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Reseñar, volver
a dar señas, fijarse otra vez en el signo, supone describir
con cierta prolijidad la casa y la calle; indicar el número
del portal, el aspecto que adquieren las cosas en función
del clima y tal vez, discretamente, atisbar la silueta que tras
los visillos se insinúa. Calle y casa tienen historia propia,
historia de lo actual, historia cuya actualidad se disuelve en
presencia del objeto: poema, música, galería.
De la historia de la
casa y la calle por donde Dulce Chacón
(1954-2003) dio tránsito y morada a sus versos, es preciso
destacar un rastro húmedo en el margen superior de las
tapas del libro, que Eliago Ediciones elige próximas a
la textura de una pared: muro de
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cartulina suavemente
rugoso, en tintas de agua azules, agradable a la vista y al
tacto. Lo salpican blancos caracteres, ‘Cuatro
gotas’, sobre los cuales, perfilado en negro
cual dirección inequívoca, figura el nombre de
la autora. El agua asoma también en las páginas
iniciales, primera, segunda y tercera, y seca a partir de la
cuarta dando lugar a lo que sobrevuela, viento reservado y tímido,
la vida corriente.
La historia de este
libro es la de un apartamento pulcro y claro, unas dependencias
concebidas para que, en efecto, pueda pasar de extremo a extremo
el aire sin colisionar con los objetos ni remover el polvo.
Un arte extremoso por tanto, difícil, hecho de pulcritud,
concisión y reserva. José Ángel Valente,
Andrés Sánchez Robayna y otros lo ensayaron —lo
ensayan— para la poesía española: prosiguió
—prosigue— Dulce Chacón
tras los visillos de su casa, la que se distingue en esa misma
calle por sus azules tenues y a veces apagados, acaso paradójicamente
lúcidos y llenos de intensa fortaleza.
‘Hay palabras
/ como sombras en la pared’, dice la autora. Marcamos
algunas con lápiz, no para evitar el extravío
sino para, precisamente, tentar la mejor salida. Lo que en ellas
encontramos no deja lugar a dudas: la silueta de la mujer tras
los visillos es a la vez cálida y huidiza, mas busca
en su habitar otra morada, la nuestra de cada vez que se dice,
transida de totalidad:
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Olvidad
mi nombre.
Sed sólo labios.
Sé que vais a medir
el tiempo que tardáis en pronunciarlo.
Y yo quiero desmesura.
Quiero bocas como grutas,
donde entre mi nombre y no se sepa
ni cómo ni cuándo ha de salir,
mezclado,
con no se sabe qué,
caliente,
amplio.
Bocas donde el cálculo sea
tan sólo una rima matemática.
Abismos como bocas
y bocas como océanos.
Donde mi nombre pueda
hundirse
y volar. |
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En las dependencias de Dulce el viento promueve difíciles equilibrios,
a menudo al borde de las cosas; interiorismo de campaña frecuentemente
víctima del amor, del desamor y de las más osadas tentativas.
De gota en gota, de libro en libro —es la casa de su obra poética
‘completa’—, se va afinando la voz, siempre en el viento:
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Digo rostro
de arena
y digo labios
y párpados de arena.
Digo dolor de arena
y digo manos
y caricias
de amor, de arena.
Y digo viento.
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En las dependencias de Dulce las más osadas tentativas, posibles
del viento, son y no son ‘manchas en la pared’: legado vivo,
cartografía de la acción que desarrolló en vida,
reseñan a su vez ese otro libro que es —nuestra
propia historia:
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Contra
el desprestigio de la altura
Si la fascinación
fuera hermana
de la cautela
el precipicio no tendría
un balcón.
—No penséis
en escaleras—.
Preguntaos
si no es mejor abrir los brazos
y hacer que el cuerpo se adelante.
Si tuviera peldaños
el azul
¿qué sería del águila?
Dejad que la cautela
encuentre su linaje. |
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