"Esa mala vida porteña"
Rocío Domínguez


Los argentinos, por estos días, no comemos vidrio. Hacemos "como que", pero no.
Sólo degustamos con fruición cuanto nos ofrecen, tal como lo hicieran los antiguos dueños del continente.
Casi desde entonces es que nos damos a probar de todo. Desde un condimento para sazonar distinto nuestras carnes, hasta la última teoría de crítica literaria; desde el diseño de ciudades exóticas que incorporamos, no sin cierto descaro, vecina a las anteriores establecidas, abandonadas, dejadas indolentemente ahí, hasta la más perfecta simulación de ejércitos modernos, aunque no pensáramos dar cabida a ninguna guerra; desde formas nuevas de colorear las caras de nuestras mujeres jóvenes, hasta qué decirles y cuánto a nuestros niños del milagro de la vida; de digerir de golpe ideologías políticas y llevarlas a la práctica como catecismos, hasta, más recientemente, ser el óptimo deudor de quienes se dieran a prestarnos dinero a reventar, como si fueran masitas con crema, claro está cobrándonos por el horneado, la decoración y la cereza. Y nosotros, gordos.
También a la par, incorporábamos toda la ciencia y la tecnología pero, sólo y tan sólo al punto de saturar su encanto con carros tirados a caballo en plena ciudad, y de noche.
Es cierto, sacralizamos cualquier cosa, no somos fáciles de entender.
Más, creo que nos importa un bledo si nos entienden.
Aun cuando parezca lo contrario no actuamos, no representamos, no protagonizamos "papeles", "letras", "guiones" en claves de "entendimiento para", aunque nos la pasemos preguntando constantemente qué piensan de nosotros afuera.
Si nos escucharan mejor sabrían que no nos interesa tanto oir sus respuestas, como seguir preguntando.
Sí, somos difíciles de entender. Sobre todo para aquellos que ignoran la categoría que nos hace de suelo firme, aquella en la que nos apoyamos para pensar.

Nuestra razón es práctica.
Y la razón práctica como decía mi profesor de ética O. Guariglia, carece de "principios", al menos al usual modo de entenderlos como axiomas matemáticos, pero sí sabe "principiar", acciona, da pasos, es decir inaugura caminos, ofrece sentido.

Hacía un tiempo que no estábamos del todo satisfechos con la menesunda posmoderna.
Hacía un tiempo que como bien decía el viejo R. Kusch "tenemos ganas de decir a gritos nuestra pura y simple verdad, esa cualquier cosa que encierra la verdadera cara que tenemos."
Hacía tiempo que deseábamos "dejarnos estar" en nuestra más pura identidad.
Y como si nos hubiera llegado la hora de abandonar "esa mala vida porteña" de andar aparentando, para afuera, lo que no pensamos porque nos interesa un cuerno pensar, enmascarándonos siempre tras el pensar de otro, haciendo 'como que', decidimos de golpe dejarnos de mascaradas.

Sabíamos, y muy bien, que: "Pensar" es pensar juntos y que nadie piensa en profundo solo. No era entidad, sino identidad lo que buscábamos. Señalar ya nos señalaban, faltaba que nos reconocieran y nos reconociéramos.
Valiente empresa. De haberla emprendido disponíamos experiencia atesorada en éxodos y retiradas, sabíamos de la amargura de callar y abandonar por excesivas colonizaciones y conquistas, casi nos acostumbrábamos ya a vivir fuera del tiempo histórico para poder subsistir cuando ocurrió lo que ocurrió.
Un latigazo. De pronto, un día, de los últimos, no sabíamos bien adonde íbamos pero salimos para ir, por la calle otra vez todos juntos.
No teníamos claro para qué, pero marchábamos haciendo ruido o batíamos desde nuestras ventanas el paso de la multitud. Sólo ruido y presencia. Nada de palabras que conceden tiempo a la respuesta.
Esta vez sí, estaba a las claras que no necesitábamos de ninguna respuesta.
Teníamos, para nosotros, que un "otro", algunos otros o aun muchos otros pueden ser los imprescindibles para las competencias símil deportivas en las que alardear entrenamiento físico en "razonamientos", era lo más apropiado, es decir lo propio al razonar, europeo. Y nos salía bien. ¡Pim-pon y a ganarte la partida!
¡Pero eso no era pensar, sino simplemente razonar!

