Tañidos
Iria Puyosa

"El arte surge y se desarrolla allí donde hay esa ansia eterna, incansable,
de lo espiritual, de un ideal que hace que las personas se congreguen..."


Andrei Tarkovsky



Un grupo de gente afanada en la tarea de elevar un globo. La cámara sigue a uno de los hombres; junto con él gozaremos de la vista del mundo desde la perspectiva de Dios. Oiremos sus gritos de entusiasmo, mientras vemos magníficas panorámicas. Luego el globo se estrellará. Fin del prólogo.
Tres monjes abandonan un monasterio. Llueve. ¿Dios envía monjes y el diablo envía bufones? Quizás sea así. Quizás, al revés.

El afán de realización humana es uno de los tópicos centrales en Andrei Rubliov. Inspiración o muerte, creación o devastación. Inevitablemente, la realización humana parece conllevar un dilema. No sólo por el resultado, sino por el propósito: ¿para qué todo ese afán en un mundo precario? Esta interrogante es la médula de la conversación entre el exitoso pintor de iconos de Theophanus y el desprovisto de talento Kirill. ¿Cuál es el propósito del arte? ¿Honrar a Dios? ¿Darle felicidad al hombre? ¿Fervor o amor?
Mientras una procesión marcha sobre la nieve, escuchamos la voz de Andrei hablando de la resignación del pueblo que lo redime de su ignorancia. Kirill carga la cruz. Un coro de mujeres, acompaña su calvario. Kirill es crucificado. Una niña lo contempla con alegría. A diferencia de los demás, la pequeña parece saber que la crucifixión envuelve un acto de amor.
Otra forma de amor se manifiesta en los bosques. En las noches de bacantes. Quizás sea solsticio de verano. Noche de amor carnal entre los paganos. Andrei es tentado. La expresión de ansiedad, miedo y deseo delata sus sensaciones mientras observa un encuentro sexual, en medio de la naturaleza. El fuego que quema su hábito resulta innecesario. Ya había flama en sus labios entreabiertos y su mirada atenta.
A la tentación sigue la crucifixión de Andrei. Y la lección de amor de la bacante. El amor físico que ella le obsequia mientras Andrei está atado con los brazos en cruz, parece tan capaz de redimir como el amor al prójimo que el joven monje quiere predicar. Ella lo libera. Y empieza a delinearse la idea de que en este mundo el amor es superior a la fe.
Por el contrario, la Iglesia pretende inculcar una fe sin amor, una fe basada en el temor a Dios. "Yo no quiero aterrorizar a la gente", dice Andrei al negarse a pintar el Juicio Final. La angustia se refleja en su rostro y su voz en off dice:

Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; más cuando ya fui adulto, dejé atrás las cosas de niño.

Ahora vemos por espejo, veladamente; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de manera imperfecta, pero entonces conoceré como fui conocido.

Ahora, permanecen la fe, la esperanza y la caridad; las tres, pero la más grande entre ellas es la caridad.

Si yo hablase todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, y no tuviese caridad, no sería más que un metal que resuena o címbalo que retiñe.

Si tuviese don de profecía y entendiera todos los misterios y poseyera todo conocimiento, y si tuviera una fe que moviera montañas, pero me faltara el amor, nada sería.

Si repartiera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para que lo consumieran las llamas, y no tuviese caridad, de nada serviría.

El amor nunca deja de ser, pero las profecías acabarán, y cesarán las lenguas, y el conocimiento acabará.

Andrei altera el orden de los versos y al final agrega otras frases sobre el sentido de la caridad. Pero el mensaje es el mismo. Debe ser el amor lo que inspire, no la fe. No el temor. Es el amor lo que libera, por eso Andrei está alegre al terminar los versos, mientras juega con la niña que arroja leche en su cara.
El joven monje quisiera pintar para los inocentes: la niña, la muchacha muda y alelada, el muchacho hacedor de campanas. No quiere entender los argumentos de su maestro Daniil, para convencerlo de que deben pintar el Juicio Final. Tampoco quisiera pintar la mansión del príncipe, la de paredes hechas de la piedra más blanca, la que pagarán los campesinos con los impuestos que sean necesarios.
Lloverá.

Será el día del Juicio Final en Vladimir. Una vaca en llamas. Prolongados planos-secuencias. Los tártaros uniendo sus esfuerzos para derribar la puerta de la catedral. No sabemos que ocurre del otro lado de la puerta. ¿Es un refugio? ¿Están allí las riquezas o las almas? Un canto coral hace el contrapunto. Vemos un hermoso caballo cayendo de una escalera.
Es el día del Juicio Final en Vladimir. Los fieles refugiados en la catedral van a morir decapitados, torturados con metal y aceite hirviendo.

Después, caminando entre los cadáveres, la culpa en el rostro del príncipe. La inutilidad de su ambición. También la inutilidad del arte, que Andrei discute con la aparición de Theophanus. El silencio en el pueblo devastado. La nieve cayendo dentro de la catedral. Lo aterrador es la ruptura del orden. El refugio ha sido quebrado; el orden del mundo ha sido violado. Algo tan frágil como la nieve es capaz de vulnerar lo más sólido de la fe.
Comienza el silencio de Andrei. Un voto que lo iguala a la muchacha muda, cuya inocencia juega con las trenzas de una muerta. Inocencia que será raptada, ante la impotencia de Andrei. La dureza de la vida: los pueblos saqueados, torturados y violados, el clima inclemente, lluvia, nieve, calor, sin nada que parezca primavera; el hambre con que se comen frutas podridas; las pestes que aniquilan familias enteras, profesiones enteras. Y además hay que pintar El Juicio Final. Mejor el silencio y la impotencia, cree Andrei. "Pinta, pinta, pinta", ruega Kirill.
Hace falta coraje. Fe. O desesperación. La desesperación con que Boriska se descubre poseedor del secreto de cómo hacer campanas. Cubrir la desesperación con rezos. Encontrar la inspiración en la arcilla corriente, en un barranco regado por la lluvia. Inventar los secretos que no se tienen.
Después de meses, la desesperación parirá un tañido. Donde todos, aún quienes pusieron el esfuerzo, esperaban más silencio. O ruido sordo, fracasado. Un tañido que rompe la fuente de llanto del muchacho. Un tañido que le da consuelo al alma de Andrei, cuando descubre que tiene sentido romper el silencio. Cuando entiende que no debe ser metal que resuena, ni profeta que mueve montañas, ni mártir para le fe, sino sólo un hombre capaz de abrazar a otro hombre.



Andrei Rubliov - Dirección: Andrei Tarkovsky. Guión: Andrei Tarkovsky y Andrei Konchalovsky. Montaje: Ludmila Feiginova, O. Shevkunenko y T. Yegorycheva. Fotografía: Vadim Yusov. Música: Vyacheslav Ovchinnikov. Sonido: Inna Zelentsova. Intérpretes: Anatoli Solonitsyn (Andrei Rubliov), Ivan Lapikov (Kirill), Nikolai Grinko (Daniil), Nikolai Sergeyev (Theophanus), Irma Raush (Durochka), Nikolai Burlyayev (Boriska), Yuri Nazarov (El gran príncipe/El príncipe hermano). Duración: 205 min. URSS, 1966.


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