Prueba mis recetas
Yael Rosenfeld

 

No es este el espacio para analizar si se puede hablar de una literatura "femenina" cuando nos referimos a esas historias que combinan la mirada de una mujer, el erotismo fino, los juegos de alcoba y hasta las recetas de cocina con otros ingredientes típicos del género. Son libros que en general buscan hacerse cómplices de la mujer que se siente reflejada en sus páginas y acercar al hombre una ventanita para espiar un rato la supuesta complejidad del alma femenina.

Lo cierto es que, a pesar de que sus detractores digan que su fin está más relacionado con el marketing que con el arte, las exponentes más promocionadas de esta literatura cuentan con varios best sellers y algunos de sus textos han llegado a la pantalla del cine.
También es cierto que si ese género existiera, el Tratado de culinaria para mujeres tristes del colombiano Héctor Abad Faciolince sería uno de los mejores ejemplos y vendría a demostrar que los secretos del alma femenina no son patrimonio exclusivo de las mujeres. No por nada el autor, hombre de letras y periodista, dedica su primer libro a las seis mujeres que lo criaron: su madre y sus cinco hermanas, de quienes parece haber heredado las claves para descifrar el enigma.

El resultado escapa a todos los moldes: no es un tratado de culinaria aunque contenga recetas de cocina, no es un manual de autoayuda aunque esté repleto de consejos, ni es un libro de poemas, aunque la poesía se desprenda de cada página. Es más bien un juego de contradicciones y opuestos donde la ironía y el humor mezclan la poesía con recetas que van desde lo más simple hasta lo más sabroso, como excusa para reflexionar sobre la condición femenina desde el punto de vista novedoso: el de un hombre que conoce tanto los detalles más cotidianos como los secretos más reservados.

Las mujeres a las que se refiere poco tienen de tristes aunque conozcan la tristeza. Él les transmite recetas elegantes para evadirla, para sentirse más jóvenes, para dejar de llorar, para el insomnio, para los nervios, para conseguir un amor, para alimentarlo, para estar más lindas, para la infidelidad, para la insensibilidad y muchas más. Pero también advierte: "desconfía de mí, no cocines mis pócimas si te asalta la sombra de una duda; pero lee este intento falaz de hechicería: el conjuro, si sirve, no es más que su sonido: lo que cura es el aire que exhalan las palabras".

Por más curioso que resulte, este Tratado es también, a veces, como la Biblia, el I-Ching, el Tao y esos otros libros que tiene la cualidad de que cuando los abrimos al azar nos muestran la respuesta que andábamos necesitando, porque, aunque absurda o inaplicable, nos hace reír buscando las conexiones de ese juego de palabras con nuestras inquietudes. En este caso, como dice el autor, quienes lo consulten encontrarán recetas agridulces, escritas en broma pero pensadas en serio: "repentinos antídotos para la pertinaz melancolía".

libreta de apuntes


Tratado de culinaria para mujeres tristes, Héctor Abad Faciolince. Alfaguara, Bogotá, 1997.


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