Teníamos más que claro que pensar piensan quienes se han encontrado, quienes ya "son", plurales por elección y decisión, y accionan juntos en un sentido, como una condición primigenia a cumplimentar para más luego ser racionales.
Que un mero singular, es alguien capaz de ser señalado como el que "es" pero de faltarle el ejercicio del pensar profundo, responsable, el que surge en respuesta a una verdadera necesidad y lo obliga ante los demás, no halla autenticidad posible.
Mascullábamos que al pensar no le alcanza un decir sino un decidir. Y no un decidir sólo coincidentemente, sino conjuntamente.
Hasta nos habíamos atrevido a decir, desafiando a la subjetividad moderna, que al individuo aislado no le cabe pensamiento alguno, sino función cuasi-robótica, que los sólo individuos no repican, repiten, o inventan las composiciones posibles en la repetición y que quienes así piensan no ejecutan la acción conjunta sincrónica y responsable de un "pensar" profundo, revolucionario para el cambio.
Los que sólo se conforman con ser individuos, decíamos, se entre-tienen con pensamientos ya usados, se sos-tienen en ellos, los juegan como baraja en el juego del lenguaje según sus reglamentos, lo que les permite tirarlos cuántas veces gusten sobre el tapete, pero les obliga a permanecer de manera larvada, a no nacer nunca, en tanto ese juego es sustento mullido, leve, gracioso y plácido pero obnubila la sesera y hace pasar inadvertida su densidad, sus capacidades de "dar vida" a algo nuevo.
Para nuestra nueva óptica "Pensar" con categoría, categóricamente, era establecerse plural, aunque conveníamos que no sería sin dolor o renunciamientos narcisos, es cierto, pero sería ya "un estar bien" en algún Bien Común.

Y para no apartarnos mucho del tema querríamos decir aquí justamente que: la búsqueda de la pobreza en Argentina, por los argentinos, fue actuada en forma conjunta con el propósito de constituir el Bien Común.

Y aquí, creo, deberíamos nuevamente detenernos a explicar entonces qué entendemos por ser pobres.
De ninguna manera lo opuesto al rico, si a éste lo define el poseer riquezas. A nuestros pobres les sobran riquezas aunque no tengan "propiedades". Tampoco pasamos por pobres a seres débiles ontológicamente, es decir, víctimas sufrientes a quienes compadecer y tener lástima, lo que los haría simplemente pasibles de "nuestra tolerancia benéfica" por "ésa" su debilidad ¡tan molesta!
Por supuesto que hay responsables de la pobreza, diríamos que los hay responsablemente, dignamente.
Puede que todavía parezca oscuro el ámbito de comprensión de nuestro "ser pobre", y pedimos, por ello paciencia.
Ya va a clarear.

Como decíamos, entre nosotros nadie anduvo recabando qué hacer, ni cómo hacerlo. De hecho esas acciones, revolucionarias, no podrían igualarse cotejándolas, pero todos hicimos, por largo tiempo, lo mismo: buscamos de vuelta la pobreza.
No era, claro, una búsqueda de muerte, de miseria o indigencia. No, claro está. Ni de hambre y desnutrición de los desposeídos de todo, sino al contrario, era para su recuperación en el poseer, para rescatar su derecho a saciarse.

"Los pobres", habían desaparecido del discurso. Todo comenzó por negar su existencia. Ya no había más pobres. Había sí los que se denominaban "los excluidos". Y excluido significa tanto haber sido excluidos por negarles "acceso a una vida satisfactoria", por supuesto evaluada como tal desde fuera de la de ellos, con hartas necesidades inventadas, como la recriminación señalada de manera condenatoria, de que ellos ¡eran culpables de no acceder voluntariamente a este mundo tan bonito nuestro de "propiedades" y "consumos"!
La "exclusión" pues, no era vivida como un mea culpa de mala distribución de parte nuestra de los ingresos públicos para educación y salud, o de haber permitido acciones tendientes a birlarles derechos jurídicos o civiles. ¡La exclusión de la que se hablaba era la del mercado! ¡Y afectaba al mercado!
Se habían convertido en una cruda y molesta "realidad", ya no se podía contar con ellos. Por lo que se había instalado un perverso mecanismo de exclusión, tanto para saber con qué número concreto de "clientes" con buen poder adquisitivo se podía contar en "nuestra sociedad", comercial claro.
Pobres habrá siempre, decían, dando cuenta claramente de su desprecio por esa condición de no pertenencia.
Lo cierto es que vivíamos con los que excluíamos en mundos diferentes, separados casi de modo normal, natural.
De querer superar la grieta visible, trágica a algunos ojos en su dimensión, había que ponerse en marcha.

