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Las
desviaciones de la naturaleza
"Entre todas las cosas que pueden ser contempladas bajo la
concavidad de los cielos, nada hay que avive más el espíritu,
que cautive los sentidos, que espante más, que provoque en
las criaturas una admiración o un terror más grande
que los monstruos, los prodigios y las abominaciones por las que
vemos invertidas, mutiladas y truncadas las obras de la naturaleza".
Esta frase de Pierre Boaistuau encabeza sus Histoires prodigieuses,
obra publicada en 1561 (1), es decir, en una época de calamidades
públicas. Los prodigios y los monstruos fueron mirados en
el pasado como presagios y, en general, en tanto que tales, como
pájaros de mal agüero. Boaistuau tuvo el mérito
de consagrarles su libro sin preocuparse por los augurios y de reconocer
hasta qué punto los hombres están ávidos de
asombro.
Hoy en día el placer de ir a ver los "fenómenos"
es considerado un placer circense y a quien da los primeros pasos
se lo califica de papanatas. En el siglo XVI una especie de curiosidad
religiosa, debida en parte a la costumbre de vivir a merced de las
calamidades más fantásticas, se mezclaba todavía
a la simpleza curiosa. Los libros consagrados a los hermanos siameses
y a los terneros de dos cabezas de la época fueron muy numerosos
y sus autores no vacilaban en exagerar. El lujoso álbum de
planchas grabadas y coloreadas de los Regnault, publicado en 1775
-algunas de cuyas reproducciones figuran aquí-, testimonia
una preocupación bastante superficial por la información.
(2) Testimonia sobre todo el hecho de que, de una manera u otra,
en una u otra época, la especie humana no puede permanecer
indiferente ante sus monstruos.
No retomare
aquí la clasificación anatómica, reproducida
en todos los diccionarios, de los tratados de teratología
de Geoffroy-Saint-Hilaire o de Guinard. Poco importa, en efecto,
que los biólogos hagan entrar en categorías a los
monstruos, como si se tratara de especies. No por ello dejan de
ser menos ciertas las anomalías y las contradicciones.
Cualquier "fenómeno" de circo provoca una impresión
positiva de incongruencia agresiva, algo cómica, pero sobre
todo generadora de malestar. Este malestar está oscuramente
ligado a una seducción profunda. Si se tratara de una dialéctica
de las formas, evidentemente hay que tener muy en cuenta tales desviaciones
de las cuales la naturaleza, a pesar de que se los considere con
frecuencia como contra natura, es indiscutiblemente responsable.
Prácticamente
esta impresión de incongruencia es elemental y constante:
es posible afirmar que se manifiesta en algún grado en cualquier
individuo humano. Pero es poco perceptible. Por tal motivo es preferible
referirse a los monstruos para determinarla.
Sin embargo, el carácter común de la incongruencia
personal y del monstruo se puede expresar con precisión.
Conocemos las imágenes compuestas de Galton realizadas me
diante impresiones sucesivas, sobre una misma placa fotográfica,
de figuras análogas pero diferentes unas de otras. Así,
con cuatrocientos rostros de estudiantes norteamericanos del sexo
masculino, se obtiene un rostro tipo de estudiante norteamericano.
Georg Treu definió en Durschnittbild und Schönheit (L'image
composite et la beauté, Zeitschrift für Aesthetik und
allgemeine Kunstw/issenschaft, 1914, IX, 3) la relación entre
la imagen compuesta y sus componentes demostrando que la primera
era necesariamente más hermosa que el término medio
de las otras; así veinte rostros mediocres componen uno hermoso
y se obtienen sin dificultad figuras cuyas proporciones están
cerca de las del Hermes de Praxíteles. La imagen compuesta
daría asi una especie de realidad a la idea platónica,
necesariamente bella. Al mismo tiempo la belleza estaría
a merced de una definición tan clásica como la de
la medida común. Pero cada forma individua! escapa a esta
medida común y, en algún grado es un monstruo.
Es útil observar aquí que la constitución del
tipo perfecto con la ayuda de la fotografía compuesta no
es demasiado misteriosa. Si se fotografía un número
considerable de guijarros de dimensiones semejantes pero de formas
diferentes es imposible obtener algo que no sea una esfera, es decir,
una figura geométrica. Es suficiente constatar que una medida
común conduce necesariamente a la regularidad de las figuras
geométricas.
De tal modo los monstruos estarían dialécticamente
ubicados en la antípoda de la regularidad geométrica,
al igual que las formas individuales, pero de una manera irreductible.
No obstante "entre todas las cosas que pueden ser contempladas
bajo la concavidad de los cielos, nada hay que avive más
el espíritu humano, etc."
La expresión
de la dialéctica filosófica mediante las formas, como
la que el autor del Acorazado Potemkin, S. M. Eisenstein, se propone
realizar en su próxima película (así lo dijo
durante su conferencia pronunciada en la Sorbona el 17 de enero)
puede adquirir el valor de una revelación y determinar las
reacciones humanas más elementales, por lo tanto las más
consecuentes.
Sin llegar a abordar
aquí la cuestión de los fundamentos metafisicos de
una dialéctica cualquiera, nos permitimos afirmar que la
determinación de un desarrollo dialéctico de hechos
tan concretos como las formas visibles seria literalmente perturbadora:
"Nada hay que avive más el espíritu, que cautive
los sentidos, que espante más, que provoque en las criaturas
una admiración o un terror más grande..."
Georges Bataille
1.
Pierre Boaistuau llamado Launay, nacido en Nantes, murió
en París en 1566. Sus Histoires prodigieuses (1 ed.
París, 1561, in-8°) han sido reimpresas muchas veces.
2. Les Ecarts de la nature ou Recueil des principales monstruosités
que la nature produit dans le monde animal, pintados de acuerdo
con el modelo natural y realizados por los Regnault, París,
1775, in-fol, 40 planchas grabadas.
publicado
en Documents N° 2, segundo año, 1930, páginas
79 a 83
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