Quizá
sea el ritmo del paso que invita a la pregunta, quizá que
en el descuido resbala desde la brecha de las certezas impuestas
hasta la hondonada donde se vuelven necesarias las soluciones
críticas, cómo saber; la única seguridad
es el aprender a ya no preguntar, a no cuestionarme el por qué
de levantarme del sillón sin otro ánimo que el de
salir de casa y encaminarme al supermercado, siempre después
de las once, siempre después de mirar un largo rato el
teléfono.
No
hay respuesta, sólo invención que sirve para dar
nombre a la conveniencia de vivir en una ciudad donde el supermercado
está abierto las 24 horas. Alguna vez me dije que por comodidad,
consideré ese horario especial como una concesión
a quienes no pueden hacer sus compras a la otra hora, con la luz
de día; comodidad, entonces, por lo sencillo, por la velocidad,
después de las once no hay que hacer una larga fila mientras
una señora, en vez de sacar las compras del carrito, se
dedica a arrear a sus hijos, tampoco hay que esperar a la pareja
que, una vez en la caja, discute cuál de todos los cereales
con fibra es mejor. Cómodo y rápido, simplemente
se toma un carrito y se empuja buscando lo que se necesita, comprando
lo necesario.
Llegar
a la zona de cajas tras una vuelta más por el pasillo aquel
donde están los importados, la nunca oportuna reflexión
acerca de los caprichos y los gustos, el pensamiento fiel de la
balanza entre el antojo y el dinero disponible; enseguida estar
frente a la cajera, cinco minutos máximo y ya, eso es todo,
sin colas, sin espera...
A
veces la explicación consistía en depositar los
motivos en la bolsa de croquetas casi vacía, en pensar
que al día siguiente el gato no tendría qué
comer.
Ninguna
de esas razones que me invento para caminar casi a la media noche
hasta el supermercado es cierta, ninguna es la verdadera, ni siquiera
la principal, pero no importa, ya no lo pienso, mantengo los pies
en la brecha del andar automático.
No
pienso que es viernes, tampoco en la hora hasta que el policía
en la entrada del supermercado mira el reloj apenas cruzo el umbral;
imagino lo que está pensando: que aún falta mucho
tiempo para poder irse, para el cambio de turno y mientras tanto
mirar, sólo mirar a quienes les falta recorrer un pasillo,
a los que están en la caja... Tras de mí paso el
policía suspira.
Somos
apenas unos cuantos quienes empujamos los carritos a través
de los pasillos, casi los podría contar con una mano. Paso
el anaquel de la farmacia, el de las medias y llego a comida para
gatos. Paseo la mirada por las etiquetas con fotografías
de gatos felices, de gatos felpudos, gatos siempre brillantes,
saludables, cada uno de ellos ríe desde una felicidad envidiable,
desde la posteridad viva del instante muerto; tomo una bolsa de
Delicias rellenas.
-El
mío prefiere Whiskas -me dice una mujer, no más
de cuarenta no menos de treinta, al tomar una bolsa del mismo
anaquel- Lo que no soporta es que le lleve Gatina.
-El
mío tampoco, prefiere pasar hambre que comérsela,
ni siquiera si combino con leche o... -Encojo los hombros y sé
que ella entiende, sé que sabe lo difícil que es
hacer comer a un gato, en especial a uno que no regala esas sonrisas
de empaque.
-¿De
qué raza es? -Apenas me sonríe, labios con restos
de carmín, rostro todo con vestigios de maquillaje, como
si no se hubiera despintado, como si al llegar a casa, a su casa,
sólo tuviera ganas de enfundarse en unos pants, ver la
televisión, beber directamente de la botella, tirarse en
un sillón y dejar para después la revisión
del bolso: el cambio del cepillo, el lápiz labial, los
cosméticos, de una a otra, no, mejor no, mejor dejar para
después todo; quizá esperando una llamada telefónica,
quizá solamente para evitar ser ella la que levante el
auricular y... mejor después.
Se
va, se aleja asintiendo aún, con esa mueca que es media
sonrisa, que esbozó una vez que el tema de los gatos estuvo
agotado, cuando se disolvió la posibilidad de que las manos
se encontraran sobre un paquete de croquetas; después ya
no importó, dio media vuelta y se fue empujando su carrito.
No pude evitar seguirla a distancia.
Verla
es mirarme al espejo, sólo que el reflejo no es mi rostro,
descubro mi espalda, yo también visto pants, a mí
tampoco me llaman la atención las ofertas, ni los carteles
que anuncian descuentos de hasta el 30 por ciento, no me detengo
en el estante de las verduras, pasamos de largo frente a las pastas,
frente a las sopas y harinas. Desde el altavoz se escucha un sincero
agradecimiento por elegir precisamente este supermercado para
realizar nuestras compras. La voz aeropuertaria del anuncio, mezcla
de bocina rota y chirrido metálico, me distrae, la pierdo
de vista. No me importa, sé que la puedo encontrar frente
a los refrigeradores donde se amontonan las bolsas de comida congelada.
¿Cuánta
gente elige esta hora incierta entre la noche y la proximidad
de la madrugada para asistir al supermercado?, no importa el número,
pero todos estamos ahí, seleccionando entre la combinación
de verduras California o la combinación oriental, los dedos
en el tetra pack del concentrado de jugo, las manos prestas a
una bolsa de papas precocidas, o bien una pizza para micro o unos
tacos o unos sopes o unos tamales, todo listo para comer en tres
minutos.
