entonces constituían un símbolo
de la grandeza del país: todo es aquí tan maravilloso,
creía, que podemos darnos el lujo de que no haya función
que no sea cumplida por seres humanos. Claro que la actitud de ellos
contribuía sin duda a confundir mi ánimo juvenil.
Recuerdo la ocasión en que a tío Celembrás
se le antojó probar un biftec de la nalga de uno de los mayorcitos,
llamado Chiche. Chiche, que no era tan viejo, lloró desde
el momento mismo en que le cortaron el trozo y no hacía más
que repetir que lloraba por lo halagado que se sentía. ¡Qué
honor que los señores se dignasen probarlo!, comentaba Chiche
con los ojos anegados. Y cuando tío, que encontró
el supuesto manjar demasiado correoso y dulzón, le arrojó
los restos para que no se quedase sin saber cómo era su propio
gusto, Chiche vuelta a llorar, mientras tartamudeaba que era por
la generosidad con que lo trataban. ¿Cómo podía
yo imaginarme otra cosa? ¡El tal Chiche!
Estaban
también las cacerías invernales en los bosques cercanos
a la finca de la provincia. Yo acostumbraba a participar en ellas.
Salíamos a caballo con nuestros fusiles y galopábamos
hasta dar con alguna de las bandadas de miserables que, semidesnudos,
erraban por esos bosque que habían tomado por refugio. Cuando
advertían que habían sido elegidos como presa, corrían
desesperadamente y, acorralados, suplicaban arrodillados en tierra.
No les hacíamos caso. Mis tíos me habían explicado
que se trataba de gestos reflejos, algo puramente teatral. Me habían
dicho que era gente que, como el resto, había tenido su oportunidad
en la vida y que la había desaprovechado porque no le interesaba.
Que, en suma, querían morir y nosotros incluso les estábamos
haciendo el servicio de ahorrarles sufrimiento. Yo apretaba el gatillo
de mi fusil, una, ¡dos!, ¡tres!, ¡cuatro veces!
Me entusiasmaba aquello de combinar un deporte, excitante, no lo
niego, con un servicio de caridad. Mirando después los esqueléticos
cadáveres me decía que realmente nadie podía
llegar a ese estado si no era porque deseaba morir.
(...)
Pero llegó el tiempo de la enfermedad y, al considerar aquella
vida bajo otra luz, hube de llegar a la conclusión de que
por lo menos habíamos sido un poquitito egoístas.
Si el Chiche
lloraba cuando le rebanaron la nalga era porque le dolía:
tal cual.
(...)
Descubrimientos
sencillos, sin duda, pero que no se le ocurren a uno todos los días.
Y no se trataba de que mis tíos y yo formásemos una
familia particularmente insensible o perversa. Me inclinaría
a decir lo contrario: éramos apreciados por nuestra bondad
espontánea y por nuestra moderación. Pues había
otros que incurrían en egoísmos peores que el nuestro
y con una crueldad que no detallaré aquí. Pero para
hacer tales descubrimientos resultaba necesario pensar. Y pensar
constituía una actividad tan antinatural, algo así
como un acceso de vómitos provocados, que a nadie se le ocurría
ponerse a hacerlo porque sí, igual que quien toma una bebida
refrescante. Yo, para ser franco, no estaba habituado. En cuanto
a mis tíos, había que tener en cuenta que eran políticos
y que en esa condición se sentían inclinados a mirar
siempre las cosas con una gran dosis de optimismo, único
ánimo capaz de permitirles continuar con el desempeño
de sus funciones. Así resultaba excusable que a veces se
les apareciera de un color agradablemnente rosa lo que era pardo
o por completo negro, como cuando durante una de las tantas revoluciones,
al consumarse en una plaza la masacre de decenas de personas, ellos,
mientras observábamos la escena, en lugar de detenerse en
los cuerpos tendidos, me hicieron admirar la hermosa sinfonía
de colores que los charcos de sangre componían sobre el césped.
Optimismo no les faltaba nunca, eso sí que no. Yo podía
dar fe de que eran capaces de convertirse en quince segundos en
entusiastas defensores de quien acabara de adueñarse del
poder, el mismo a quien quince segundos antes consideraban como
el peor de sus enemigos. Verdaderos campeones en este sentido, jamás
habían estado mal con ningún gobierno: indefectiblemente
al servicio del país.
(...)
