IRIA P
UYOSA


PROVIDENCE

A Femto, a Gabriel.
A quienes escriben la oración. Y a quienes desearon escribirla.


Los viajes imposibles comenzaron hace miles de años. Siempre fueron danzas. Danzas de amor, danzas de vida, danzas de muerte. Antes que él, millones se habían lanzado ansiosos por los túneles oscuros. Sólo algunos llegaban al otro lado. Aunque todos tenían claras instrucciones, muy pocos eran capaces de transmitir la información. Eran millones los que morían en cada intento. Muy pocos sabían cómo labrar la escalera de caracol. Poquísimos sabían cómo escribir la oración.
Esa mañana, había despertado en Providence. Finalizaba octubre. Afuera seguramente hacía frío. La idea de que el viaje no tenía sentido y la idea, aún más persistente, de que sería un error, aletargaban los impulsos de sus compañeros. Él sintió la seguridad de que su vida no sería efímera e inútil. Él llegaría.
Tuvo una reminiscencia. Este viaje había sido pautado casi tres años antes. Una invitación. Un juego de palabras. Pensó una sonrisa. La cadena eterna. Era su viaje.
Desde otro punto de vista, este viaje verdaderamente había comenzado millones de años atrás. Primero hubo la nada. La absoluta nada que él era incapaz de imaginar. Luego fue un estallido. Un cataclismo. Al principio de la vida.
La duda y la esperanza lo acompañaron desde Providence hasta su hogar. Allí, veinte millones de navegantes zarparon hacia el otro lado. Diez millones nadaban vigorosamente. Diez millones naufragaron en una muerte temprana.
La ciencia relata que al principio fue un protón y un neutrón. Un átomo de hidrógeno. Allí comienza la alquimia que va del helio al plomo. Hasta llegar al instante de la supernova. Y a la génesis de los viajes imposibles. Los cuerpos y los sueños.
¿Del otro lado se encuentra la materia del sueño o el espíritu de los cuerpos? Ahora está a punto de conocer la respuesta a esa pregunta, la respuesta a todas sus preguntas. Partieron veinte millones. Un centenar ha llegado al otro lado.
El milagro ocurre ahora.
Penetra. Dos se tornan uno. Y otra vez dos. Ambos saben como labrar la escalera de caracol. Cuatro. Ocho. Dieciséis. Viajan de regreso. Apenas una fracción del trayecto total. Hasta la matriz. Otra vez son millones. Pero ya no nadan separados. Ahora se enlazan armoniosamente. Uno.
Es una mañana de octubre. Es sábado. Hace frío en Providence. Una decisión. Comienzan a revisarse los controles. Es su viaje. ¿Un viaje imposible? ¿O llegará hasta el Uno?
Él sabe labrar la escalera de caracol.
¿Escribirá la oración?



LITIO 8.
(Fragmento de novela)


Tan solo con Manuel, el asco y la tristeza desaparecían. Alegres y desahuciados, nos encontrábamos por las tardes para saquear librerías. Después íbamos a mi apartamento. Nos refugiábamos del calor. Abríamos una botella de vino, compartíamos la risa. Parados en el balcón, cuando era noche de tempestad, nos mirábamos con los ojos iluminados por los relámpagos y el reflejo de los carros rodando sobre el pavimento empapado. Luces titilando en el este. Por un momento, podíamos fingir ser dueños de esta ciudad. Podíamos hablar de los desesperanzados, como si no fueran iguales a nosotros.
Éramos más jóvenes.
Ahora, solamente tengo las noches, sus luces.
Sigo yendo tras Manuel.
Trance. Tan delgado. Nadie baila tan bien como él. Sus ojos azules nunca se ponen chinos. Gira hacia la izquierda. Los jeans y la camisa ancha. Lo veo como si lo conociera de toda mi vida.
Pedro y Teo lo miran bailar. Se ríen. Snif. No se atreven a imitarlo. Nadie baila como Manuel. Perico, pepsi, putavida. Éxtasis. Todo el mundo quiere éxtasis. Perdidos en el fin del siglo veinte. Sin nada debajo de la piel. Perdidos en el salón de los espejos.
Pedro y Teo comienzan a bailar lentamente. Me contagian sus ganas. Snif. Allí está Manuel, bailando. Trance. Lo miro como si lo acabara de conocer. Toco una puerta. Lo importante no es entrar o salir. Lo importante es tocar.
Manuel defiende su soledad. Le repugna el mundo en que vive. Y sigue bailando, irrefrenablemente. Cruelmente lúcido, insaciable de vivencias. Los ojos no se le ponen chinos. Camina a medianoche por la ciudad sin sentir el miedo que los demás sudan todos los días. Ya tuvo una visión del nirvana; la cuenta cuando somos pocos los que permanecemos en el bar. No corre. No se aburre. Se caga de la risa. Ni siquiera le hastían esos domingos en que no sale de la cama y se deja consentir por una amante. Siente la eternidad en cada orgasmo, mientras el tiempo le roza los pies. Es hermoso. Baila techno mejor que nadie. Va a escribir una novela. Se caga de la risa y nunca se le ponen los ojos chinos. Tan delgado, con sus jeans.
Manuel nunca corre; se queda allí parado viendo como las bombas vienen hacia él. Hasta hacerse añicos. Sus ojos azules nunca se ponen chinos.
Morirá joven. Tendrá un hermoso cadáver. Será uno más, en una lista de locura, de huidas, de volverse puro anhelo.
“Otro gin tonic, por favor.”


