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"En el principio (...) todo
era confusión y no había nada en la tierra. Las tinieblas
cubrían los abismos (...). Dijo Dios: 'Haya luz', y hubo luz. Dios
vio que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas".
Los versículos iniciales del Génesis podrían aplicarse
a Amberes, la primera novela que el chileno Roberto Bolaño
dice haber escrito en 1980. Habría que hacer la salvedad de que
el autor que figura en sus páginas no es la pequeña deidad
con la que lo comparaba Huidobro, sino sólo una más de las
sombras que son todos los personajes. No hay voluntad suprema que separe
allí lo luminoso de lo oscuro, que se confunden en un caos, el
cual tiende constantemente a desvanecerse en el vacío.
Habría
también que colocar entre comillas la palabra novela cuando hace
referencia a este libro, producto de la "enfermedad del orgullo,
la rabia y la violencia" (p. 10). En 1980, Bolaño consideró
inútil llevarlo a cualquier editorial: "Me hubieran cerrado
la puerta en las narices y habría perdido una copia" (p. 9).
Y probablemente tuvo razón. Más que un texto fragmentario,
Amberes parece el resultado de una escrupulosa maceración
de la creación literaria, como si el escritor hubiera necesitado
descomponerla hasta dar con las partículas elementales, no del
lenguaje -lo cual se agradece- sino de la imaginación.
La disolución llega hasta el punto de que algunas imágenes
son sólo figuras geométricas y manchas de colores. Por ejemplo:
"En la escena sólo hay cuadrados (...). Se humedecen los cuadrados
(...). La superficie se ha transformado en algo que vagamente nos recuerda,
como los dibujos de Rorschach, a oficinas de policía" (pp.
77-78). En cuanto a la historia, ella sigue al pie de la letra el siguiente
precepto: "Todas las reglas de construcción siguen
siendo válidas sólo para novelas que son copias de otras"
(p. 103).
Desprovisto de ilación entre sus breves capítulos, el libro
está, sin embargo, lleno de acción. Hay cadáveres
abaleados, violentos allanamientos y crudas escenas de sexo, por ejemplo.
Pero las situaciones son tan absurdas como deshilachada la narración,
y el relato se complica con un juego de cajas chinas. Hay cosas que suceden
en la película que un personaje proyecta, así como en el
cuaderno en el que otro escribe. Escribe y borra, como sucede en los capítulos
20, 48 y 52, en los cuales todo desaparece al final, tras una cortina
de arena que levantan el viento y el narrador.
Si la novela de Bolaño que ganó el Premio Rómulo
Gallegos, Los detectives salvajes (1998), es el relato de una búsqueda
en medio de la precariedad, en Amberes -que está estrechamente
emparentada con Prosa del otoño en Gerona (1981)- el desamparo
es tanto y es tan intrincado el laberinto que pareciera no existir la
posibilidad de ir en pos de ninguna meta (pp. 32-33), salvo huir de "Colan
Yar". Pero si las historias de la frontera entre la sociedad y el
abismo necesitan ser contadas de una manera rabiosa y quebrada, el uso
extremo del recurso hace que estas 119 páginas valgan más
como un apasionante experimento que como una obra lograda.
Amberes,
Roberto
Bolaño, Anagrama, 2002
pablogamba@hotmail.com
http://www.angelfire.com/rebellion/pablogamba/
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