E
DILBERTO ALDÁN

 
Cuanto el Tigre llega, el espacio se torna pleno de contradicciones, todo
lo envuelve su lengua llama, es él en sí mismo: incendio, la lucha
desatada de todos los verbos.
El verbo del Tigre es todos los verbos en imposible
simultaneidad, uno contra todos, todos contra uno, todo en el Tigre.
La aparición del Tigre desata un tiempo distinto: se detienen los
calendarios y las hojas del reloj cristalizan su fuga, ¿que otro tiempo
podría aceptar su estancia?, ¿cuál que no fuera este entierro del mismo
tiempo?
REPASO

 

Me despertó la culpa, el recuerdo enterrado en la boca del estomago, será que anoche, justo antes de cerrar los ojos, devoré la imagen de los tallos secos de una planta que hace días no riego, las hojas arrugadas en espera del agua. Ahora camino haciendo el repaso de esa memoria:
Las risas muertas que acompañan el choque de los hielos en la décima copla. La canción que eternamente tarareo los primeros minutos de cada sábado, justo antes de encontrarme en el espejo.
Los fantasmas de la sala que se fuman un cigarro a la sombra de la luz huida antes de que prenda la luz. Un domingo por la mañana en que los odios recuperados endulzaron el cereal y aprendí lo que es ser un rencor vivo. Un insulto que astilló mi pierna y se hace presente los días soleados.
La visión de la entrepierna clara por la que se fugó mi adolescencia. El primer suspiro que bailó en mi pecho desnudo. Una película ciega ante el embate de unas manos ansiosas.
Mis lágrimas en la espalda de mi madre llorando. La bicicleta naranja donde alguien que fui aprendió a escapar de casa. El llanto por una mascota muerta que nunca tuve. El descubrimiento de la muerte en el puño cerrado. El rostro borroso que me arrulla cuando duermo abrazando mis piernas.
La memoria interminable, la lista infinita de las cosas que añoro dirigió mis pasos a una papelería donde compré una libreta y un listón rojo.
AI llegar a casa, ato un moño a los tallos de la planta recién regada, justo después de darle de beber, para así lograr que florezca, para que la fuerza de la envidia alimente su deseo. Levanto la maceta, la llevo a la ventana y desde ahí dejo que caiga a la calle.
Hasta la cocina llega el ruido de los autos gritando a una maceta rota. Música que acompaña el fuego azul que alimento con las hojas blanquísimas de una libreta nueva; donde voy a escribir los recuerdos que me impiden ser infeliz.


 
Fui al Tigre para hallar palabras con que se inicia el camino de
regreso,
con la imagen preconcebida de que todo tiempo es
circular,
que a cada hombre corresponde un periplo, que
siempre
hay un sendero que devuelve a la orilla de río desde
donde se inicia el primer salto.
Hallé del regreso que el viaje es todos los fuegos, un solo
incendio
en que la ausencia de palabras se torna la única
certeza.

 

COMIDA PARA GATOS

Para Sandy Bucay, a quien esta historia no merece.

 

