Polispuercón
(fragmentos)

Héctor Álvarez Murena

I

¡La felicidad de la patria! Es cierto que durante la adolescencia yo había sido lo suficientemente alocado y tarambana como para buscar sólo mis placeres, sin que me importara un rábano lo que ocurría más allá de los límites de mi pellejo. Pero la gran enfermedad que me postró después me obligó a abrir los ojos.

Motivos para abrirlos no faltaban.

Estaban, por ejemplo, ahí, en la misma casa de mis tíos donde yo vivía, los ancianos y niños que, siempre en cuatro patas, podían encontrarse en cualquier rincón. Los traían, arrendados o comprados directamente, de la provincia de la que procedía nuestra familia, y era posible utilizarlos tanto para descansar sobre ellos las piernas cuando uno estaba sentado, como para pequeñas comisiones, digamos ir a buscar el periódico, que transportaban entre los dientes sin humedecerlo, o abrir las puertas o servir de conveniente escalón cuando alguien debía ascender a un vehículo. Sustituían, con ventaja, lo aseguro, a los perros que, aparte de peligrosos, habían terminado por parecer de mal tono. A mí, aunque por las noches solía maldecirlos o tirarles golpes u objetos cuando, borracho, tropezaba con ellos al llegar, lo que por lo común me nacía era pasarles la mano por el lomo o darles unos coscorroncitos en el bien rapado cráneo, como demostración de estima. Pues para mi visión de entonces constituían un símbolo de la grandeza del país: todo es aquí tan maravilloso, creía, que podemos darnos el lujo de que no haya función que no sea cumplida por seres humanos. Claro que la actitud de ellos contribuía sin duda a confundir mi ánimo juvenil. Recuerdo la ocasión en que a tío Celembrás se le antojó probar un biftec de la nalga de uno de los mayorcitos, llamado Chiche. Chiche, que no era tan viejo, lloró desde el momento mismo en que le cortaron el trozo y no hacía más que repetir que lloraba por lo halagado que se sentía. ¡Qué honor que los señores se dignasen probarlo!, comentaba Chiche con los ojos anegados. Y cuando tío, que encontró el supuesto manjar demasiado correoso y dulzón, le arrojó los restos para que no se quedase sin saber cómo era su propio gusto, Chiche vuelta a llorar, mientras tartamudeaba que era por la generosidad con que lo trataban. ¿Cómo podía yo imaginarme otra cosa? ¡El tal Chiche!

Estaban también las cacerías invernales en los bosques cercanos a la finca de la provincia. Yo acostumbraba a participar en ellas. Salíamos a caballo con nuestros fusiles y galopábamos hasta dar con alguna de las bandadas de miserables que, semidesnudos, erraban por esos bosque que habían tomado por refugio. Cuando advertían que habían sido elegidos como presa, corrían desesperadamente y, acorralados, suplicaban arrodillados en tierra. No les hacíamos caso. Mis tíos me habían explicado que se trataba de gestos reflejos, algo puramente teatral. Me habían dicho que era gente que, como el resto, había tenido su oportunidad en la vida y que la había desaprovechado porque no le interesaba. Que, en suma, querían morir y nosotros incluso les estábamos haciendo el servicio de ahorrarles sufrimiento. Yo apretaba el gatillo de mi fusil, una, ¡dos!, ¡tres!, ¡cuatro veces! Me entusiasmaba aquello de combinar un deporte, excitante, no lo niego, con un servicio de caridad. Mirando después los esqueléticos cadáveres me decía que realmente nadie podía llegar a ese estado si no era porque deseaba morir.

(...)


Pero llegó el tiempo de la enfermedad y, al considerar aquella vida bajo otra luz, hube de llegar a la conclusión de que por lo menos habíamos sido un poquitito egoístas.

Si el Chiche lloraba cuando le rebanaron la nalga era porque le dolía: tal cual.

(...)