FEDÓN


Crucé la calle, un poco imprudentemente. Sentí el golpeteo en el cuerpo producido por la adrenalina. El peligro, el miedo. El carro demasiado cerca, no tendrá tiempo de frenar, debo correr, dar un salto, alcanzar la otra acera.
Logré pasar al otro lado.
Frente a mí, veo una plaza, una fuente, más allá un obelisco. Acá, la ciudad luce como una obra bien planificada, tiene orden. Es bella. Los colores, gris, añil, violeta, lila, malva, rosa, ocre, blanco; las figuras de los edificios parecen retar mi imaginación. En contraste con la marejada de vehículos que acabo de dejar atrás, de este lado me enfrento con una digna soledad.
En mi memoria suena un allegro. Este orden esperó por mi mirada y por mis pasos; me cautiva esa idea, tal como cautiva la poesía, el conocimiento o el amor.
Camino por una rampa. Al fondo se desvanecen las líneas del puente; si miro hacia atrás, también puedo verlas desvanecer. No obstante, no tengo ninguna duda sobre la solidez de la superficie que piso. Es la ilusión de mi mirada. Un curioso juego sensorial. La música que acompaña mi paseo cambia de moderato a sostenutto. Tengo la impresión de que hay alguien parado, justo debajo del arco, al final del puente. Aún estoy muy lejos para saberlo. Creo que es un hombre; veo que se le acerca una muchacha. Apresuro mis pasos. Una luz azulada ilumina a la pareja.
Anocheció. Atraído por un resplandor, miré hacia el cielo. Justo sobre el lugar en el cual me he detenido, una estrella estalló hace millones de años. La luz, la armonía, el agua fluyendo por debajo del puente. Y yo, en el centro de esta ciudad.
La pareja ha desaparecido, no sé hacia dónde se han ido. No veo a nadie más. Mientras resuena el adagio, observo la ciudad que me rodea. Observo mi mano. Sé que estoy vivo. Podrán volver los recuerdos.
Exploro alrededor. Es entonces cuando veo, casi enfrente de mí, un curioso monumento: dos espirales enlazándose perfectamente, apuntando al cielo. Incitada por una voluntad que no sé reconocer como mía, mi voz murmura una oración. Es cuando envuelto en el asombro, pienso en todos los mundos creados. Vuelvo a evocar el allegro.
Todo vuelve. Recuerdo sus palabras: “Quiero apartar los velos del misterio para que salte el placer de las entrañas”. Todo se torna negro, excepto por un punto de luz tenue. Las nociones de tiempo, de espacio, de existencia, se fragmentan. Siento que mi alma brota del amor y quiero encontrar su alma, y besarla. Siento el staccato. La luz retorna, paulatinamente. Voy corriendo, creyendo. Explota la luz en mil pedazos y queda palpitando en toda la ciudad. Creo que así es como ha sido el comienzo de todo. Alguien ha golpeado una barra de metal puro con un mazo y las vibraciones recorren mi cuerpo. Tiemblo. Ella tiembla a mi lado. Estoy llorando. Mi conciencia se expande. Estamos llorando juntos de alegría. Nuestros cuerpos comprenden el amor. Nuestras almas comprenden el amor. Y esta vida tiene sentido.
Es el octavo día. Y las preguntas sin respuesta ya no existen.

Iria Puyosa
Venezuela

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