Quizá sea el ritmo del paso que invita a la pregunta, quizá que en el descuido resbala desde la brecha de las certezas impuestas hasta la hondonada donde se vuelven necesarias las soluciones críticas, cómo saber; la única seguridad es el aprender a ya no preguntar, a no cuestionarme el por qué de levantarme del sillón sin otro ánimo que el de salir de casa y encaminarme al supermercado, siempre después de las once, siempre después de mirar un largo rato el teléfono.
No hay respuesta, sólo invención que sirve para dar nombre a la conveniencia de vivir en una ciudad donde el supermercado está abierto las 24 horas. Alguna vez me dije que por comodidad, consideré ese horario especial como una concesión a quienes no pueden hacer sus compras a la otra hora, con la luz de día; comodidad, entonces, por lo sencillo, por la velocidad, después de las once no hay que hacer una larga fila mientras una señora, en vez de sacar las compras del carrito, se dedica a arrear a sus hijos, tampoco hay que esperar a la pareja que, una vez en la caja, discute cuál de todos los cereales con fibra es mejor. Cómodo y rápido, simplemente se toma un carrito y se empuja buscando lo que se necesita, comprando lo necesario.
Llegar a la zona de cajas tras una vuelta más por el pasillo aquel donde están los importados, la nunca oportuna reflexión acerca de los caprichos y los gustos, el pensamiento fiel de la balanza entre el antojo y el dinero disponible; enseguida estar frente a la cajera, cinco minutos máximo y ya, eso es todo, sin colas, sin espera...
A veces la explicación consistía en depositar los motivos en la bolsa de croquetas casi vacía, en pensar que al día siguiente el gato no tendría qué comer.
Ninguna de esas razones que me invento para caminar casi a la media noche hasta el supermercado es cierta, ninguna es la verdadera, ni siquiera la principal, pero no importa, ya no lo pienso, mantengo los pies en la brecha del andar automático.
No pienso que es viernes, tampoco en la hora hasta que el policía en la entrada del supermercado mira el reloj apenas cruzo el umbral; imagino lo que está pensando: que aún falta mucho tiempo para poder irse, para el cambio de turno y mientras tanto mirar, sólo mirar a quienes les falta recorrer un pasillo, a los que están en la caja... Tras de mí paso el policía suspira.
Somos apenas unos cuantos quienes empujamos los carritos a través de los pasillos, casi los podría contar con una mano. Paso el anaquel de la farmacia, el de las medias y llego a comida para gatos. Paseo la mirada por las etiquetas con fotografías de gatos felices, de gatos felpudos, gatos siempre brillantes, saludables, cada uno de ellos ríe desde una felicidad envidiable, desde la posteridad viva del instante muerto; tomo una bolsa de Delicias rellenas.
-El mío prefiere Whiskas -me dice una mujer, no más de cuarenta no menos de treinta, al tomar una bolsa del mismo anaquel- Lo que no soporta es que le lleve Gatina.
-El mío tampoco, prefiere pasar hambre que comérsela, ni siquiera si combino con leche o... -Encojo los hombros y sé que ella entiende, sé que sabe lo difícil que es hacer comer a un gato, en especial a uno que no regala esas sonrisas de empaque.
-¿De qué raza es? -Apenas me sonríe, labios con restos de carmín, rostro todo con vestigios de maquillaje, como si no se hubiera despintado, como si al llegar a casa, a su casa, sólo tuviera ganas de enfundarse en unos pants, ver la televisión, beber directamente de la botella, tirarse en un sillón y dejar para después la revisión del bolso: el cambio del cepillo, el lápiz labial, los cosméticos, de una a otra, no, mejor no, mejor dejar para después todo; quizá esperando una llamada telefónica, quizá solamente para evitar ser ella la que levante el auricular y... mejor después.
Se va, se aleja asintiendo aún, con esa mueca que es media sonrisa, que esbozó una vez que el tema de los gatos estuvo agotado, cuando se disolvió la posibilidad de que las manos se encontraran sobre un paquete de croquetas; después ya no importó, dio media vuelta y se fue empujando su carrito. No pude evitar seguirla a distancia.
Verla es mirarme al espejo, sólo que el reflejo no es mi rostro, descubro mi espalda, yo también visto pants, a mí tampoco me llaman la atención las ofertas, ni los carteles que anuncian descuentos de hasta el 30 por ciento, no me detengo en el estante de las verduras, pasamos de largo frente a las pastas, frente a las sopas y harinas. Desde el altavoz se escucha un sincero agradecimiento por elegir precisamente este supermercado para realizar nuestras compras. La voz aeropuertaria del anuncio, mezcla de bocina rota y chirrido metálico, me distrae, la pierdo de vista. No me importa, sé que la puedo encontrar frente a los refrigeradores donde se amontonan las bolsas de comida congelada.
¿Cuánta gente elige esta hora incierta entre la noche y la proximidad de la madrugada para asistir al supermercado?, no importa el número, pero todos estamos ahí, seleccionando entre la combinación de verduras California o la combinación oriental, los dedos en el tetra pack del concentrado de jugo, las manos prestas a una bolsa de papas precocidas, o bien una pizza para micro o unos tacos o unos sopes o unos tamales, todo listo para comer en tres minutos.
