Historia de un libro
Antonio Mengs

Reseñar, volver a dar señas, fijarse otra vez en el signo, supone describir con cierta prolijidad la casa y la calle; indicar el número del portal, el aspecto que adquieren las cosas en función del clima y tal vez, discretamente, atisbar la silueta que tras los visillos se insinúa. Calle y casa tienen historia propia, historia de lo actual, historia cuya actualidad se disuelve en presencia del objeto: poema, música, galería.

De la historia de la casa y la calle por donde Dulce Chacón (1954-2003) dio tránsito y morada a sus versos, es preciso destacar un rastro húmedo en el margen superior de las tapas del libro, que Eliago Ediciones elige próximas a la textura de una pared: muro de

cartulina suavemente rugoso, en tintas de agua azules, agradable a la vista y al tacto. Lo salpican blancos caracteres, ‘Cuatro gotas’, sobre los cuales, perfilado en negro cual dirección inequívoca, figura el nombre de la autora. El agua asoma también en las páginas iniciales, primera, segunda y tercera, y seca a partir de la cuarta dando lugar a lo que sobrevuela, viento reservado y tímido, la vida corriente.

La historia de este libro es la de un apartamento pulcro y claro, unas dependencias concebidas para que, en efecto, pueda pasar de extremo a extremo el aire sin colisionar con los objetos ni remover el polvo. Un arte extremoso por tanto, difícil, hecho de pulcritud, concisión y reserva. José Ángel Valente, Andrés Sánchez Robayna y otros lo ensayaron —lo ensayan— para la poesía española: prosiguió —prosigue— Dulce Chacón tras los visillos de su casa, la que se distingue en esa misma calle por sus azules tenues y a veces apagados, acaso paradójicamente lúcidos y llenos de intensa fortaleza.

‘Hay palabras / como sombras en la pared’, dice la autora. Marcamos algunas con lápiz, no para evitar el extravío sino para, precisamente, tentar la mejor salida. Lo que en ellas encontramos no deja lugar a dudas: la silueta de la mujer tras los visillos es a la vez cálida y huidiza, mas busca en su habitar otra morada, la nuestra de cada vez que se dice, transida de totalidad:


Olvidad mi nombre.
Sed sólo labios.
Sé que vais a medir
el tiempo que tardáis en pronunciarlo.
Y yo quiero desmesura.
Quiero bocas como grutas,
donde entre mi nombre y no se sepa
ni cómo ni cuándo ha de salir,
mezclado,
con no se sabe qué,
caliente,
amplio.
Bocas donde el cálculo sea
tan sólo una rima matemática.
Abismos como bocas
y bocas como océanos.

Donde mi nombre pueda hundirse
y volar.

 

En las dependencias de Dulce el viento promueve difíciles equilibrios, a menudo al borde de las cosas; interiorismo de campaña frecuentemente víctima del amor, del desamor y de las más osadas tentativas. De gota en gota, de libro en libro —es la casa de su obra poética ‘completa’—, se va afinando la voz, siempre en el viento:

Digo rostro de arena
y digo labios
y párpados de arena.
Digo dolor de arena
y digo manos
y caricias
de amor, de arena.

Y digo viento.

 

En las dependencias de Dulce las más osadas tentativas, posibles del viento, son y no son ‘manchas en la pared’: legado vivo, cartografía de la acción que desarrolló en vida, reseñan a su vez ese otro libro que es —nuestra propia historia:

Contra el desprestigio de la altura

Si la fascinación fuera hermana
de la cautela
el precipicio no tendría
un balcón.

—No penséis en escaleras—.

Preguntaos
si no es mejor abrir los brazos
y hacer que el cuerpo se adelante.

Si tuviera peldaños el azul
¿qué sería del águila?

Dejad que la cautela
encuentre su linaje.

 


Cuatro gotas, Dulce Chacón , Eliago Ediciones S.L., Castellón, 2003. 185 pp. ISBN: 8495881276

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