Las
puertas del refrigerador se abren y cierran en medio de nuestras
sonrisas, ¿cuántas veces nos habremos visto?, ¿cuántas
veces nos habremos encontrado exactamente los mismos, a la misma
hora, con un paquete similar en las manos?, quién sabe,
pero eso amerita el intercambio de buenas noches, de muecas, de
saludos con la cabeza apenas pegando la barbilla al pecho, en
silencio, porque no sabemos qué decir, porque no consigo
quitarle la mirada de encima y ella está esperando, pero
no sé que decir y no voy a decir nada. Abandono la persecución,
que se quede ahí, que se queden sus pants y con ellos la
posibilidad de dormir acompañado.
¿Tarjeta
o efectivo?, no es la cajera quien pregunta, soy yo mismo quien
lo dice, me mira desde sus ganas de ya irse, apenas sonríe.
Pago y me salgo con mi bolsa de Delicias rellenas entre los brazos.
Me
digo que me gustan las noches frías y eso explica que vaya
por el camino más largo a casa, aunque presiento que la
verdadera razón es el encuentro con esos rostros conocidos
que no tienen nombre, con esos espejos frente al refrigerador
de comida congelada.
Una
fila de automóviles avanzando lentamente revela que mi
viernes es diferente al viernes de muchos otros. Ahí los
miro, dentro de sus autos, paseando a menos de 10 kilómetros
por hora, con las ventanillas abajo, mirando hacia la izquierda,
casi todos hombres. Ahí van los autos, a vuelta de rueda,
de puta en puta.
El
recuerdo viene solo: esta misma calle, esta esquina donde inicia
el parque, era distinta hace apenas unos años, era una
donde lo más sobresaliente era la visión de los
columpios, su proximidad, también en esa esquina empezaban
las visiones de lo otro, cuando la bicicleta era la posibilidad
de escapar hacia otras calles que ahora sé son exactamente
las mismas; hoy es un parque descuidado donde ya no florece más
que el paso del tiempo, es la referencia siempre esclarecedora
que se le da al taxista, "la calle de las prostitutas"
dice uno para quedarse callado en el asiento trasero, para no
tener que agregar nada pues esa sonrisa que se mira a través
del espejo retrovisor asiente gustosa; hoy la calle es un atado
de mujeres sembradas en el orden de sus años.
Un
manojo de promesas por cumplir que para los inspectores son la
cuota que invita a reportar que siempre es la misma cantidad de
mujeres que registran en libros olvidables, en archivos perdidos,
sin embargo, cada semana la línea de prostitutas se extiende,
la última de ellas se detiene a fumar frente al salón
de fiestas, donde los fines de semana los del valet parking aparecen
rápidamente los coches de quienes salen de los XV años
o la boda o... y es que no se ve bien que los invitados, los trajes
de noche, los vestidos largos topen sus miradas con las putas,
cómo va a ser, pero ni modo, fue el único salón
para el que alcanzó.
El
viernes de los otros es el de las miradas sobre los escotes, encima
de los hot pants, el recorrido que se desliza por las pantimedias,
el dedo que señala los senos erguidos de una muchacha que
no es posible tenga más de 17 años; son los sonidos,
las palabras, el contrato, el intercambio rápido: "entonces
qué papito... tú pagas el cuarto... de uno por uno
y puedo con todos... ¿le saco punta a tu lápiz?...
entonces qué, ¿vamos?... sáquese chamaco",
también la voz que ahuyenta a los mirones, el grito que
aleja a los grupos de muchachitos que no compran, que nomás
miran, que magullan con los ojos.
Las
putas, pienso, pero no alcanzo a definir la sensación,
se combinan demasiadas ideas: el no haber estado nunca con una,
el desear un par de pezones desafiantes, desaprobar ese comercio,
entender que... entender nada, prefiero desviar la mirada hacia
los compradores, uno en especial, uno que se extiende sobre el
asiento del copiloto, saca la mano por la ventanilla y aprieta
una pierna, mientras la prostituta se baja el escote y muestra
un pecho minúsculo, un pececito dorado navegando la noche.
Entonces
sí, es más fácil desaprobarlos a ellos, no
querer entenderlos, no querer comprender cómo es que alguien
puede estar tan solo como para irse con una prostituta, así
me lo explico. Idea que interrumpe la aparición de la mujer
del supermercado una esquina adelante. Me olvido de las putas,
de los autos y apuro el paso.
No
la alcanzo, a pesar de su paso cansado, de su paso lento, a pesar
de que va deteniendo la mirada en ventanas y coches mantiene la
misma distancia que cuando la descubrí. Entra a un edificio,
yo me quedo afuera un largo rato, hasta que se enciende, iluminada
por el tenue brillo de un televisor, la que imagino es la ventana
de su departamento. Después sé que es la de ella,
un gato se pasea en el pretil.
Suspiro,
ya no apuro el paso, después de todo el gato tiene comida,
no me están esperando, nadie espera y nunca hay nada que
ver en la televisión.
Llego
a casa, ningún maullido contesta. Descubro la ventana abierta
e imagino al gato en la azotea. Me acomodo en el sillón,
con el control remoto prendo el estéreo, All the lonely
people, Where do they all come from?, All the lonely people,
Where do they all belong? ...pero ya es muy tarde, no quiero
pensar, abro la bolsa de Delicias rellenas.
El
sabor de las croquetas endulza mi boca.

Edilberto
Aldán
México.
Viejos Fantasmas con nombre, Instituto Cultural de Aguascalientes,
México, 2002.
Premio Salvador Gallardo Dávalos 2001.