Luna y GNAC
Italo Calvino
traducción: Fernando Acevedo


La noche duraba veinte segundos, y veinte segundos el GNAC. Por veinte segundos se veía el cielo azul abigarrado de nubes negras, la hoz de la luna creciente dorada, subrayada por un halo impecable, y luego estrellas que, más se miraban, más tupían su punzante pequeñez, hasta la polvareda de la Vía Láctea, todo esto visto rápido rápido; cada particular sobre el cual uno se detenía era algo del conjunto que se perdía, porque los veinte segundos terminaban de inmediato y comenzaba el GNAC.
El GNAC era una parte de la publicidad SPAAK-COGNAC en el techo de enfrente, que estaba veinte segundos encendida y veinte apagada, y cuando estaba encendida no se veía nada más. La luna de improviso se desteñía, el cielo se volvía uniformemente negro y plano, las estrellas perdían el brillo, y los gatos y las gatas que hacía diez segundos lanzaban maullidos de amor moviéndose lánguidos uno hacia el otro a lo largo de los canalones y las cornisas, ahora, con el GNAC, se agazapaban sobre las tejas con los pelos erizados, en la fosforescente luz de neón.
Asomada a la mansarda en la que habitaba, la familia de Marcovaldo era atravesada por corrientes opuestas de pensamientos. Estaba la noche e Isolina, con sus dieciocho años, se sentía transportada por el claro de luna, el corazón se le derretía, y hasta el más tenue graznido de radio de los pisos inferiores del inmueble le llegaba como los retoques de una serenata; estaba el GNAC y aquella radio parecía pillar otro ritmo, un ritmo de jazz, e Isolina se extendía en su ropita estrecha y pensaba en los salones de baile a todas luces y ella, pobrecita, sola allí arriba. Daniele y Michelino, ocho y seis años, abrían grandes los ojos en la noche y se dejaban invadir por un cálido y suave temor de ser circundados por bosques llenos de bandidos; después ¡el GNAC!, y se desataban con los pulgares derechos y los índices rectos, uno contra el otro: -¡Arriba las manos! ¡Soy Superman!-. Domitilla, la madre, en cada apagarse de la noche pensaba: "Ahora a estos niños es necesario retirarlos, este aire puede hacer mal. ¡Y Teresina asomada a esta hora es una cosa que no va!" Pero todo después era de nuevo luminoso, eléctrico, afuera como adentro, y Domitilla se sentía como de visita en un asilo.
Fiordaligi, por otro lado, muchacho quinceañero precozmente desarrollado veía, cada vez que se apagaba el GNAC, aparecer dentro de la espiral de la ge la ventanilla apenas iluminada de una buhardilla, y detrás del vidrio un rostro de muchacha color de luna, color de neón, color de luz en la noche, una boca todavía casi de niña que apenas él le sonreía se cerraba imperceptiblemente y ya parecía abrirse en una sonrisa, cuando de repente de la oscuridad relampagueaba aquella despiadada ge del GNAC y el rostro perdía los contornos, se transformaba en una mortecina sombra clara, y de la boca niña no se sabía más si había respondido a su sonrisa.
En medio de esta tempestad de pasiones, Marcovaldo trataba de enseñar a los hijos las posiciones de los cuerpos celestes.
- Aquello es el Gran Carro, uno dos tres cuatro y allí el timón, aquello es el Pequeño Carro, y la Estrella Polar señala el Norte.
- ¿Y aquella otra qué cosa señala?
- Aquella señala la ce. Pero no tiene que ver con las estrellas. Es la última letra de la palabra COGNAC. Las estrellas, por lo contrario, señalan los puntos cardinales. Norte Sur Este Oeste. La luna tiene la joroba al Oeste. Joroba al poniente, luna creciente. Joroba a levante, luna menguante.
- Papá, ¿entonces el cognac es menguante? ¡La ce tiene la joroba a levante!
- No tiene que ver, creciente o menguante: es un anuncio puesto allí por la empresa Spaak.
- ¿Y a la luna qué empresa la ha puesto?
- A la luna no la ha puesto una empresa. Es un satélite, y está siempre.