Descubrimientos sencillos, sin duda, pero que no se le ocurren a uno todos los días. Y no se trataba de que mis tíos y yo formásemos una familia particularmente insensible o perversa. Me inclinaría a decir lo contrario: éramos apreciados por nuestra bondad espontánea y por nuestra moderación. Pues había otros que incurrían en egoísmos peores que el nuestro y con una crueldad que no detallaré aquí. Pero para hacer tales descubrimientos resultaba necesario pensar. Y pensar constituía una actividad tan antinatural, algo así como un acceso de vómitos provocados, que a nadie se le ocurría ponerse a hacerlo porque sí, igual que quien toma una bebida refrescante. Yo, para ser franco, no estaba habituado. En cuanto a mis tíos, había que tener en cuenta que eran políticos y que en esa condición se sentían inclinados a mirar siempre las cosas con una gran dosis de optimismo, único ánimo capaz de permitirles continuar con el desempeño de sus funciones. Así resultaba excusable que a veces se les apareciera de un color agradablemnente rosa lo que era pardo o por completo negro, como cuando durante una de las tantas revoluciones, al consumarse en una plaza la masacre de decenas de personas, ellos, mientras observábamos la escena, en lugar de detenerse en los cuerpos tendidos, me hicieron admirar la hermosa sinfonía de colores que los charcos de sangre componían sobre el césped. Optimismo no les faltaba nunca, eso sí que no. Yo podía dar fe de que eran capaces de convertirse en quince segundos en entusiastas defensores de quien acabara de adueñarse del poder, el mismo a quien quince segundos antes consideraban como el peor de sus enemigos. Verdaderos campeones en este sentido, jamás habían estado mal con ningún gobierno: indefectiblemente al servicio del país.

(...)

Yo había crecido en un tiempo determinado, sin la menor noción de que pudieran haber existido otros distintos. Me había criado, por ejemplo, a través de la experiencia de los golpes de estado, en la que figuraba un año con diecisiete golpes triunfantes y un mes con tres gobiernos simultáneos, caso este, dicho sea de paso, que había puesto a prueba pero no vencido la ductilidad de mis tíos. Semejante movimiento, que incluía batallas con ametralladoras en las calles, proclama tras proclama, incendios, fusilamientos y marchas y contramarchas de tropas, además de sensacionalmente divertido, lo confieso, me parecía a mí índice de la fabulosa reserva de estadistas con que la nación contaba, cada uno de ellos ansioso de sacrificarse para guiarla, bien que en ciertas ocasiones me hubiese llamado la atención la serie de rugidos con que algunos de aquellos estadistas sustituían la expresión hablada. Las guerras civiles que también acompañaron mi desarrollo tenían como teatro las provincias y, en la medida en que se tenían noticias de su comienzo, desarrollo y fin, cosa que no ocurría siempre, saltaban ante mis ojos, a través de los informes periodísticos, como pretexto para una lección de geografía nacional, que nos revelaba pueblos y regiones por completo desconocidos, en forma tan novelesca que ni siquiera los haraganes más adversos a la ilustración podían rechazar. Y debo admitir que el cierre definitivo de las fronteras, que puso término a las guerras exteriores continuas, echó una sombra de profunda tristeza sobre mi inexperimentado corazón, que sólo atendía a que con esas medidas nos quedábamos privados de preciosas chucherías tales como manos de enemigos momificadas, que servían de pisapapeles, o calaveras muy pulidas, blanquísimas, útiles como pantallas de lámparas, y objetos similares que los soldados traían de sus campañas y vendían barato en los mercados de la capital. Hasta creo que lloré un poco, sensible a esta pérdida.

Después descubrí que había estado en el error. La situación del país no era tan buena como yo había supuesto. (...) ¿Qué hacer? A fuerza de preguntármelo, la fuente del patriotismo, que existía en mí por obvias razones hereditarias, se destapó.

