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Antes
de las fiestas estaba en Galicia, sea por razones diversas, bastante laicas,
en peregrinaje (como mis antepasados de los siglos medievales) a Santiago
de Compostela. Cerca de Santiago está La Coruña, y en La
Coruña hay un museo, bastante reciente, de la ciencia y la tecnología.
Me habían invitado ya antes porque, decían, allá
hay un Péndulo de Foucault, objeto al cual tiempo atrás
había dedicado un escrito mío. El motivo no me había
convencido, porque los péndulos de Foucault tienen una curiosa
característica: los hay en todos los museos del mundo, pero cada
uno cree que es el único que lo tiene.
Breve, terminé por ir, porque había sido el Congreso de
la Asociación Española de Semiótica; vi el péndulo,
debo admitir que es más bello y sugestivo que los otros, está
dotado de un aparato didáctico inteligente, pero sobre todo es
absolutamente inteligente (de una inteligencia de vanguardia que lo convierte
en juguete apasionante, aunque sea especialmente dedicado a los niños)
todo el museo. Estuve jugueteando con dioramas y artificios semimóviles
inventados o reconstruidos por el genial director Moncho Núñez,
y después fui invitado al planetario.
Los planetarios son siempre lugares sugestivos, porque cuando se apaga
la luz se tiene de verdad la impresión de estar sentado en un desierto,
bajo el cielo estrellado; pero aquella noche me había sido reservado
algo extra. Sepan antes que nada que la astronomía es una ciencia
rigurosa, y es posible saber cómo era el cielo bajo el cual meditaba
Napoleón la última noche pasada en Santa Elena, o aquello
que esplenderá sobre las cabezas de los bisnietos de nuestros bisnietos
en una noche dada de los dos mil (o al menos la astronomía lo sabe,
y si nosotros después mandaremos la tierra al carajo y no hay bisnietos
la astronomía no tiene la culpa). Es más, existen disquitos
que pueden meter en su computadora y ordenar al programa que les haga
ver el cielo de una noche a su elección sobre el meridiano y el
paralelo que ustedes quieran. Pero naturalmente en la computadora ven
ustedes puntitos, mientras que en un planetario es otra cosa.
Así pues en cierto momento, hecha la oscuridad completa, se difundió
una bellísima canción de cuna de De Falla y lentamente (aunque
un poco más deprisa que en la realidad, porque todo se desarrolló
en un cuarto de hora) sobre mi cabeza comenzó a girar el cielo
que apareció en la noche entre el 5 y el 6 de enero de 1932 sobre
la ciudad de Alejandría. Viví, con una evidencia casi hiperrealística,
mi primera noche de vida.
La he vivido por primera vez, dado que yo aquella primera noche no la
vi porque estaba volteado hacia otra parte. Quizá no la vio ni
siquiera mi madre, extenuada por las fatigas del parto; pero quizá
la vio mi padre, que salió calladito calladito al balcón,
un poco agitado e insomne por el evento admirable (al menos para él)
del cual había sido testimonio y remota concausa.
Estoy hablando de un artificio mecánico realizable en muchos lugares
con un poco de trabajo y buena voluntad, y quizá la experiencia
ya la han tenido otros, pero me perdonarán si por quince minutos
he tenido la impresión de ser el único hombre sobre la faz
de la tierra (desde el inicio de los tiempos) que se estuviera reuniendo
con el propio inicio. Es una emoción difícil de describir:
se tiene la sensación (casi el deseo) de que se podría,
se debería morir en ese momento -y en todo caso otros momentos
serán bastante más casuales e inoportunos.
Es un regreso al útero, pero a un gran útero celeste. Es
un sentido de reconocimiento (quizá para los Decanos del Zodíaco)
no por el haber nacido y vivido, que de todos modos me ha ido como me
ha ido, sino por haber tenido muchos años antes la primicia de
aquél espectáculo cósmico. Existe un sentido de sorpresa
al poderla revivir, único de verdad entre los mortales, porque
podrá sucederle a los otros, aún a todos en un día,
pero aquella concavidad y aquellas estrellas, con aquella disposición,
reencontrada en ese momento, me era devuelta; eran cosas todas mías
y de ningún otro.
De acuerdo, regresemos con los pies en la tierra. Era sólo tecnología,
aunque sea nutrida y sostenida por un poco de fantasía. Pero no
a todos les es dado el encontrar al Aleph tropezando en una escalera,
o de mirar en el momento justo aquel vaso de cobre, golpeado por aquel
rayo de sol, que decidió la vida de Jakob Böhme. Se toma aquello
que se encuentra, o que te regalan.
Dicen que un día todos viviremos sensaciones indecibles cuando
estará a disposición la realidad virtual. Pero como ven
no es necesario esperar a que la metan en comercio, y hay quien hasta
se contenta de encontrarla viviendo el mundo a través de la televisión.
Yo me gocé mi sueño faustiano, creía como todos haber
perdido mi momento para siempre, porque no se puede decir, so pena de
la maldición, "detente, eres bello". Y en su lugar me
lo han restituido, aunque sea por quince minutos.
La
prima notte della mia vita en 'La Bustina de Minerva' de Umberto Eco
pp. 294-295. (c) 2000 RCS Libri S.p.A. Este libro recoge una selección
de todos los artículos que U.E. publicó semanalmente en
'L'Expresso' de 1985 a 1998.
Traducción
rescatada del folder de Gandalf, el Mago Gris |