- Si está siempre, ¿por qué cambia de joroba?
- Son los cuartos. Se le ve sólo un pedazo.
- También al COGNAC se le ve sólo un pedazo.
- Porque está el techo del edificio Pierbernardi, que es más alto.
- ¿Más alto que la luna?
Y así, en cada encenderse del GNAC, los astros de Marcovaldo se iban a confundir con comercios terrestres, e Isolina transformaba un suspiro en la respiración entrecortada de un mambo tarareado, y la muchacha de la buhardilla desaparecía en aquel anillo deslumbrante y frío, escondiendo su respuesta al beso que Fiordaligi había finalmente tenido el coraje de mandarle sobre la punta de los dedos, y Daniele y Michelino con los puños delante del rostro jugaban al ametrallamento aéreo -Ta-ta-ta-tá...- contra el anuncio luminoso, que después de los veinte segundos se apagaba.
- Ta-ta-tá... ¿Has visto, papá, que lo he apagado con una sola ráfaga? - dijo Daniele, mas ya, fuera de la luz de neón, su fanatismo guerrero se había desvanecido y los ojos se le llenaban de sueño.
- ¡Ojalá -se le escapó decir al padre- se hiciera pedazos! Les haría ver a Leo, a Géminis...
- ¡El león! -Michelino fue presa del entusiasmo-. ¡Espera! -Le había venido una idea. Tomó la resortera, la cargó con la gravilla de la cual siempre tenía en la bolsa una reserva, y tiró una ráfaga de piedrecillas con todas las fuerzas contra el GNAC.
Se escuchó la granizada caer diseminada sobre las tejas del techo de enfrente, sobre las placas de la tubería, el tintineo de los vidrios de una ventana golpeada, el gong de un pedruzco que pegó allá abajo en una concavidad de un fanal, una voz en la calle:

-¡Llueven piedras! ¡Eh, allá arriba! ¡Canalla!- Mas el anuncio luminoso, justo en el momento del tiro, se había apagado debido al fin de sus veinte segundos. Y todos en la mansarda se pusieron mentalmente a contar: uno dos tres, diez once, hasta veinte.
Contaron diecinueve, respiraron hondo, contaron veinte, contaron veintiuno veintidós por el temor de haber contado demasiado deprisa, pero no, nada, el GNAC no se reencendía, quedaba un negro garabato mal descifrable trenzado a su castillo de sostén como la vid a la pérgola. -¡Aaah!- gritaron todos y la capa del cielo se alzó infinitamente estrellada sobre ellos.
Marcovaldo, interrumpido a mano alzada en la bofetada que quería dar a Michelino, se sintió como proyectado en el espacio. La oscuridad que ahora reinaba a la altura de los techos hacía como unavbarrera oscura que excluía allá abajo el mundo donde continuaban a girar en remolinos jeroglíficos amarillos y verdes y rojos, y guiñosos ojos de semáforos, y el luminoso navegar de los tranvías vacíos y los autos invisibles que empujan delante de sí el cono de luz de los fanales. De este mundo no ascendía más que una fosforescencia difusa, vaga como el humo. Y al alzar la vista ya no más deslumbrada, se abría la perspectiva de los espacios, las constelaciones se dilataban en profundidad, el firmamento rotaba por doquier, esfera que contiene todo y no la contiene ningún límite, y sólo un ralear de su trama, como una brecha, abría hacia Venus, para hacerla resaltar sola sobre la cornisa de la tierra, con su firme cruce de luz estallada y concentrada en un punto.
Suspendida en este cielo, la luna nueva, en vez de ostentar la abstracta apariencia de medialuna, revelaba su naturaleza de esfera opaca iluminada en torno por los rayos oblícuos de un sol perdido de la tierra, pero que de todos modos conservaba -como puede verse sólo en ciertas noches de plena primavera- su cálido calor. Y Marcovaldo al mirar aquella estrecha rivera de luna recortada allí, entre sombra y luz, sentía una nostalgia como de alcanzar una playa que permanece milagrosamente soleada en la noche.