¿Qué hacer para lograr la felicidad de nuestro pueblo? Me lo preguntaba, pero la respuesta se hacía esperar, porque el líquido que manaba de la dichosa fuente me causó durante un tiempo efectos contradictorios e igualmente nulos.

Hubo mañanas en que en seguida del desayuno me ponía a repetir una sola palabra. “Liquidación”, repetía una mañana. “Liquidación.” Otra era: “Solución, solución, solución.” O también: “Salvación.” Por ese entonces yo me tomaba tales palabras por ideas, con la consecuencia de que a fuerza de repetirlas terminaba por caer en un profundo letargo, igual que una gallina que se hipnotizase a sí misma mirándose en un espejo, hasta que uno de mis tíos me despertaba haciendo sonar las manos para indicar que había llegado la hora del almuerzo. (...)

Pero otras jornadas resultaban marcadas por el signo de la agitación. No porque apelase a recursos distintos en mis intentos por meditar. Me aplicaba siempre a repetir una palabra, e incluso cuando notaba el preanuncio del temblor inicial pasaba a vocablos pacificantes. “Petrificación, petrificación”, rogaba más que decía. “Calma.” “Estático.” Y así. Era inútil. Los días que el azar marcaba como convulsivos me echaba a temblar en forma acelerada. Se me agitaban los brazos, las manos volaban, los dientes castañeteaban y la cabeza se me torcía en las direcciones más curiosas. Como no desistía de repetir las palabras y como el aparato emisor, por así denominarlo, lengua, dientes y labios, no me respondía en la forma debida, terminaba emitiendo unos sonidos que tal vez llamasen la atención. Lo sé porque en las primeras oportunidades esos sonidos, junto con mi estado de temblor general, alarmaron tanto a una musculosa enfermera que me cuidaba que la pobre se me precipitó, dispuesta a ponerme inyecciones, termómetros, masajes, cualquier cosa que fuera necesaria para arrancarme de tales accesos. Y como mis tíos, dispuestos a no tomarse nada a la tremenda, contemplaban la escena deshaciéndose en carcajadas, me resultaba prácticamente imposible hacerle entender a la mujer que lo único que ocurría era que estaba procurando pensar. (...)

Un buen día, de pronto, pensé. Sin sopor y sin espasmos. Juro que yo no sabía que era así, una especie de mezcla de las dos cosas. Si todo está podrido, oí, hay que empezar de nuevo por la base. Lo oí adentro de mi cabeza. ¿Qué era? ¿Eh? Era una idea, la inicial, brotada como de la boca de un extraño. ¿Y qué significaba? ¡Ah!, esa era otra cuestión, que no tuve tiempo de indagar. Pues a partir de ese instante fue un frenesí, algo parecido a andar a enorme velocidad, con terror y placer a la vez, en un coche que había acertado a poner en marcha pero que no sabía cómo parar. Deducciones, revelaciones, desarrollos, supresiones, explosiones, síntesis, lucubraciones, sistematizaciones, contracciones y otros variados movimientos del pensar estremecieron, estrujaron mi materia gris sin darme respiro. Cambié. ¡Ah sí cambié...! Me concentré, me arrinconé. Y mis tíos empezaron a guardar distancias como con un animal domesticado que empieza a recaer en la ferocidad. Pero yo tenía un plan enterito, detalle a detalle, para que la nación recuperase su grandeza.


II

Claro que no se trataba de malbaratar el sistema revelándoselo al primero de los tantos generalotes que manoteaban el poder. Esperé y observé. En medio de la baraúnda de torpes y mediocres, descubrí un día las zancadas de Polispuercón. (...)


Polispuercón, Héctor A. Murena, Ediciones Corregidor, Bs.As., 2001 . I.S.B.N.: 950-05-1235-X

Nota: Polispuercón integra, junto con Epitalámica, Caína Muerte y Folisofía, el ciclo narrativo titulado El sueño de la Razón.

 

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