Suspensión: una experiencia convulsiva

 
 
Araceli Cora García



 
Sala de ingreso a
Casa-Museo Bruzzone.
Tierra moldeada: flores

Imagen tomada desde el fondo
de la Sala de Exposiciones.

El joven artista plástico argentino Livio De Luca construye sus instalaciones tanto en casas como en galerías y museos, o bien las abandona en medio del bosque. Sus elementos son pétalos, pistilos y bayas, flores de aromo u hojas de pino, de arce, de tilo. También plumas, tiza o tierra. Su obra comienza cuando recorre kilómetros en bicicleta por el campo haciendo acopio de sus hallazgos.
Esta vez, De Luca presenta su obra en la Casa-Museo Bruzzone, que fuera el hogar-taller del pintor Alberto Bruzzone en Mar del Plata. Transitar por esta instalación requiere suspender las estrategias con que domesticamos el mundo, para sortear pequeños obstáculos indiferentes. Podríamos pisarlos, no cuelgan detrás de un cordoncillo sino se encuentran diseminados entre las baldosas, reproduciendo algunos de sus dibujos geométricos. De hecho, al cierre de la muestra, alguno que otro luce el diseño de una suela de zapato sobreimpresa.


Vestíbulo. Moldes:
Prismas de base cuadrada

La percepción miente con horror una estampida de ratas en las formas oscuras, pero el movimiento es exorcizado en la serenidad de una instantánea. Los túmulos a punto de caer producen un curioso efecto de belleza. La precariedad de esta instalación, aun si no representara nada, señala algo que no tiene más destino que su pérdida y su olvido. ¿Cómo no imaginar que al cierre se borrarán las pequeñas bestias entre las cuales se camina? ¿Qué barrera hace la obra al divertimento, cuando entrega en el mismo gesto su estatuto y su destitución? Los visitantes quieren ver, y a la vez apartar la vista de lo terrible: no se sabe qué pensar ante la tierra -aunque esté moldeada de forma primorosa- más que en una obra entregada al sacrificio.


Escalera al fondo de
la sala . Prismas de
base rectangular
Esto sucede en una Casa-Museo: al doble movimiento que mientras va tomando la Casa, altera la función conservadora del Museo. A su modo transgrede el código de producción y acumulación de obras. No ilusiona con lo imperecedero ni reniega de la muerte. Es más, justamente exhibe su debilidad, su estancia de paso. Su fugacidad es su tesoro. Su verdad es su ruina. No vale distinguir forma y contenido ya que es propio de la tierra su retiro pudoroso, pero es sabido que su material disponibilidad siempre ha llamado a la mano a moldearla. Aunque el acto de servirse de ella para hacer arte pudiera reducirla, no hay en el mundo algo más opaco y reservado. Si dividiéramos la obra en elementos, cada montón pudiera ser un objeto estético, pero los prismas desmoldados en su insignificancia están más cerca de nosotros que lo que sentimos al transitar entre ellos.


Sala de exposiciones vista
desde la entrada

 



Saliendo de la Muestra, vista
desde el vestíbulo

Los visitantes salen del recinto al parque caminando con cautela, como temiendo pisar algo valioso. Lo expuesto se les oculta y la sospecha de finitud se ha constatado. El tiempo suspendido se recobra lentamente, con el cuidado que merecen las convalecencias. La celebración de la tierra ha terminado.



Perteneciente a la serie El Viaje -presentada en Lelé de Troya, Buenos Aires, en 2001-, esta instalación requirió como materia una flor del Emperador del Japón, cuya corola parece formada por cientos de lágrimas. De Luca, preparó el piso de pinotea de una habitación de cinco por cinco metros y luego dispuso los pétalos uno a uno desde el rincón opuesto a la puerta: es parte de la obra la expulsión del creador a medida que la construye.

 

Livio procede en la serie de Pistilos como cuando trabaja con bayas rojas: los primeros se acomodan en las volutas de balcones o puertas de hierro forjado, las segundas en huecos de los árboles -en especial de la especie Júpiter, cuya piel se parece a la humana. La pregunta no es qué hacen allí los pistilos sino ¿cómo es que hay balcones sin pistilos? o ¿cómo es que hay árboles sin rojas pelotitas en sus oquedades?

LIVIO DE LUCA nació en Mar del Plata, el 7 de julio de 1973. Ingresó a la Escuela de Artes Visuales Martín Malharro en el año 1994, recibiéndose como maestro en 1998 y como profesor en 1999. Ese mismo año ganó una Beca de Producción y Análisis de Obra, que fue otorgada por el Fondo Internacional de Arte Contemporáneo, avalada por la Fundación Antorchas, bajo la dirección de los artistas Jorge Macchi y Claudia Fontes.
En el año 2000 fue becado por la Fundación Antorchas para estudios en el país, asistiendo al taller de Jorge Macchi, y comenzó a exponer en Buenos Aires. En 2001 obtuvo nuevamente la beca para estudios en el país, culminando el año con una muestra en el Salón de la Fundación Klemm de Buenos Aires. En 2002 fue becado por Antorchas para viajar a la Bienal de Sâo Paulo, en Brasil.
 

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