Yo había crecido en un tiempo determinado, sin la menor noción
de que pudieran haber existido otros distintos. Me había
criado, por ejemplo, a través de la experiencia de los golpes
de estado, en la que figuraba un año con diecisiete golpes
triunfantes y un mes con tres gobiernos simultáneos, caso
este, dicho sea de paso, que había puesto a prueba pero no
vencido la ductilidad de mis tíos. Semejante movimiento,
que incluía batallas con ametralladoras en las calles, proclama
tras proclama, incendios, fusilamientos y marchas y contramarchas
de tropas, además de sensacionalmente divertido, lo confieso,
me parecía a mí índice de la fabulosa reserva
de estadistas con que la nación contaba, cada uno de ellos
ansioso de sacrificarse para guiarla, bien que en ciertas ocasiones
me hubiese llamado la atención la serie de rugidos con que
algunos de aquellos estadistas sustituían la expresión
hablada. Las guerras civiles que también acompañaron
mi desarrollo tenían como teatro las provincias y, en la
medida en que se tenían noticias de su comienzo, desarrollo
y fin, cosa que no ocurría siempre, saltaban ante mis ojos,
a través de los informes periodísticos, como pretexto
para una lección de geografía nacional, que nos revelaba
pueblos y regiones por completo desconocidos, en forma tan novelesca
que ni siquiera los haraganes más adversos a la ilustración
podían rechazar. Y debo admitir que el cierre definitivo
de las fronteras, que puso término a las guerras exteriores
continuas, echó una sombra de profunda tristeza sobre mi
inexperimentado corazón, que sólo atendía a
que con esas medidas nos quedábamos privados de preciosas
chucherías tales como manos de enemigos momificadas, que
servían de pisapapeles, o calaveras muy pulidas, blanquísimas,
útiles como pantallas de lámparas, y objetos similares
que los soldados traían de sus campañas y vendían
barato en los mercados de la capital. Hasta creo que lloré
un poco, sensible a esta pérdida.
Después
descubrí que había estado en el error. La situación
del país no era tan buena como yo había supuesto.
(...) ¿Qué hacer? A fuerza de preguntármelo,
la fuente del patriotismo, que existía en mí por obvias
razones hereditarias, se destapó.
¿Qué
hacer para lograr la felicidad de nuestro pueblo? Me lo preguntaba,
pero la respuesta se hacía esperar, porque el líquido
que manaba de la dichosa fuente me causó durante un tiempo
efectos contradictorios e igualmente nulos.
Hubo mañanas
en que en seguida del desayuno me ponía a repetir una sola
palabra. “Liquidación”, repetía una mañana.
“Liquidación.” Otra era: “Solución,
solución, solución.” O también: “Salvación.”
Por ese entonces yo me tomaba tales palabras por ideas, con la consecuencia
de que a fuerza de repetirlas terminaba por caer en un profundo
letargo, igual que una gallina que se hipnotizase a sí misma
mirándose en un espejo, hasta que uno de mis tíos
me despertaba haciendo sonar las manos para indicar que había
llegado la hora del almuerzo. (...)
Pero otras
jornadas resultaban marcadas por el signo de la agitación.
No porque apelase a recursos distintos en mis intentos por meditar.
Me aplicaba siempre a repetir una palabra, e incluso cuando notaba
el preanuncio del temblor inicial pasaba a vocablos pacificantes.
“Petrificación, petrificación”, rogaba
más que decía. “Calma.” “Estático.”
Y así. Era inútil. Los días que el azar marcaba
como convulsivos me echaba a temblar en forma acelerada. Se me agitaban
los brazos, las manos volaban, los dientes castañeteaban
y la cabeza se me torcía en las direcciones más curiosas.
Como no desistía de repetir las palabras y como el aparato
emisor, por así denominarlo, lengua, dientes y labios, no
me respondía en la forma debida, terminaba emitiendo unos
sonidos que tal vez llamasen la atención. Lo sé porque
en las primeras oportunidades esos sonidos, junto con mi estado
de temblor general, alarmaron tanto a una musculosa enfermera que
me cuidaba que la pobre se me precipitó, dispuesta a ponerme
inyecciones, termómetros, masajes, cualquier cosa que fuera
necesaria para arrancarme de tales accesos. Y como mis tíos,
dispuestos a no tomarse nada a la tremenda, contemplaban la escena
deshaciéndose en carcajadas, me resultaba prácticamente
imposible hacerle entender a la mujer que lo único que ocurría
era que estaba procurando pensar. (...)
Un buen
día, de pronto, pensé. Sin sopor y sin espasmos. Juro
que yo no sabía que era así, una especie de mezcla
de las dos cosas. Si todo está podrido, oí, hay que
empezar de nuevo por la base. Lo oí adentro de mi cabeza.
¿Qué era? ¿Eh? Era una idea, la inicial, brotada
como de la boca de un extraño. ¿Y qué significaba?
¡Ah!, esa era otra cuestión, que no tuve tiempo de
indagar. Pues a partir de ese instante fue un frenesí, algo
parecido a andar a enorme velocidad, con terror y placer a la vez,
en un coche que había acertado a poner en marcha pero que
no sabía cómo parar. Deducciones, revelaciones, desarrollos,
supresiones, explosiones, síntesis, lucubraciones, sistematizaciones,
contracciones y otros variados movimientos del pensar estremecieron,
estrujaron mi materia gris sin darme respiro. Cambié. ¡Ah
sí cambié...! Me concentré, me arrinconé.
Y mis tíos empezaron a guardar distancias como con un animal
domesticado que empieza a recaer en la ferocidad. Pero yo tenía
un plan enterito, detalle a detalle, para que la nación recuperase
su grandeza.
II
Claro que
no se trataba de malbaratar el sistema revelándoselo al primero
de los tantos generalotes que manoteaban el poder. Esperé
y observé. En medio de la baraúnda de torpes y mediocres,
descubrí un día las zancadas de Polispuercón.
(...)
Polispuercón,
Héctor
A. Murena, Ediciones Corregidor, Bs.As., 2001 . I.S.B.N.: 950-05-1235-X
Nota:
Polispuercón integra, junto con Epitalámica,
Caína Muerte y Folisofía, el ciclo narrativo titulado
El sueño de la Razón.
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