Las puertas del refrigerador se abren y cierran en medio de nuestras sonrisas, ¿cuántas veces nos habremos visto?, ¿cuántas veces nos habremos encontrado exactamente los mismos, a la misma hora, con un paquete similar en las manos?, quién sabe, pero eso amerita el intercambio de buenas noches, de muecas, de saludos con la cabeza apenas pegando la barbilla al pecho, en silencio, porque no sabemos qué decir, porque no consigo quitarle la mirada de encima y ella está esperando, pero no sé que decir y no voy a decir nada. Abandono la persecución, que se quede ahí, que se queden sus pants y con ellos la posibilidad de dormir acompañado.
¿Tarjeta o efectivo?, no es la cajera quien pregunta, soy yo mismo quien lo dice, me mira desde sus ganas de ya irse, apenas sonríe. Pago y me salgo con mi bolsa de Delicias rellenas entre los brazos.
Me digo que me gustan las noches frías y eso explica que vaya por el camino más largo a casa, aunque presiento que la verdadera razón es el encuentro con esos rostros conocidos que no tienen nombre, con esos espejos frente al refrigerador de comida congelada.
Una fila de automóviles avanzando lentamente revela que mi viernes es diferente al viernes de muchos otros. Ahí los miro, dentro de sus autos, paseando a menos de 10 kilómetros por hora, con las ventanillas abajo, mirando hacia la izquierda, casi todos hombres. Ahí van los autos, a vuelta de rueda, de puta en puta.
El recuerdo viene solo: esta misma calle, esta esquina donde inicia el parque, era distinta hace apenas unos años, era una donde lo más sobresaliente era la visión de los columpios, su proximidad, también en esa esquina empezaban las visiones de lo otro, cuando la bicicleta era la posibilidad de escapar hacia otras calles que ahora sé son exactamente las mismas; hoy es un parque descuidado donde ya no florece más que el paso del tiempo, es la referencia siempre esclarecedora que se le da al taxista, "la calle de las prostitutas" dice uno para quedarse callado en el asiento trasero, para no tener que agregar nada pues esa sonrisa que se mira a través del espejo retrovisor asiente gustosa; hoy la calle es un atado de mujeres sembradas en el orden de sus años.
Un manojo de promesas por cumplir que para los inspectores son la cuota que invita a reportar que siempre es la misma cantidad de mujeres que registran en libros olvidables, en archivos perdidos, sin embargo, cada semana la línea de prostitutas se extiende, la última de ellas se detiene a fumar frente al salón de fiestas, donde los fines de semana los del valet parking aparecen rápidamente los coches de quienes salen de los XV años o la boda o... y es que no se ve bien que los invitados, los trajes de noche, los vestidos largos topen sus miradas con las putas, cómo va a ser, pero ni modo, fue el único salón para el que alcanzó.
El viernes de los otros es el de las miradas sobre los escotes, encima de los hot pants, el recorrido que se desliza por las pantimedias, el dedo que señala los senos erguidos de una muchacha que no es posible tenga más de 17 años; son los sonidos, las palabras, el contrato, el intercambio rápido: "entonces qué papito... tú pagas el cuarto... de uno por uno y puedo con todos... ¿le saco punta a tu lápiz?... entonces qué, ¿vamos?... sáquese chamaco", también la voz que ahuyenta a los mirones, el grito que aleja a los grupos de muchachitos que no compran, que nomás miran, que magullan con los ojos.
Las putas, pienso, pero no alcanzo a definir la sensación, se combinan demasiadas ideas: el no haber estado nunca con una, el desear un par de pezones desafiantes, desaprobar ese comercio, entender que... entender nada, prefiero desviar la mirada hacia los compradores, uno en especial, uno que se extiende sobre el asiento del copiloto, saca la mano por la ventanilla y aprieta una pierna, mientras la prostituta se baja el escote y muestra un pecho minúsculo, un pececito dorado navegando la noche.
Entonces sí, es más fácil desaprobarlos a ellos, no querer entenderlos, no querer comprender cómo es que alguien puede estar tan solo como para irse con una prostituta, así me lo explico. Idea que interrumpe la aparición de la mujer del supermercado una esquina adelante. Me olvido de las putas, de los autos y apuro el paso.
No la alcanzo, a pesar de su paso cansado, de su paso lento, a pesar de que va deteniendo la mirada en ventanas y coches mantiene la misma distancia que cuando la descubrí. Entra a un edificio, yo me quedo afuera un largo rato, hasta que se enciende, iluminada por el tenue brillo de un televisor, la que imagino es la ventana de su departamento. Después sé que es la de ella, un gato se pasea en el pretil.
Suspiro, ya no apuro el paso, después de todo el gato tiene comida, no me están esperando, nadie espera y nunca hay nada que ver en la televisión.
Llego a casa, ningún maullido contesta. Descubro la ventana abierta e imagino al gato en la azotea. Me acomodo en el sillón, con el control remoto prendo el estéreo, All the lonely people, Where do they all come from?, All the lonely people, Where do they all belong? ...pero ya es muy tarde, no quiero pensar, abro la bolsa de Delicias rellenas.
El sabor de las croquetas endulza mi boca.

 


Edilberto Aldán
México.
Viejos Fantasmas con nombre, Instituto Cultural de Aguascalientes, México, 2002.
Premio Salvador Gallardo Dávalos 2001.


 
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