Esto nos obligaba a algo: debíamos llegar a "ellos", de forma creíble. Ellos, nuestros pobres, sin más rebautizados como excluidos, debían saber de una vez por todas que era "su" modo de vida el que estábamos eligiendo como bueno. Que habíamos optado por saltar de su lado. Que nos arrepentíamos de tanta gentileza y apertura intelectual sostenida, de tanta servidumbre o inocencia ante cualquier objeto ideal que nos ofrecieran desde afuera, que ahora, preferíamos lo que nos ofrecían los de adentro.
Que no nos veíamos bien haciendo de primermundistas, de modernos exitosos y eficaces, de verseros y palabreros inútiles, de inseguros disfrazados de seguros y mucho menos de creídos de un modelo de vida que sólo nos hacía infelices.
Que ya no queríamos comprar dos.
Que añorábamos nostálgicos nuestros mares fríos, nuestros desiertos pampas, nuestras noches de fogones bajo semejantes cielos oscuros, tal vez también nuestros cantos y sobre todo nuestro "nosotros".
Que preferíamos volver a sentir las lanas ásperas sobre nuestra piel, y a saborear los gustos ácidos en nuestro paladar, que amábamos más que los aires acondicionados la torridez del sol y que todo lo que anhelábamos era alguno de los sombreros de paja.
Que queríamos al fin volver a saber de patios desparejos, de rondas silenciosas sólo de mate y nada más.
Que deseábamos fervientemente aún ser sinceros con el amor proyectándolo hacia "ellos" en la esperanza de ser correspondidos.

Porque la cultura de lo simple y lo sencillo, lo no ostentoso, la resistencia en la dignidad, el empecinamiento para resguardar ese "otro modo" nuestro de vida verdadera, sustentada en el cumplimiento de la palabra, en el gusto de compartir la vida diaria con plantas silvestres y animales pequeños estaba en "su" mundo más entero.

Hannah Arendt, mujer judía expatriada en tiempos de totalitarismos, alguna vez se apoyó en su condición de paria y sobre todo en la condición de paria de su pueblo para entender y recuperar lo humano de la humanidad. "Paria", usado como una categoría de pensamiento de un pueblo que le posibilitaría salir del desarraigo, asimilarse al mundo aceptándose y obligando al mundo a aceptarla, es decir reencontrándose con su identidad.


"La evolución del pensamiento de Hannah Arendt, glosada por Paul Ricoeur como "De la filosofía a lo político", se deja caracterizar como el tránsito desde su experiencia particular a un discurso general acerca de las condiciones para la acción y acerca de la naturaleza del juicio o, con otras palabras, desde su personal idea de la condición de paria a una teoría de lo público" según Manuel Cruz en la introducción del libro La condición humana.

De manera análoga se halla a disposición la categoría de "pobre" para los intelectuales argentinos de hoy, en la vuelta al orgullo de ser "lo que se ha elegido", ser pobre es hoy el camino para el pensamiento.
La pobreza rescatada en la acción nos sirve hoy como camino. Es, lo que nos volvió a unir responsablemente. Podemos volver a pensar.
Con la urgencia de la reparación justa de una herida inflingida a todo un pueblo, lo que había sido des-preciado como marginal, curiosamente lo volvimos entre todos, centro. No debería seguir llamándose Recesión a esta acción colectiva, leída con signo pesos, sino Resistencia o porqué no, Liberación.

Precisamente lo que nos devolvió un sentido, lo que permitió rescatarnos de la vorágine de la banalidad y el consumismo inútil, de la subjetividad hueca es este otro modo concreto, aunque simple, más auténtico de vivir la vida, y fue posible hallarlo porque durante todos estos larguísimos años de desvarío general, fue res-guardado por Ellos, nuestros Pobres.

Sólo cabe preguntar si sabremos agradecer en su justa medida su sacrificio y entereza, fuerza, convicción y el alto grado de entrega a la preservación de los valores que esta categoría encierra.


Bibliografía

Rodolfo Kusch: "Esbozo de una antropología filosófica americana", Edic. Castañeda 1978.
Geocultura del hombre americano, Edit Fernando García Cambeiro, Colección
Estudios Latinoamericanos 1976.
De la mala vida porteña, Editor A. Peña Lillo
Hannah Arendt, La condición humana, Paidós 1993


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