Así quedaban asomados a la mansarda, los niños espantados por las desmesuradas consecuencias de su gesto, Isolina raptada como en éxtasis. Fiordaligi, que único entre todos distinguía la tenue buhardilla iluminada y finalmente la sonrisa lunar de la muchacha. La mamá se sacudió: - Vamos, vamos, es noche. ¿Qué hacen asomados? ¡Tomarán un achaque bajo este claro de luna!
Michelino apuntó la resortera en alto -¡Y yo apago la luna!-. Fue tomado por los pelos y llevado a la cama.
Así por el resto de aquella y por toda la noche siguiente, el anuncio luminoso sobre el techo de enfrente decía sólo SPAAK-CO, y de la mansarda de Marcovaldo se veía el firmamento. Fiordaligi y la muchacha lunar se enviaban besos con los dedos, y quizá hablándose con señas hubieran logrado fijar una cita.
Mas la mañana del segundo día, en el techo, entre los castillos del anuncio luminoso se recortaban sutiles sutiles las figuras de dos electricistas en overol, que verificaban los tubos y los cables. Con el aire de los viejos que preven el tiempo que habrá, Marcovaldo asomó la nariz y dijo: -Esta noche será de nuevo una noche de GNAC.
Alguien tocaba a la puerta de la mansarda. Abrieron. Era un señor con anteojos. -Disculpen, ¿podría echar una ojeada desde su ventana? Gracias -y se presentó-, Doctor Godifredo, agente de publicidad luminosa.
"¡Estamos arruinados! ¡Nos quieren hacer pagar los daños! -pensó Marcovaldo y ya se comía a los hijos con los ojos, olvidadizo de sus éxtasis astronómicos.- Ahora mira a la ventana y entiende que las piedras no pueden haber sido lanzadas sino desde acá". Intentó ponerse al cubierto: -Sabe, son muchachos, tiran así, a los gorriones, piedritas, no sé cómo es que fue a descomponerse aquel escrito de la Spaak. Pero los he castigado, ¡eh, si los he castigado! Y puede estar seguro de que no se repetirá más.
El doctor Godifredo puso una cara atenta. -En verdad, yo trabajo para la "Cognac Tomawak", no para la "Spaak". He venido para estudiar la posibilidad de una publicidad luminosa en este techo. Pero dígame, dígame lo mismo, me interesa.
Fue así que Marcovaldo, media hora después, concluía un contrato con la "Cognac Tomawak", la rival principal de la "Spaak". Los niños debían tirar con la resortera contra el GNAC cada vez que el escrito era reactivado.
- Debería ser la gota que derrame el vaso -dijo el doctor Godifredo. No se equivocaba: ya en el borde de la bancarrota por los fuertes gastos de la publicidad sostenida, la "Spaak" vio las continuas descomposturas de su más bella publicidad luminosa como un mal auspicio. La publicidad, que ahora decía COGAC ahora CONAC ahora CONC difundía entre los acreedores la idea de una ruina; a un cierto punto, la agencia publicitaria se negó a hacer otras reparaciones si no le pagaban los atrasos; el escrito apagado hizo crecer la alarma entre los acreedores; la "Spaak" quebró.
En el cielo de Marcovaldo la luna llena redondeaba en todo su esplendor.
Estaba en el último cuarto, cuando los electricistas regresaron a treparse al techo de enfrente. Y aquella noche, a caracteres de fuego, caracteres altos y anchos el doble de antes, se leía COGNAC TOMAWAK, y no había más luna ni firmamento ni cielo ni noche, solamente COGNAC TOMAWAK, COGNAC TOMAWAK, COGNAC TOMAWAK que se encendía y se apagaba cada dos segundos.
El más afectado de todos fue Fiordaligi; la buhardilla de la muchacha lunar había desaparecido detrás de una enorme, impenetrable doble v.


Calvino, Italo. Luna y GNAC (1956) en "I racconti", de Italo Calvino.
vol. 1, pp 210-215 Col. Oscar Mondadori (c) 1993 by Palomar S.r.l. e Arnoldo Mondadori Editore S.p.A. Milano.



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